lunes, 23 de julio de 2012
Saul Bellow: El hombre del sombrero
jueves, 31 de mayo de 2012
Los dados del diablo
"El escritor es un gran mentiroso"
Recuerdos, realidad, ficción. Todo está ahí, en una obra que mezcla reseñas de lecturas que la han marcado con testimonios biográficos. "Lo bueno de las crónicas es que es un territorio maleable. Puedes jugar con la ficción y la realidad. No necesariamente lo que está en La vida de los mismos es mi vida. Es sólo parte, más el añadido de mi mirada como escritora. No es mentira aquello de que el escritor es un gran mentiroso. En las crónicas hay mucho cuento, no nos olvidemos de eso", dijo la autora, que tiene cinco libros publicados.
Así, la trujillana -egresada de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes (Mérida)- recuerda a Victoria de Stefano, Virginia Woolf, Juan Carlos Onetti, Lydda Franco Farías. Como para darle las gracias por sus escritos. "No me gusta la idea de seguir maestros, pero considero que hay afectos literarios. Hay autores que te dieron un zarpazo en algún momento de tu vida. Cuando escribo sobre Onetti, por ejemplo, lo hago porque es un autor por cuya obra siento gran admiración", agregó la autora de Los cuentos de Natalia.
La muerte, el amor, la ciudad, lo femenino. Argumentos eternos retratados desde la intimidad. De eso va la obra de Lozada, que es una especie de viaje interior. "La literatura debe ser un ejercicio interior que viaje a lo exterior. A la literatura, lo viejo y lo nuevo le competen. También el adentro y el afuera. La literatura debe estar al lado del diablo, a quien le competen todos los mundos", explicó la narradora, que administra, junto con Luis Moreno, el blog literario 500 ejemplares.
La vida de los otros
La vida de los mismos es también, en parte, un homenaje a la propia escritura. La autora, en uno de sus textos, parafrasea a Onetti: "Escribí, idiota, que el tiempo pasa". Ella le hizo caso. "El mayor enemigo de un narrador es la flojera. Si tienes algo que contar, el tiempo, si no existe, se inventa. Ningún escritor verdadero se ha detenido por falta de tiempo. Alguien que diga que no escribe porque no tiene tiempo es un gran farsante. (William) Faulkner escribía mientras trabajaba en la administración de un prostíbulo, dicen. (Franz) Kafka escribía a pesar del horrible trabajo que tenía", dijo la también finalista del V Premio de Cuento de la Policlínica Metropolitana en 2011.
Lozada es de esos que escribe a pesar de la certeza del fracaso. Ella quiere contar historias. "Hay escritores exitosos, hay quienes desesperan por ser famosos, y hay quienes escriben a pesar de la incertidumbre. Me anoto en esa última lista. Hablo del fracaso porque la incertidumbre es su prima hermana. El fracaso es una posibilidad, aunque hay quienes hacen del accidente o de la derrota un logro. En todo caso, el motor de un escritor debe ser el deseo de contar algo".
Y Lozada cuenta historias. Hace literatura que traspasa los géneros. Vive varias vidas a través de ellas. Ya lo dijo el propio Onetti: "La vida es uno mismo, y uno mismo son los otros". Por eso el título, que se lo sugirió Moreno. "La literatura sirve para los simulacros. La literatura es una gran casa de empeños, en la que uno puede ir a dejar o buscar prestado. Para mí sería muy aburrido hacer ficción realista y cotidiana de mi vida. Por eso me gusta espiar a los demás, como quien se asoma detrás de la mirilla de una persiana y ve el mundo andar", concluyó Lozada. Así, toma prestadas otras vidas.
dfermin@eluniversal.com
sábado, 28 de abril de 2012
Los cuentos de Las Malas Juntas
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| Pino Deodato |
martes, 6 de diciembre de 2011
Razones de Luis, de por qué Luis

Filosofía perenne
¿qué sujeto eres, cómo sabes cuando eres el sujeto, que eres, qué sujeto te sientes, donde allí te sujetas, desde cuándo, si te agarras, sujeto, a tu historia
Y cómo la pronuncias, pones la boca cerca, la parte alta más pegada a la base, el labio con el labio, tan juntos que apenas se escucha
La historia del sujeto, que cae
Y cómo cae, cómo el sujeto cae, desde un avión, si cae desde un avión, en la llegada, como rodando cae, si cae, como un talud se cae, con maletas se baja, como cayendo de un avión, con prisa
El sujeto cayendo para contar su historia
Y en qué exacto lugar del destino se golpea, o en qué lugar del cráneo, o de la espalda, en el destino, siquiera momentáneo, donde no se es oriundo
And this shit es qué mierda en qué parte de esa historia qué cuentas, of what disaster is this shit the imminence,
en esto la inmanencia qué rol juega, cuál es el papel de la ñoña, la jeta, la confianza, en la historia que cuentas
con la letras minúsculas
de lo pequeño tuyo, sujeto qué sujeto
sujeto dónde sujeto cuál sujeto
el tema el objetivo la cascada
el inicio el lomo cruzado de heridas wounds en esa lengua
donde caes dónde caes?
Luis Moreno Villamediana
sábado, 5 de noviembre de 2011
Una de la secta de los media lengua
domingo, 31 de julio de 2011
La vida de los mismos
viernes, 22 de julio de 2011
El Equanil va por dentro
Renato:
A tu edad, la muerte no es un presentimiento sino una certeza, así que no fue una sorpresa el anuncio de tu partida el día después del solsticio de verano en esos países donde los hay, porque tú bien sabes que en el nuestro no sabemos de estaciones. Aquí llueve y escampa, nomás. El 22 de junio ocurrió: te fuiste, aunque tu retiro público ya había sido emprendido hacía tiempo. Hace años te retiraste a un lugar alejado, apartado del ruido de las autopistas. Nada idílico acompañaba tu aislamiento, sólo la enfermedad, la vejez, ese pesado equipaje de los mortales. Tal vez pensaste que a la muerte es mejor esperarla en silencio y preferiblemente a solas; quién sabe qué pensaste, siempre fuiste algo excéntrico... El resto de la despedida la pueden leer en el sexto de Las Malas Juntas
lunes, 30 de mayo de 2011
Entre paisanos te veas

viernes, 13 de mayo de 2011
Todo por culpa de Lucifera

viernes, 4 de marzo de 2011
En Maracaibo también hay fantasmas
miércoles, 2 de febrero de 2011
El Matador y la columna torcida

viernes, 24 de diciembre de 2010
Moras, cosecha 2011
Mis queridos, nos sale subir la cuesta; aunque desde arriba tiren piedras. Nos vemos en 2011; es decir, la otra semana. A los de este lado del tejado nos toca lidiar con las moras de la amargura. Habrá que fajarse.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Reventados, jodidos. También humillados
Los fantasmas existen, algunos usan botas y hacen venias militares. ¿Llegó la hora de la escritura en paréntesis? Santos polacos, ayúdenos.
lunes, 16 de agosto de 2010
Gajes del oficio o andar en cueros

Hay un especial de la serie animada “Padre de familia” o “Family Guy”, como la prefieran llamar, en donde uno de los realizadores de la serie entrevista a varios televidentes que confiesan su rechazo al programa. Los entrevistados exponen las razones por las cuales no les gusta la serie; lo hacen frente a un hombre con una sonrisa que casi se le cae de la cara, y que los instiga para que sigan hablando todo lo mal que quieran de la serie. Comento este punto porque hace unos días el portal venezolano Prodavinci publicó mi texto “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”, y las reacciones frente al mismo han sido: algunas airadas; otras de rechazo, de un rotundo “no me gusta y punto”; y otras más de lectores que manejan las nociones de sarcasmo, morbo, ironía y ficción. Un señor dejó un comentario en el que decía que, con todo respeto y con toda buena fe, le parecía antipática e intolerante la autora del texto. Al leer el comentario no pude evitar poner la cara del hombre de “Padre de familia”.
Un escritor es un sujeto que se expone, hasta podría decirse que el escritor tiene sus dosis de exhibicionismo impúdico. Nuestros cueros son las páginas que escribimos y mostramos. Algunas de esas pieles o tatuajes gustan; otros no; es la ley irreversible del “me gusta”, “no me gusta”.
Recuerdo cómo se me ocurrió la nota “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”. Iba caminando por una calle poco transitada y vi venir a una muchacha con una blusa de mangas largas y rayas horizontales. Ella venía en sentido contrario y la calle le quedaba cuesta arriba. Se notaba cansada, tal vez sudaba un poco. Al tenerla muy cerca noté que era fea, que llevaba consigo una sonrisa un poco idiota y una chapa sobre la blusa. La chapa decía que ella había adelgazado, que le preguntaran cómo… Sí, está bien, yo estoy jodida de la cabeza, tengo cizaña en los ojos, descompongo y adultero la realidad que se me atraviesa. Sí, está bien, soy un ser antipático. El hecho es que no pude dejar de pensar y decir para mis adentros, después de examinarla rápidamente: “no, mija, tú nunca has adelgazado, tú siempre has tenido ese pobre cuerpo seco y sin curvas”. ¿Ven cómo el señor comentarista tiene razón? En lo que no tiene razón es en el asunto del sentido literal del texto. Si algo me gusta combatir es el sentido literal del mundo. Ojalá tuviera yo la riqueza y potencia de un Faulkner o de un Onetti para inventar otras ciudades, otras islas, las mías propias, para poder sacar un personaje de otro personaje, y de otro, y de otro, y de otro, como si se tratase de una muñeca rusa. Pero tengo que adecuarme a mis limitaciones.
En mi mundo literal escucho a un milico que habla y expele ácido cuando habla y se vomita hablando y se caga encima mientras habla y duerme hablando y aturde el sueño de todos los que intentamos dormir. En mi mundo literal hay un cementerio que veo desde una de las ventanas del apartamento. Es un cementerio plano donde puedo percibir parte de los rituales fúnebres. Y aunque el camposanto queda lejos, tengo buena vista y puedo distinguir el movimiento de los dolientes caminando. Los veo como sombras oscuras, borrosas. Esa visión constante de muertes ajenas me hace pensar en la mía propia y en la de los míos. En mi mundo literal hubiera escrito que la muchacha fea que pasó esa mañana por mi lado llevaba una chapa que decía “Yo adelgacé, pregúnteme cómo”, pero no: me caen mal los mundos literales; prefiero reconstruirlos, reinventarlos o, simplemente, inventarlos. Así que esa mañana seguí caminando, y pensaba y maquinaba qué hacer con ese personaje que se me atravesó, y decidí cambiarle la chapa, y la imaginé intentando venderme la felicidad. Ella, con su cara de cuarentena sexual, con su soledad obligada, con su cuerpo plano, asexuado. Ella, una muchacha que seguramente se masturba y llora porque el hombre o la mujer que desea no le da bola. Entonces me senté en un parque cercano, en el mismo parque donde una tarde oscura y fría me hice creer que había visto a la Cosette de Los Miserables caminando bajo unos sauces llorones. Esa tarde de la visión inventada, echada en la grama, me convencí de que también podría apostar a ser escritora, porque si imaginaba ver caminando por ahí personajes literarios debía hacerme escritora, porque la otra opción era hacerme loca, y esta última posibilidad no me apetecía mucho. Entonces preferí creer que quienes inventan personajes e historias, que muy bien pueden ser locos, también pueden ser escritores. Insisto, en ese mismo parque, que tiene nombre de héroe patrio, pero cuya literalidad no me interesa destacar, me senté para tomar notas y para obligarme a escribir después algo con esa mujer. Y dentro de las notas escribí “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”, y continúe caminando y llevaba conmigo el cosquilleo que me suele dar cuando tengo una historia entre las manos. Más que un cosquilleo es una sensación de aceleramiento, de un extraño vértigo que me gusta. Ese vértigo, ese aceleramiento, me permiten nombrar la realidad desde la invención. Y eso me hace feliz o infeliz de a ratos, sólo de a ratos, porque no creo en la felicidad constante, tampoco en el drama omnipresente.
domingo, 1 de agosto de 2010
Postales de Varsovia

Estuve unos días fuera de la ciudad, sin conexión a internet ni algunos otros artefactos citadinos. Al regresar a casa me encontré con una grata sorpresa: un sobre blanco remitido desde Varsovia. A pesar de que mis manos estaban ocupadas con un montón de cosas pude coger el sobre y llevarlo conmigo –no lo puedo negar: estaba emocionada–. Hace unos meses se presentó Maja Zawierzenic en mi correo; se presentó como una estudiosa de la nueva literatura latinoamericana. Maja estudió Letras en la Universidad de Varsovia y lleva adelante varios proyectos de investigación y traducción. En su primer acercamiento me solicitó uno de mis cuentos para traducirlo a su lengua. No les voy a mentir ni a fingir modestia, la probable traducción al polaco me alegró mucho, así que cuando recibí el sobre de manos del señor Venancio (el portero del edificio), quien amablemente lo guardó mientras yo regresaba, sabía lo que venía desde tan lejos.
Quiero hacer público los agradecimientos y cariños a Maja (con quien he emprendido nuevos proyectos que involucran a escritoras polacas) y a la revista Bluszcz por la traducción y publicación de mi cuento “La cloaca”. Y también quiero compartir con los visitantes de estos tejados parte del cuento en la lengua de Gombrowicz. Gracias a la traducción me enteré de que la palabra “gatos” en polaco se escribe koty ;)
Carolina Lozada

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miércoles, 3 de marzo de 2010
Julita en la ventana

Uno se acuesta y no sabe con qué tipo de noticias puede despertar. Para quienes vivimos en Venezuela, es habitual despertar con alguna nueva locura del emperador llanero; locuras que cada día nos avergüenzan más y nos hacen seres habitantes de un universo kafkiano, Made In Tropical. Otras veces, como el sábado pasado, despertamos con temblores lejanos. Cuando me enteré del sismo chileno, las imágenes de Santiago se me vinieron encima; viví un tiempo en esa ciudad. Chile me dio los trenes que nunca tuve en la infancia, me mostró las azoteas de Valparaíso y me regaló una gata cariñosa y callejera, que me siguió los pasos en una tarde, con el polen de la primavera. A la gata le puse Julita; con ella viví un temblor y algunas nostalgias. El sábado pensé en ella, y también en un hombre de origen ruso, a quien, él sabe, quise mucho.
Ayer supe de ellos: están vivos, habitantes de una ciudad de escombros. Me cuentan que Julita sigue asomada en la ventana, como siempre le ha gustado hacerlo. Desde la ventana, la gata observa la ciudad arruinada, estremecida.
Hoy desperté con otra noticia, mucho más lejana. Me escribió Maja, una mujer polaca, para darme la buena nueva de que uno de mis cuentos será traducido a la lengua de Varsovia. Me alegré mucho, Polonia siempre ha sido uno de mis imaginarios literarios favoritos.
Ahora, no sé por qué les cuento esto. En principio pensaba escribirles para darles la noticia de mi cuento polaco. No sé, tal vez les conté lo de arriba porque afuera llueve, porque Julita sigue asomada a la ventana y porque espero que vea cómo las casas vuelven a levantarse y cómo los trenes vuelven al sur desde la legendaria Estación Central.
Ilustración: "Tren al sur", Tomás Ives
viernes, 1 de enero de 2010
Theta en New York

Ilustración: Iris Brosch, “La Femme, # 4”
sábado, 3 de octubre de 2009
Poemas mata gusanos
Las moscas de Luis posan sus patitas sobre papeles nacionales. Tengan cuidado, señores lectores, estas moscas son radioactivas. Ay, pobre de aquellos ilusos que no creen en su poder. Como diría mi amigo Jairo Rojas: Esto es puro rock and roll.
martes, 29 de septiembre de 2009
sábado, 5 de septiembre de 2009
Las calles de Magda Szabo
Me enteré de la existencia de Magda Szabo gracias al escritor mexicano Agustín Cadena, quien puso en su blog una nota a raíz de la muerte de la escritora húngara. Desde la publicación de esa nota quise leer algo suyo. Según tengo entendido cuatro de sus títulos han sido traducidos al castellano (Resentimiento, Calle Katalin, La puerta, y La balada de Iza). La traducción de Calle Katalin estuvo a cargo de Judit Gerendas, venezolana de origen húngaro, descendiente del poeta József Kiss, y fue publicado en Caracas bajo el sello Monte Ávila Editores, en 1972. Estos libros son difíciles de encontrar, sin embargo corrí con la suerte de tener un buen amigo que husmea toda librería de saldos que encuentra a su paso. Y ahí estaba, en un mesón abarrotado de libros viejos: Calle Katalin. Mi amigo, a quien le había hablado de Magda Szabo con deseo enfermizo de leerla, emitió un ¡Eureka!, tragando un poco de polvo amarillo al hacerlo.
Fue amor a primera leída. Szabo sabe narrar, juega con estructuras complejas, se aleja de lo literal frente al referente, y asoma pistas para armar lo que sucede en el contexto socio-histórico en el que construye su historia. Iren y Bálint, par de personajes centrales de la novela, tienen una fuerte armadura psicológica. Son personajes muy pensados y bien definidos. Sobre ellos se siente Hungría y las guerras, sus revoluciones y dictaduras; todas padecidas en buena parte del siglo XX. La calle Katalin es el escenario íntimo de cada uno de los personajes, en esa calle todos ellos vivieron su propia versión de los sucesos que ocurrían en un afuera de detenciones, de largas filas de cupones por alimento y de sonidos de balas nocturnas:
Y cuando olvidando que tenía que moverse siempre por detrás del seto se lanzó descabelladamente hacia el jardín, para alcanzar la cerca de los Bíro, a través de la cual había llegado hasta aquí, ya sabía que se había equivocado, porque no había muerto ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez, sabía que vivía y que quería vivir. Para cuando lo comprendió, estaba muerta. Bajo la luz de la luna le había disparado dos veces, con vacilación de novato y con mala puntería; sin embargo ya la primera bala la había alcanzado (p. 99).
Frente a esta oscuridad Magda Szabo tuvo que escribir en silencio, debió hacerlo con prudencia. Sabía que escribía con ojos espiando su escritorio. Fue vetada varias veces, el gobierno de su país le prohibió publicar durante algunos años. En 1949 obtuvo el premio Baumgarten, y le fue arrebatado el mismo día que lo recibió. Cosas que hacen los gobiernos totalitarios, y que con el correr del transcurso histórico quedan como condecoraciones al ridículo. Pero, afortunadamente, el absurdo puede ser revertido, y el tiempo no transcurre en vano: Hungría salió de su oscuridad militar, y Szabo brilla entre los talentos literarios de ese país.
Lamentablemente la conocí muerta, pero creo que ella, al igual que su Henriett, anda por ahí, viendo cómo el mundo sigue a veces cambiando, y a veces volviendo atrás.
Posdata personal para Agustín: en nombre de los limitados lectores que sólo leemos en la lengua de Cervantes, aprovecha que estás en Hungría y, por favor, traduce al menos una de sus novelas.




