viernes, 24 de diciembre de 2010

Moras, cosecha 2011


Mis queridos, nos sale subir la cuesta; aunque desde arriba tiren piedras. Nos vemos en 2011; es decir, la otra semana. A los de este lado del tejado nos toca lidiar con las moras de la amargura. Habrá que fajarse.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reventados, jodidos. También humillados


Los fantasmas existen, algunos usan botas y hacen venias militares. ¿Llegó la hora de la escritura en paréntesis? Santos polacos, ayúdenos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Gente rara



Se subió a la cabeza; se creía piojo. Arrimó una silla a la oreja y se puso a escuchar las barbaridades que decían de él. Le lastimó que lo llamaran fundamentalista, y para desquitarse, se untó de cerumen en todo el cuerpo. Se prendió un fósforo. La madre sintió un pálpito, como de que algo andaba mal.

***
Abrió una lata de sardinas y se introdujo en ella. Cupo completo. Adentro saludó a todas y les mostró su mano rota por la lata. Ninguna le hizo caso, tan pinches sardinas. Todas se amontonaron indiferentes. Murió de asfixia.
***
El crimen ocurrió en la huerta de tomates. No hubo testigos. Nadie vio cuando el hombre se subió los pantalones y se cerró la cremallera con un ligero ruido. El cuerpo quedó ahí, solo, hediondo, puro excremento.
***
Abrió la nevera y se ensañó contra él. Los gritos del queso acuchillado les rompieron los tímpanos a los tres huevos viejos que estaban en la puerta, y les partió el corazón a las alcachofas. No hubo remedio, el queso murió rebanado. La luz de la nevera se apagó de pronto.
***
Le salió un brote de perejil en el codo, se ufanó de él. Era la primera vez que estaba realmente enamorada. Lo presentó a toda la familia, que de inmediato lo acogió como el miembro más joven y viril. Ella le sacó fotos, le compró pijamas (estampadas, con ovejitas). Le abrió una cuenta en Twitter, y no pudo resistir su muerte marchita y amarilla. Se arrancó el codo y lo enterró con él. Más tarde se metió un tiro en la sien; hizo un cálculo previo para que la bala no la matara. Lo único que quería lograr era quedarse convertida en vegetal, en su honor, en su recuerdo amoroso.

Ilustración: "Rolling Stone", Gabriel Sainz


viernes, 3 de diciembre de 2010

Suicidio pasional

Fue un asunto de ñoquis, nada tuvieron que ver los raviolis; así que son injustas las sospechas y acusaciones de la Comisaría de la Pasta. En realidad tampoco fue asunto de ñoquis, vamos a sincerarnos. Ellos, seguramente, no estaban al tanto del desequilibrio nervioso de la salsa blanca, ni de su hipersensibilidad ante el rechazo (ha sido tantas veces rechazada la pobre que no soportó más). Cuando a los ñoquis le propusieron: pesto o salsa blanca, ellos apostaron por el pesto. Sí, malditos homosexuales, se revuelcan con el primer italiano que se les atraviesa en el plato, espetó furibunda, entre borbotones, la salsa blanca mientras hervía en la olla. Y sin meditar el paso en falso que iba a dar, se arrojó sobre el procesador donde se licuaban los tomates para el gazpacho de la tarde.

Nadie lamentó su muerte, estúpida salsa blanca, ahora hecha un aguaje rojo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Legítima defensa (o el día del grito)


Todos llevamos un loco por dentro, dicen. No sé; en todo caso, el más próximo que tengo vive en el mismo edificio, y es largo, flaco y amargado. Camina con altivo porte militar, y dice ser graduado en varias academias de la milicia nacional, con doctorado en Administración y Logística de los Sistemas de Seguridad y Defensa. No sé qué tan ciertos sean sus estudios, ni qué hace para ganarse la vida, porque su único oficio conocido es deambular por el conjunto residencial. Entre los vecinos, cada uno tiene su propia versión sobre este extraño personaje. Para mi abuelo, él es un espía que trabaja para gobiernos extranjeros, a quienes les pasa informes sobre cómo vivimos; para mí es sólo un loco que todos los días habla solo desde una cabina telefónica próxima al edificio. En realidad, es la única cabina que hay en todo el sector y sus alrededores. Y parece más una escultura de un tiempo perdido que una cosa de utilidad pública. El único sujeto que “hace uso” de ese teléfono es él, el loco, que acude religiosamente a su cita telefónica todas las tardes.

Empujada por una ociosa curiosidad, decidí acercarme al teléfono en el horario en que el loco suele hacerlo. Al coger el auricular pude comprobar que ni siquiera tenía tono. Era un teléfono muerto, consumido por las nuevas tecnologías. Sin embargo, me quedé conectada al auricular mientras veía cómo el loco se acercaba, notablemente sorprendido y molesto ante mi presencia. Inventé una conversación ficticia; entretanto, él se paró detrás de mí, demostrando su impaciencia al sonar las llaves y mover el pie izquierdo para arriba y para abajo, sin despegarlo completamente del piso. No habían transcurrido cinco minutos cuando sentí su dedo índice como un dardo sobre mi hombro: “disculpe, necesito utilizar el teléfono. Debo hacer una llamada importantísima”. Al oír hablar de su prioridad, me pregunté si tal vez el abuelo tendría razón en eso del espionaje. Fingí una despedida con mi interlocutor y le pasé el auricular, no sin antes informarle que esperaría que culminara su llamada para yo discar nuevamente. Por respuesta sólo obtuve su mala cara y una expresión seca: “lo siento, me voy a tardar”.

Habló, vaya si hablo. Hizo varias llamadas. Conversaba con su supuesto abogado y le preguntaba por la demanda contra los antiguos inquilinos, ahora invasores de su propiedad. Llamó a su madre, insistía en que deseaba visitarla, pero del otro lado sólo escuchaba excusas que lo instaban a no hacerlo. Llamó al alcalde, le informó a la secretaria que era M. Quintero y que fue amigo suyo durante la escuela. Le contestó la llamada del comodín a un invitado del programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario? La opción es la letra “A”, dijo muy seguro de su respuesta, y se despidió con tono jactancioso: “estoy para servirte, hermano. Salúdame a Eladio”.

De cuando en cuando el loco me miraba feo, con toda la disposición de no devolverme el auricular. En principio me divirtieron sus conversaciones ficticias, supuse que era su manera de drenar su condena comunicativa (casi nadie lo trata en el edificio por fastidioso). Al rato me aburrí y lo dejé, y mientras caminaba escuchaba cuando decía, en tono amoroso: “sí, yo también te quiero”.

Pocos días después observé que al lado de la cabina estaba parada una camioneta de servicio técnico de la central telefónica. Me fijé en que dos hombres merodeaban el teléfono público; sin pensarlo me acerqué y les pregunté qué ocurría. Secamente me informaron que sacarían ese mamotreto de ahí, que ya no estaba cumpliendo ninguna función. “Mamotreto”: qué palabra tan ruda para nombrar algo que hasta hace poco servía. Inmediatamente pensé en el loco y tragué grueso; me sorprendí oliendo la idea de su posible suicidio. Su vida sin ese teléfono no sería la misma. Curiosamente, faltaban escasos minutos para que él apareciera dispuesto a cumplir su diario ritual. Llegó con aire preocupado y molesto, y les hizo las mismas interrogantes a los del servicio técnico, con la diferencia de que su rostro palideció cuando se enteró de las intenciones de la Compañía. Con el rostro descompuesto y dándoles manotazos a los técnicos, el loco se opuso al traslado y vociferó que no lo iba a permitir, que de ser posible se iba a comunicar con su jefe superior, que era amigo suyo de la infancia, al igual que del alcalde. Yo me mantuve al margen; sin embargo, pude ver las caras socarronas de los técnicos que continuaron en su oficio mientras el loco se alejaba rápidamente hacia el edificio.

Regresó con cadenas, dos buenos candados y un cartel que decía No a la incomunicación; y en un descuido de ambos hombres logró envolver la cabina con la cadena y atarse él mismo a ella. Pronto el lugar se llenó de curiosos, a quienes el loco convidaba a que lo apoyaran en su manifestación, pero sólo obtenía risas y burlas, sobre todo de los más jóvenes, que le respondían que debía buscarse una novia real. Solo y sin el apoyo popular, el loco cogió el auricular y se dedicó a hacer llamadas a importantes figuras públicas para informarles acerca del atentado comunicacional que se estaba cometiendo en su contra. En su delirio telefónico habló con el alcalde; le dijo al gobernador que había sido el novio más querido de su hija, que en paz descanse; con el presidente del Country Club se puso de acuerdo para jugar una partida de golf después de este terrible percance; se dirigió a sus antiguos profesores militares; y por último se estuvo hablando largo rato con el Intendente, con el cual se dedicó a cantar coplas llaneras. La gente se reía a carcajadas con el discurso del loco. “Sí, mi Intendente, yo me dejé de comer pollo. Esas cosas hacen daño a la hombría”; “cómo no, dormir en la intemperie llanera es lo más sabroso. Me parece muy bien que cuando te retires vuelvas al llano. Claro, claro que iré a visitarte”.

Los técnicos decidieron irse, alegando que no iban a mover a ese hombre porque no querían ser demandados luego por alguna de esas sociedades protectoras de animales que nunca faltan. Después de la partida de los técnicos apareció entre el público el popular Verde: un vecino ecologista, conocido por ese mote por su posición fundamentalista en favor de la ecología y del vegetarianismo. El Verde se acercó al loco y le dijo: “Compañero, qué te pasa. Lucha por una causa justa. Lucha por el planeta. ¡Cómo vas a estar defendiendo un teléfono! ¿No sabías que los teléfonos producen ondas cancerígenas? Mejor defendamos este árbol, un pino originario de estas tierras, de la época de nuestros hermanos indígenas”. Sin esperar respuesta del loco, que literalmente se hizo el loco y no escuchó su arenga, el Verde se fue a buscar una soga para amarrarse al pino que estaba junto a la cabina. Prefirió usar una soga de fibra en vez de utilizar metales contaminantes. Esto lo aclaró mientras hacía su nudo. También trajo un cartel hecho con material ecológico y pintado con tinta no tóxica que decía Liberen los árboles. Salvemos el planeta.

Al poco rato se acercó otro vecino, mejor conocido como El Titular, porque se lee todos los periódicos y siempre anda alarmado ante el caos mundial. El Titular los encaró llamándolos “pendejos”, y les dijo que si iban a pelear que fuera por una causa justa: “Hay que luchar por la alimentación de nuestros hijos. Debemos denunciar el quiebre de nuestra industria nacional”. Y sin ir a ningún lado, porque ya traía su cadena y su pancarta, se amarró a un poste y se puso a gritar: “¿Dónde están la leche, la carne, la Coca Cola? Devuélvannos nuestra cadena alimenticia”.

Otro muchacho, que no era vecino y de quien nadie supo de dónde salió, se acercó al hombre y le espetó: “¿De cuándo acá la Coca Cola es parte de nuestra cadena alimenticia?” Y sin esperar respuesta ni pensarlo dos veces, echó mano a un spray y rayó todas las paredes que tenía a su alcance con mensajes autóctonos—ecologistas: “Dile no a la Coca Cola. Toma agua ´e panela”. “No uses Nivea, ponte Aloe Vera”. “Las hamburguesas embrutecen. Come cachapa de maíz”. Y como si fuera poco el circo que se había armado, de la azotea del edificio se asomó un joven vestido con un manto naranja, que con un altoparlante en la mano exigía la liberación del Tíbet; mientras que de otra azotea vecina otro joven, de franela negra y con el rostro pintando de blanco, le impelía a dejarse de luchas snobs y extranjeras y lo invitaba a exigir la liberación de los nuestros. “Liberen a los presos políticos”, gritó y alzó el puño, recibiendo el apoyo de los presentes, que inmediatamente empezaron a gritar al unísono: “Liberen a los presos políticos”.

Pronto las quejas y molestias que vecinos y transeúntes tenían dentro explotaron como una reacción en cadena. Algunos protestaban porque eran muy feos; otros porque sus parejas no hacen suficientemente el amor; las viejas reclamaban la belleza de la juventud perdida; y las más jóvenes exigían rebajas en las cirugías estéticas. Muchos se quejaban, amargados, por no tener acceso a las divisas para poder salir del país; los desempleados lanzaban los gritos más aplastantes y desesperados de toda la masa furiosa. Con los aullidos vinieron los destrozos, las muestras de impotencia, frustración y rabia social. Cuando la policía apareció, ya la turba se había apoderado del escenario y de la situación; habían armado barricadas y focos de ataque. Yo huí del lugar antes de que la cosa empeorara aún más. El resto de los acontecimientos los vi en televisión: la protesta fue apaciguada con balines y gases lacrimógenos. En el último noticiero del día observé la cara del loco, que a pesar de la arremetida de la fuerza policial se negaba a soltarse de la cabina telefónica, y se aferraba como una fiera al auricular mientras intentaba hablar. “¿Aló, Intendente? Soy yo, otra vez. Aquí explotó la bomba de tiempo. Tenga cuidado, la pólvora se extiende”.

Ilustración: “Dulle Griet”, Pieter Brueghel el viejo

lunes, 15 de noviembre de 2010

Se me cae la cara


Se me cae la cara de la vergüenza cuando él habla, no puedo controlarlo. Así nomás, se cae, se hace una bolita de piel y rueda por el piso, buscando huir. Mis dedos ya están cansados de buscar mi rostro por los escondrijos de la casa, y se abren y se exasperan cada vez que esto sucede, pero nadie tiene la culpa, ni siquiera mi cara que anda por ahí, hecha un añico, como una pelota de piel con dos ojos oscuros. Da miedo si usted la ve desde su propia altura, digamos un metro setenta y cinco, y ella en el piso, estacionada al lado de la nevera o metida en el ropero o debajo de la cama con dos ojos pestañeando, y una boca roja y carnosa, como si se tratase de un juguete siniestro. Esto no es nada nuevo, la cara se me cae desde hace años, cuando lo escucho a él enunciar, con la mayor desfachatez, los verbos más imperativos de la lengua que desgraciadamente compartimos.

Recuerdo la primera vez que sucedió, cómo olvidarlo: yo estaba sentada en el sofá con todos mis órganos y sentidos en su santo lugar. El televisor estaba encendido, también el de mi vecino, y el del vecino de mi vecino, y el de todos los vecinos de este país. Y fue ahí cuando él dijo: “Yo soy un superhombre y ustedes….nomás que hombrecitos. Ah, y mujercitas. Sí, eso, mujercitas. Yo debería andar con capa, pero tengo humildad, así que me disfrazo de mortal, pero yo voy más allá. Mis ojos son de fuego, mi corazón, un cañón”. Se rió, se rió muy fuerte, era la carcajada de un loco. A su lado había una corte de enanos vestidos de circo. Todos reían junto a él. Las carcajadas no me dejaron escuchar el primer crujido de mi piel despegándose de la calavera. Sentí mi cara abochornarse, eso sí, rostro que se enrojece y se calienta, así que me fui al baño, y el espejo me devolvió la cara del otro desgarrándose, yéndose, harta de lo mismo. Me desesperé, mis dedos también se desesperaron conmigo, trataron de asir ese pedazo de pliegue que se desterraba junto a mis ojos irritados. La boca también se largó, así que me quedé sin gritos. Los dedos se amontonaban en la cabeza para compartir el desespero. Desfallecí.

Sí, eso fue al principio, cuando no estaba acostumbrada a quedarme sin rostro, pero poco a poco uno se va habituando hasta a las cosas más absurdas e irracionales, sino cómo explicar que el superhombre siga ahí, haciéndose trono. Cuando me quedo sin cara, deambulo por la casa como una sombra que choca con las paredes, un torpe fantasma que no se percata de los obstáculos materiales; mientras tanto mi cara hecha una bolilla de piel con ojos anda dando trastes por la calle, porque si bien al principio se quedaba en casa, ahora le ha dado por echarse a caminar. Entonces a mis dedos no les queda más remedio que dejarme sola e irse tras mi cara, que suele regresar con la boca rota o los ojos morados por los golpes callejeros.

Temo que algún día me quede sin rostro; tendré que hacerme a la idea de que mi cara finalmente va a caerse, compungida de tanta vergüenza. Y los afanosos dedos no volverán a ponerla en su lugar, como solían hacerlo. A veces me da pena con ellos, ¡trabajan tanto, los pobres! Junto a ella se irá mi acento, que cada día se siente más avergonzado de sí mismo, junto a ella se irá mi ceño fruncido. Ése que se monta en la cara cuando lo escucha hablar, a él, al superhombre. Un ceño fruncido que es todo un señor, muy serio. Mi sonrisa se irá con ellos, presta por ahí a que las muecas le rompan los dientes en las calles de un país que ya no ríe tanto como antes. Las sonrisas se están cayendo, si no me cree salga a la calle para que vea muecas. Me quedaré sin labios para besar; no besar aburre y hasta duele. Tendré que dibujar labios, ojos, nariz, cejas, mentones. Lo haré para pegármelos cuando mi rostro se haya expropiado definitivamente. Tendré que pintar los ojos negros y pequeños, un poco chinos como los de mi padre. Tendré que dibujar esa escasez de cejas que a veces disimulo con maquillaje. Tendré que pintar los labios con creyón de cera, obviamente rojo, el único color que mis labios originales aceptan. Tendré que hacer varias versiones de ojos, para usarlos dependiendo de la situación de asombro, ternura o enojo. Tal vez las manos se queden conmigo; crispadas, atormentadas, nerviosas. Probablemente hagan ejercicios de locura como tratar de asir un cuello que no existe, asfixiarlo, callarlo. Mis manos necesitarán silencio, al menos su silencio. Tan ilusas ellas querrán callarlo. Se imaginarán a sí mismas tratando de taparle la boca para que mueran sus palabras. No hable más, señor, por favor, no hable más. Cállese, no hable más, necesitamos su silencio. Mis pobres manos están enfermas, todo el tiempo sueñan que están tapando esa gran boca, ese sulfuroso volcán. ¡Ah, mis pobrecitas manos han enloquecido!, tendré que internarlas en el sanatorio. Y me quedaré tan sola, sin rostro, sin manos. Sola con él y mis oídos que gozan de tan buena salud.

Ilustración: “Selbstdarstellung in Orangefarbenem Umhang”, Egon Schiele

domingo, 3 de octubre de 2010

Soliloquio en el laberinto


Estos días he mantenido una diatriba personal y nada escandalosa contra un minotauro transgénico y resucitado de viejos tiempos. Mi diatriba, que en principio pensé altamente original, es en realidad un soliloquio comunitario de gran escala. La vanidad de mi ingenio se vio herida y hasta un poco avergonzada cuando notó que en todos los rincones del suelo compartido, el soliloquio contra el minotauro es algo natural. Sin echarme a morir por mi poca originalidad, asumo que en esta pelea soy apenas una voz sin cuerpo que enfrenta un minotauro superpoderoso, que avanza dispuesto a aplastarme no sólo a mí, sino a miles, millones de voces sin nombres. Nuestras únicas vías de escape son los escondrijos, las rendijas, el haz de luz por donde nos llega su aliento caliente y ulcerado. Su aliento amenaza con fundirnos anímica y físicamente, pero a pesar de todo nos mantenemos pacientes, esperando que el monstruo siga caminando con sus pasos atropellados, tropezándose, golpeándose la cabeza con tozudez, con vehemencia. Una vez, otra vez, una vez, otra vez. Para no desfallecer inventamos juegos creativos para socavar el talón de Aquiles del minotauro: su débil inteligencia. Sí, el minotauro es un ser fuerte y despiadado, pero poco inteligente; suele pasar, hasta en las mejores familias de los monstruos universales más famosos.

Aprovechando nuestra ausencia corporal lanzamos juegos de palabras, preguntas, acertijos, episodios históricos que cuentan fracasos épicos de antaño, trabalenguas con moralejas, refranes, chistes y fábulas nunca superadas. Ante el ataque verbal de la comunidad invisible, el minotauro se atraganta. Las preguntas y demás juegos se les quedan atascados en el cerebro, sin lograr resolver ni las más elementales formulaciones lingüísticas. El minotauro herido emite los más vomitivos bramidos, que caen como lluvia ácida sobre nuestras voces repartidas por todo el laberinto. Atropellados, sólo contamos con nuestra inteligencia y sentido común para enfrentar las feroces embestidas del monstruo.

En este rincón, donde me refugio, también huyo de las voces que reiteradamente invocan al minotauro por su nombre. Prefiero no hacer de él más que una referencia abstracta, para no seguirlo alimentando. Para auxiliarme en tan forzosa técnica apelo a mi sentido auditivo para que se enfoque en las voces que se alejan de la caca y las pisadas del omnipresente sujeto. En esa búsqueda casi desesperada y vital, entre un mar de voces monótonas que repiten la fórmula “Había una vez un minotauro maníaco-depresivo”, mis oídos lograron captar una voz aislada, atemporal y ciertamente extranjera: la de Nuni Sarmiento y sus excéntricos cuentos. Así que mientras el minotauro brama y la lluvia ácida cae a cántaros desvergonzados sobre las aceras de este laberinto compartido, yo cierro los ojos para escuchar una historia hecha “Revés”:

Hace años decidí retirarme del detestable mundo y encerrarme en mi casa. Traje conmigo a un sirviente para que se encargara de mis asuntos y de las inevitables relaciones con el mundo exterior. Es un joven bueno que se conforma con servirme en silencio, y aunque a veces su presencia me resulta un poco molesta, yo sé que hace lo posible por evitarme disgustos. Por la mañana, cuando abro los ojos, veo una taza de café humeante a mi lado, pero no hay rastros de su persona. Nada me alegra más que esta ausencia. Siento entonces tanto agradecimiento hacia él que hasta he llegado a pensar que merece ser amado, aunque yo estoy muy vieja para esas cosas y él no es más que un muchacho. Pero otras veces, mientras desempolva los libros de la biblioteca, no puede evitar que se le escape un estornudo. De inmediato se me sube la sangre a la cabeza, pierdo el control de mis nervios y paso días y días en cama, incapaz de moverme. El me alimenta con puré de verduras y caldo de aves. Su expresión suave y lejana me transmite una devoción impecable. Sus ojos siguen el trayecto de la cuchara, se posan en mis labios, regresan al plato. Es un individuo sensible. Sabe perfectamente que si se atreviera a mirarme a los ojos, yo sufriría una terrible recaída.

Por suerte, hace mucho que no comete un error. Mi estado anímico es excelente, mi condición física inmejorable. Ni el más discreto ruido perturba mis oídos, ni la menor huella visible se presenta ante mis ojos, y si no fuera por la pulcritud de los muebles, el piso reluciente, la cama que se hace como por arte de magia en cuanto le doy la espalda, las comidas delicadas y sabrosas en el momento oportuno, un vaso de vino, una taza de té, un libro abierto en la página exacta, yo estaría segura de que mi sirviente no existe.

Han pasado meses, tal vez años, no sé, pero su bondad entrañable ha persistido haciendo de mi vida un paraíso. Día y noche alabo su tacto y su prudencia. Los libros están limpios, nada turba la paz de mi espíritu. A veces me pregunto cómo es posible tanta pulcritud, tanto esmero. Lo que más me asombra es que adivine constantemente mis deseos, algunos de los cuáles yo misma desconozco. Es él quien me los sugiere con sutil acierto, poniendo a mi alcance lo necesario para satisfacerlos. Como se ve, es una persona inteligente. Sabe que me gusta soñar y que de vez en cuando mis sueños caen en el hastío. Pero a través de un libro o un objeto, él hace revivir en mí el placer de una fantasía ya exhausta, y me insinúa nuevas tramas, giros ocultos, que sólo una mente excepcional podría urdir, y que me permiten entregarme a un nuevo goce. Tengo que reconocer que mi sirviente es un genio.

Los días han seguido pasando sin un cambio aparente, aunque ya mi felicidad no es tan perfecta. Sé que es absurdo, pero desde hace algún tiempo no hago más que esperar el momento en que mi sirviente cometa algún error, aunque sea pequeño. No lo comete, por supuesto. He llegado a permanecer despierta toda la noche para sorprenderlo en el momento en que coloca la taza de café humeante sobre la mesita, pero en el instante justo el sueño me traiciona. Abro los ojos y se ha desvanecido. También pasé días buscándolo. Caminé por la casa, abrí y cerré las puertas, me escondí toda la tarde en la cocina esperando a que acudiera a preparar la cena, todo en vano. Sin embargo, cuando sentí hambre, me encaminé al comedor y encontré la cena servida. Es obvio que mi sirviente no es normal. Me fui esa noche a la cama de mal humor, soñé cosas raras.

Pasé después el día de un lado a otro, con desazón creciente, ya sin intención de sorprenderlo. Quise llamarlo, pero me repugnó la idea. Me fui al vestíbulo (un lugar que no veía desde que me retiré del mundo) con la esperanza de encontrar allí algún desperfecto, pero todo estaba tan impecable como el resto. Vi una rosa amarilla recién cortada y me incliné hacia ella; tal vez su aroma me calmaría un poco los nervios. En eso estaba, aspirando su delicada fragancia, cuando oí el estornudo. No era un estornudo como los de antes (aquellos eran vulgares y violentos), sino un estornudo afectado, bastante falso, pero estallé en júbilo, di un saltito (el primer saltito que daba en mucho tiempo) y me abracé a una silla.

Poco a poco, en los errores que mi sirviente me ofrecía con generosidad creciente, fui descubriendo nuevas alegrías. Es verdad que me pasaba los días aguzando el oído, en perpetuo estado de alerta. Pero una mañana alcancé a ver un talón que desaparecía por la puerta y luego comprobé, muy satisfecha, que parte del café se había volcado en el platillo. Para un sirviente como él era un error considerable. Claro que en realidad no eran errores sino aciertos, ya que los cometía para complacerme. Pero igual, cada vez que encontraba la comida muy salada o me llegaba el estrépito de una taza al romperse en la cocina, el corazón me latía de contento. Me volví adicta a las imperfecciones.

Así, al cabo de algún tiempo, mi casa se convirtió en un caos muy divertido. Incluso conseguí que mi sirviente dejara que lo viera y me permitiera participar en las tareas destructivas. La pasábamos muy bien, el día entero jugando a que todo saliera al revés de como a la señora le gustaba. El hacía de señora, yo de sirviente, porque el papel de señora, la verdad, ya me tenía bastante harto. Se me ocurrían las cosas más horribles, como llevarle el café a las seis de la mañana, cuando la señora se había acostado a las cuatro, un café recalentado y con mucha azúcar, tal como la señora detestaba.

Para mi disgusto, una mañana la señora se tomó el café con gran deleite. Al día siguiente se lo llevé muy tarde, recién hecho y con una pizca de azúcar. Fui yo el que me deleité entonces ante las muecas de asco de mi señora, que amenazó con despedirme. Me reí a carcajada limpia, y la señora, en lugar de molestarse, se rió conmigo. Por eso, en adelante, y ateniéndome a las reglas del juego, me mantuve serio, haciendo todo como más desagradaba a la señora y pasándola estupendamente. Ya no dejé caer los platos, pues a la señora le encantaba el estruendo, ni serví las comidas a destiempo, porque disfrutaba mucho del desorden. Hasta aprendí a contener los estornudos. Y aunque la señora se moría de las ganas de prescindir de mis servicios, no pudo hacerlo, pues jamás logró encontrarme. Me convertí en el sirviente más escurridizo, furtivo e inasible... un fantasma dedicado con esmero a sabotear los deseos de mi ama.

Una mañana mi señora dejó intacta la taza de café, el pescado a la plancha del almuerzo, las sencillas papas al vapor con aceite de oliva y perejil picado de la cena. Lo mismo al día siguiente. Después de muchas dudas, decidí entrar en su alcoba, corriendo el riesgo horrible de darle una alegría. Mis temores —no los de darle una alegría— eran ciertos. Con su camisón impecablemente blanco que tanto odiaba, pues le gustaban sucios, viejos y usar el mismo siempre, la anciana yacía completamente muerta en su cama. Se me encogió el corazón al verla así y lloré desconsolado, porque en el fondo la quería y qué sería de mí ahora sin ella. ¿Acaso me había excedido en la imperfección de mis servicios? No, porque de haberla complacido, la señora hubiera muerto mucho antes. Al día siguiente el llanto persistía, pero igual junté mis cosas para irme, ya mi presencia no estorbaba.

Andando sin rumbo por la calle, con mi maleta vieja, se me borró de pronto el llanto. Me sentí alegre, volátil, inmensamente libre, feliz de haber escapado de esa historia, de ser yo nuevamente.

Tomado del libro Revés. Mérida: Siembraviva, 2003

Ilustración: Nuni Sarmiento.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Buenos días, Señorita

Muchos hombres se remiten al pasado para recordar con cariño y confesar, con cierta vergüenza, que su primer amor fue su maestra. Éste no es mi caso, si hay algo de lo que estoy completamente seguro es de que nunca quise a mi maestra; por el contrario, siempre la odié y todo fue por su culpa. Estaba en tercer grado, las clases comenzaban a las 7 de la mañana, yo debía esperar el transporte al frente de mi casa con el rostro aletargado del niño que detesta dejar su cama tan temprano. De lunes a viernes era lo mismo, salvo fechas patrias y fines de semana. Odiaba la escuela. El peor momento ocurría a la hora del recreo, yo era el típico niño aburrido y famélico que nadie quería en su equipo. Al principio intenté integrarme, pero luego desistí y entendí que no era apto para el juego de mis compañeros. Ellos me lo hicieron saber rápidamente con sus burlas y golpes, y fue así como comencé a interesarme por el ajedrez, un juego mucho menos peligroso. En el patio, a la hora del recreo, cuando los niños jugaban y corrían tras un balón de fútbol, yo me quedaba alejado de todos, con el ánimo solitario de quien no quiere estar con nadie. Sí, tengo registrada en mi memoria la imagen del niño de rostro pecoso y de grandes ojos, sentado en un rincón, meciendo los pies al ritmo de sus reflexiones, mirándose las puntas gastadas de los zapatos. Ahí estoy yo, mírenme. Solo y arrinconado mientras las niñas pasean al frente con sus faldas de colegialas, sus risas chillonas, como de ratas coquetas, y esas trenzas brillantes y sedosas. Algunas se ríen de mí, no alcanzo a saber cuál de ellas; mi zapato derecho se nota más gastado que el izquierdo.

Manuel, llamó la maestra al mismo tiempo que hacía un gesto con su mano, para que me acercara. De un saltito bajé de mi asiento, caminé con mis pasos cortos y ese aire tímido que siempre me ha acompañado. De niño es un aire tímido; de adulto es un no sé qué de imbécil que se le implanta a algunos en el rostro; así, como el mío.

—Manuel, ¿por qué no juegas?

Yo no pude responder. Me dediqué a agachar la cabeza y a mirar cómo las puntas de mis zapatos se descoloraban y se iban poniendo más viejas. Ese mismo día la maestra me entregó un papelito al final de la clase, para que se lo llevara a mi madre. Al día siguiente, ambas mujeres estaban una frente a la otra, conversaban en voz baja y me miraban. Mi madre me observaba preocupada y mi maestra me veía a un espécimen que le preocupaba. A poco más de una semana, mi madre y yo estábamos frente a una psicopedagoga, que trataba de entender mi caso. Desde ese día comencé a odiar a todas las maestras y a todas las psicopedagogas del mundo. Si bien antes asistía a la escuela obedientemente, ahora me había convertido en un niño renuente, un animalito asocial que comenzaba a sentir vértigo cuando se acercaba la hora en que el transporte escolar pasaría por mi casa a recogerme.

Iba a clases contra mi voluntad, la pasaba muy mal, sobre todo desde esa vez que un grupo de malnacidos compañeros me jugaron la broma pesada de lanzarme un almanaque de bolsillo, en el que salía una mujer desnuda, con dos grandes aureolas rosadas sobre los pechos. La maestra, al oír las risas ahogadas en el salón, se acercó a mi asiento y se paró frente al pupitre, en donde yo me encontraba con los ojos clavados en los grandes pezones de la rubia del almanaque.

Fui castigado con severidad, llevado frente al director, que me juzgó como un niño de costumbres sucias; palabras que balbuceaba sin poder quitar los ojos de encima de la mujer del almanaque; tal era el baboseo que la maestra se vio obligada a emitir una tos de disimulo para apartarlo de su regodeo pornográfico. Fui castigado con una sanción de varias semanas, y el director se quedó con la fotografía como evidencia del delito. La sanción contemplaba el exponerme públicamente en el patio y obligarme a confesar el delito que no cometí, así como ayudar a Ana, la señora de la limpieza, en sus quehaceres; además de encargarme una ración extra de tareas. Aunado a este castigo se sumaba la reprimenda de mi madre que nunca creyó en mi inocencia.

Mi maestra me tenía vigilado, me hacía preguntas, me pasaba a la pizarra y siempre me ponía de mal ejemplo. Así transcurrían los días después de la incidencia pornográfica, pero a mediados de año un suceso inesperado ocurrió en la escuela que alteró esa desgraciada normalidad. Un lunes apareció en nuestro salón otra mujer. Se nos informó que nuestra maestra estaba enferma y que, por ahora, nos atendería la señorita Martínez. Pero pasaban los días y la maestra no se recuperaba, hasta el día que apareció muerta en mitad del patio, metida en un ataúd con el rostro seco, callado, cerrado. Se nos dijo que no pudo recuperarse de su enfermedad y murió. Nunca se nos informó de qué enfermedad se trataba. Esa mañana debimos hacer fila para ver el grotesco rostro de la muerte. Algunos niños lloraban, y yo, en el fondo, me sentía culpable por estar feliz. Ahora, que puedo hablar, he de decir que después que me increpó por mi timidez y por su culpa me sometieron a exámenes psicológicos, deseé su muerte. Y desde el día que la vi tiesa, pálida y muerta, comencé a creer que de verdad Dios existe y que también cumple deseos oscuros. Sólo años después me enteré de la causa de la muerte de la señorita Gutiérrez, mi maestra. Una tarde, mientras caminaba hacia una de las paradas de los autobuses del transporte urbano, oí una voz que me llamaba. Me detuve y observé cómo un hombre caminaba hacia mí. Al principio, no lo reconocí.

—Soy yo, Pablo, tu compañero de escuela.

Sí, era Pablo el bromista del salón. Se acercó y me abrazó, no correspondí su abrazo y lo saludé con desdén.

—Tanto tiempo Manuel, te reconocí por tu modo de caminar, siempre mirando el piso.

El comentario me cayó malo, pero él tenía razón, qué desgracia. Pablo me preguntó por qué me había mudado de escuela y de ciudad, me preguntó qué estaba haciendo y, sin darme tiempo a responder, comenzó a hablar de lo bien que le iba en la vida. Luego, le dio por recordar “nuestros viejos buenos tiempos de la infancia”. En ese momento su tono se volvió más íntimo y me confesó que fue él quien puso en mi pupitre el almanaque de la rubia desnuda. En medio de una sonrisa burlona lamentó que me hubieran castigado por una broma suya, pero que no podía negar que había sido muy divertido. No pude reprimir una ácida sensación de náuseas, así que busqué excusas para separarme de su lado, pero él seguía hablando, contándome cosas del pasado que ya no me interesaban. Sin embargo, hubo una historia tenebrosa que llamó mi atención: la historia de nuestra difunta compartida. Me dijo que cuando ya estuvo suficientemente grande para entender algunas cosas, su padre le contó que nuestra intachable maestra había muerto debido a un aborto mal practicado, y que el director fue expulsado un par de años después al comprobársele prácticas pedófilas con los niños de los primeros cursos. Asqueado de las experiencias y los recuerdos aberrados de mi escuela me alejé para tomar el autobús, aun cuando mi ex compañero intentaba retenerme un rato más. Me despedí y deseé no volver a cruzármelo en la vida.

Sentado en uno de los primeros asientos del transporte veía cómo Pablo desaparecía de mi vista, con su aún infantil risa burlona y chocante En el autobús, imaginaba a mi modosa maestra de tercer grado acostada sobre un charco de sangre, revolcándose sobre sus dolores de vientre. Recordaba la sucia mirada del director acostada sobre los pezones de la mujer del almanaque. Oía las risas de mis compañeros cuando fui descubierto por la maestra espiando una fotografía que había caído en mis manos y que no tenía la más mínima idea de dónde había salido. Recordaba el regaño de mi madre, las comparaciones que hacía con mi padre, hecho que sólo pude entender esa tarde que, accidentalmente, entre mis juegos de exploraciones encontré debajo de su cama un montón de revistas con imágenes pornográficas. Aún recuerdo cómo mi madre pegó un grito y se llevó las manos a la boca cuando me encontró sentado a los pies de su cama, con una revista abierta, mirando como un hombre, de grueso calibre, penetraba a una mujer por la retaguardia. En esa oportunidad me agarró de las orejas y me encerró en mi cuarto. Luego se fue al patio e hizo una hoguera con las revistas. El ambiente enrarecido olía a papel quemado, a sexo sucio. En mi encierro apenas podía asomarme por la ventana para ver cómo la inquisición quemaba el montón de penes erguidos y vaginas lubricadas.

Esa tarde, cuando mi padre llegó, ella lo abofeteó y se encerraron en su habitación. Desde afuera se escuchaban los insultos Con el tiempo se dejaron, no se llevaban bien y, según mi madre, él tenía otra mujer. Eso lo supe porque la escuché hablando con mi tía por teléfono y, entre otras cosas, le decía que ese hijo de puta andaba con una zorra. Era muy pequeño para entender qué cosa era una zorra en la concepción de mi madre. Para mí, una zorra era un animal, eso nada más. Y no quise preguntarle a ella cómo era eso de que mi padre andaba con una zorra porque, seguramente, me regañaría por estar espiando las conversaciones de los adultos. Sólo el tiempo me enseñaría la similitud que pueden hacer las mujeres heridas entre las zorras y las amantes de sus esposos.

Se dejaron. Mi madre y yo nos quedamos solos por un tiempo, y mi padre se fue con la zorra. Eso fue lo que le dijo mi madre a mi tía cuando ella llegó a casa y la encontró llorando en la cama. Las escuché, yo estaba parado en la puerta y también tenía ganas de llorar, pero no lloré. Pocos años después, mamá encontró un nuevo novio, un hombre apuesto que trabajaba en un casino que había llegado a la ciudad. Ella lo conoció luego de varias visitas que había hecho al lugar, empujada por el hastío de una mujer aún joven y sola. De él no sabía nada hasta que apareció en mi casa y mamá sonreía mientras cenábamos los tres. Luego de comer vimos un poco de televisión. Mi madre se esmeraba en hacer la velada lo más agradable posible, buscaba las maneras de que nos entendiéramos, pero yo no quería saber nada, ni entenderme con él, tampoco quería amargarle aún más la existencia a ella; únicamente pedía con mis cortantes respuestas monosilábicas que no me molestara la vida. Que con mi madre se casara e hicieran todo lo que quisieran, pero que a mí me dejaran tranquilo. A partir de esa noche, su automóvil se quedó en nuestro estacionamiento.

No se casaron, pero sí comenzaron a vivir juntos. Se llevaban bien y mi madre volvía a sonreír. No obstante, el casino se vio involucrado en escándalos de estafas y lavado de dinero, motivo por el cual el nuevo novio de mi madre nos informó que teníamos que irnos de la ciudad. A ella no le gustó la idea, estaba tan acostumbrada a su lugar que no se imaginaba la vida en otra ciudad. Por mi parte estaba bien, pocos amigos había hecho y, la verdad, mi ciudad nunca me gustó.

Nos fuimos, y contrario a lo que suele suceder en las relaciones entre la mudanza y la infancia, yo estaba feliz. Viajamos en el automóvil nuevo de Paul, el nombre falso del novio de mamá. Yo iba en el asiento trasero viendo cómo los lugares conocidos iban pasando frente a mis ojos a la velocidad de nuestro recorrido. Cuando estuvimos a escasos metros de mi antigua escuela cogí un cambur, lo pele completamente y lancé la cáscara justo en la entrada. Mi madre recriminó el hecho, pero Paul le dijo que me dejara tranquilo, que la cáscara del cambur es biodegradable. Luego me miró por el espejo y me sonrió con complicidad, yo le devolví la sonrisa, fue ése nuestro primer intercambio de confianza. Atrás quedó la escuela, la rubia de los pezones sonrosados, el director con sus ojos lascivos sobre ella y la maestra despintada y muerta en el centro del patio.

Ilustración: “The Virgen Spanking the Child before three Witnesses”, Max Ernst

lunes, 16 de agosto de 2010

Gajes del oficio o andar en cueros


Hay un especial de la serie animada “Padre de familia” o “Family Guy”, como la prefieran llamar, en donde uno de los realizadores de la serie entrevista a varios televidentes que confiesan su rechazo al programa. Los entrevistados exponen las razones por las cuales no les gusta la serie; lo hacen frente a un hombre con una sonrisa que casi se le cae de la cara, y que los instiga para que sigan hablando todo lo mal que quieran de la serie. Comento este punto porque hace unos días el portal venezolano Prodavinci publicó mi texto “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”, y las reacciones frente al mismo han sido: algunas airadas; otras de rechazo, de un rotundo “no me gusta y punto”; y otras más de lectores que manejan las nociones de sarcasmo, morbo, ironía y ficción. Un señor dejó un comentario en el que decía que, con todo respeto y con toda buena fe, le parecía antipática e intolerante la autora del texto. Al leer el comentario no pude evitar poner la cara del hombre de “Padre de familia”.

Un escritor es un sujeto que se expone, hasta podría decirse que el escritor tiene sus dosis de exhibicionismo impúdico. Nuestros cueros son las páginas que escribimos y mostramos. Algunas de esas pieles o tatuajes gustan; otros no; es la ley irreversible del “me gusta”, “no me gusta”.

Recuerdo cómo se me ocurrió la nota “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”. Iba caminando por una calle poco transitada y vi venir a una muchacha con una blusa de mangas largas y rayas horizontales. Ella venía en sentido contrario y la calle le quedaba cuesta arriba. Se notaba cansada, tal vez sudaba un poco. Al tenerla muy cerca noté que era fea, que llevaba consigo una sonrisa un poco idiota y una chapa sobre la blusa. La chapa decía que ella había adelgazado, que le preguntaran cómo… Sí, está bien, yo estoy jodida de la cabeza, tengo cizaña en los ojos, descompongo y adultero la realidad que se me atraviesa. Sí, está bien, soy un ser antipático. El hecho es que no pude dejar de pensar y decir para mis adentros, después de examinarla rápidamente: “no, mija, tú nunca has adelgazado, tú siempre has tenido ese pobre cuerpo seco y sin curvas”. ¿Ven cómo el señor comentarista tiene razón? En lo que no tiene razón es en el asunto del sentido literal del texto. Si algo me gusta combatir es el sentido literal del mundo. Ojalá tuviera yo la riqueza y potencia de un Faulkner o de un Onetti para inventar otras ciudades, otras islas, las mías propias, para poder sacar un personaje de otro personaje, y de otro, y de otro, y de otro, como si se tratase de una muñeca rusa. Pero tengo que adecuarme a mis limitaciones.

En mi mundo literal escucho a un milico que habla y expele ácido cuando habla y se vomita hablando y se caga encima mientras habla y duerme hablando y aturde el sueño de todos los que intentamos dormir. En mi mundo literal hay un cementerio que veo desde una de las ventanas del apartamento. Es un cementerio plano donde puedo percibir parte de los rituales fúnebres. Y aunque el camposanto queda lejos, tengo buena vista y puedo distinguir el movimiento de los dolientes caminando. Los veo como sombras oscuras, borrosas. Esa visión constante de muertes ajenas me hace pensar en la mía propia y en la de los míos. En mi mundo literal hubiera escrito que la muchacha fea que pasó esa mañana por mi lado llevaba una chapa que decía “Yo adelgacé, pregúnteme cómo”, pero no: me caen mal los mundos literales; prefiero reconstruirlos, reinventarlos o, simplemente, inventarlos. Así que esa mañana seguí caminando, y pensaba y maquinaba qué hacer con ese personaje que se me atravesó, y decidí cambiarle la chapa, y la imaginé intentando venderme la felicidad. Ella, con su cara de cuarentena sexual, con su soledad obligada, con su cuerpo plano, asexuado. Ella, una muchacha que seguramente se masturba y llora porque el hombre o la mujer que desea no le da bola. Entonces me senté en un parque cercano, en el mismo parque donde una tarde oscura y fría me hice creer que había visto a la Cosette de Los Miserables caminando bajo unos sauces llorones. Esa tarde de la visión inventada, echada en la grama, me convencí de que también podría apostar a ser escritora, porque si imaginaba ver caminando por ahí personajes literarios debía hacerme escritora, porque la otra opción era hacerme loca, y esta última posibilidad no me apetecía mucho. Entonces preferí creer que quienes inventan personajes e historias, que muy bien pueden ser locos, también pueden ser escritores. Insisto, en ese mismo parque, que tiene nombre de héroe patrio, pero cuya literalidad no me interesa destacar, me senté para tomar notas y para obligarme a escribir después algo con esa mujer. Y dentro de las notas escribí “Yo soy feliz, pregúnteme cómo”, y continúe caminando y llevaba conmigo el cosquilleo que me suele dar cuando tengo una historia entre las manos. Más que un cosquilleo es una sensación de aceleramiento, de un extraño vértigo que me gusta. Ese vértigo, ese aceleramiento, me permiten nombrar la realidad desde la invención. Y eso me hace feliz o infeliz de a ratos, sólo de a ratos, porque no creo en la felicidad constante, tampoco en el drama omnipresente.

jueves, 5 de agosto de 2010

Vicisitudes de un vegetariano

Un vegetariano es un bicho raro, un sujeto que causa una morbosa curiosidad, sobre todo cuando se sienta a la mesa, y ante un plato repleto de costillas de cerdo exclama: lo siento, no como carne. Las expresiones del manifiesto vegetariano suele hacerlas con voz bajita, casi que confesando un pecado. En el acto, los rostros de los comensales miran, sin asomo de discreción, al sujeto que acaba de hablar. Me ha pasado muchas veces, tantas que en algunas oportunidades prefiero decir que no tengo hambre, para evitar responder las típicas preguntas: ¿y por qué no comes carne?, ¿practicas alguna religión?, ¿lo haces por la salud? Inmediatamente después de las preguntas vienen los chistes y comentarios en torno a lo buena y sabrosa que es una parrilla; un pollo asado; un pato a la naranja, etc, etc, etc. Desde que decidí hacerme pezgetariana (de carnes sólo como pescado) supe que sería difícil, y desde entonces acostumbro a llevar una galleta o algunas frutas secas en mi bolso, por si acaso. Al principio mi madre apostaba a que rompía mi régimen en diciembre, época de hallacas, pero le gané la apuesta. Pasé mi primera navidad si comer ninguna hallaca de carne, y así ha sido desde entonces. Luego, ella se afanaba en preparar unos ricos pollos asados, e intentaba que el aroma me atrajera, como en las comiquitas, pero nada. Al poco tiempo se dio por vencida y poco a poco me la he ido ganando con platos que en otros tiempos eran inimaginables en su mesa.

Antes no cocinaba, era muy floja, ahora le he ido agarrando gusto a la cocina. Un día entendí que vegetariano que no cocina está condenado a comer mal o a pasar hambre; así que ya cocino, y no lo hago mal. Los que me conocen ya se han hecho a la idea de mi dieta, y cuando me invitan a sus casas tienen, mínimo, una ensalada. Para no sentirme tan sola en navidad me pongo a experimentar en la cocina, hasta el momento he hecho hallacas de vegetales con champiñones; hallacas de caraotas; y las recién bautizadas hallacas mediterráneas (queso, aceite de oliva, tomate, aceitunas negras, orégano, pimienta y sal). Éstas últimas han sido un éxito entre comensales carnívoros, y mis tías esperan en fila india una muestra de mis excéntricas hallacas.

Los que no tienen idea de cómo se puede vivir siendo vegetariano suponen que estos bichos raros se conforman con una hoja de lechuga o una papa cocida, y listo. No, la cosa es mucho más compleja. Digo que los vegetarianos tienen que ser creativos, y gracias a todos los dioses de la India los hindúes inventaron las especies. Cuando vivía en Santiago de Chile, y era época de cochayuyu (un tipo de alga comestible, es gruesa como una llanta de bicicleta), me servían platos inmensos de esa comida. Yo salía verde de comer tanta alga, tanto que la aburrí. El punto álgido ha sido compartir la mesa con comensales argentinos, para exagerar voy a decir que algunos muy carnívoros ponen una vaca entera en la mesa.

En una ocasión, y para ser buenitos conmigo, una familia argentina que me invitó a su casa se destacó en la preparación de un montón de ensaladas; pero ellos pretendían que me las comiera todas. Ni que fuera conejo, pensaba para mis adentros. Cuando iba al comedor universitario, al principio me detenía frente a la taquilla donde entregan los platos de comida, y exponía mi caso. Para los empleados del comedor yo era algo así como lo que los cubanos llaman un “caso social” (los ciegos, personas con discapacidad, etc). Poco a poco me fui ganando a una de las empleadas y cuando me veía venir preparaba una bandeja con trozos de patilla o de la fruta disponible. Eran tantos los trozos que hacían una ruma. Ella, una señora morena de brazos grandes, me veía como una muchacha que no se estaba alimentando bien; vamos a decirlo de otra manera: le daba cosita conmigo. Es más, vamos a dejarnos de eufemismos: me veía como a una muerta de hambre.

Ya son unos cuantos años siendo pezgetariana, y ya me sé todos los chistes y comentarios en torno a mi condición. Ya me acostumbré al color amarillo apio que me caracteriza. Tengo la suerte de que a mi perra Olivia también le gustan los vegetales y las frutas. Obviamente que ella tiene su comida concentrada, y cuando el resto de la familia come carne a ella se la da su ración, pero la loquita le da por comer rábanos, zanahorias, aceitunas, tomates y hasta ajos. Lo juro, un día mientras cocinaba se me cayó un ajo y ella lo agarró y se lo comió. Luego hice la prueba de darle otro ajo para ver qué pasaba, y la loca de mi perra se lo comió. La semana pasada estuvimos en casa de su hermanito Matías, y éste miraba con extrañeza cómo Olivia se llevaba una ramita de perejil a su hocico.

Hasta el momento no me ha hecho falta volver a mi antigua dieta de aves y carnes rojas, pero como no soy fundamentalista si algún día me provoca volver a mis viejas andanzas lo haré; pero por el momento voy bien con mis vegetales y demás menesteres. No soy completamente vegetariana porque me gusta el pescado, así de simple, sobre todo los mariscos.

Vivo en una ciudad con una buena producción agrícola, una ciudad bastante tolerante con los bichos veganos, vegetarianos, pezgetarianos, y mariguaneros. Acá hay casi igual número de restaurantes vegetarianos y de iglesias, lo cual es mucho decir si hablamos de un lugar conservador y católico. Tan tolerante es la ciudad con nosotros que hasta un popular sitio de comida rápida tiene en su menú hamburguesa vegetariana. En fin, escribo estas reflexiones a partir de una escena (que me gustó mucho y con la cual me sentí identificada) de la película Everything is Illuminated (Liev Schreiber, 2005) que a continuación les muestro.

Saludos y coman lo que quieran.


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domingo, 1 de agosto de 2010

Postales de Varsovia

Estuve unos días fuera de la ciudad, sin conexión a internet ni algunos otros artefactos citadinos. Al regresar a casa me encontré con una grata sorpresa: un sobre blanco remitido desde Varsovia. A pesar de que mis manos estaban ocupadas con un montón de cosas pude coger el sobre y llevarlo conmigo –no lo puedo negar: estaba emocionada–. Hace unos meses se presentó Maja Zawierzenic en mi correo; se presentó como una estudiosa de la nueva literatura latinoamericana. Maja estudió Letras en la Universidad de Varsovia y lleva adelante varios proyectos de investigación y traducción. En su primer acercamiento me solicitó uno de mis cuentos para traducirlo a su lengua. No les voy a mentir ni a fingir modestia, la probable traducción al polaco me alegró mucho, así que cuando recibí el sobre de manos del señor Venancio (el portero del edificio), quien amablemente lo guardó mientras yo regresaba, sabía lo que venía desde tan lejos.

Quiero hacer público los agradecimientos y cariños a Maja (con quien he emprendido nuevos proyectos que involucran a escritoras polacas) y a la revista Bluszcz por la traducción y publicación de mi cuento “La cloaca”. Y también quiero compartir con los visitantes de estos tejados parte del cuento en la lengua de Gombrowicz. Gracias a la traducción me enteré de que la palabra “gatos” en polaco se escribe koty ;)

Carolina Lozada






domingo, 18 de julio de 2010

La mosca en la sopa (justificación Unplugged)

La mosca en la sopa es un ser invertebrado, organismo mutante entre la ficción y la crónica, que sobrevuela rasante los espacios públicos y privados con sus bien abastecidos censores visuales, que todo lo observan. Nada le es ajeno a la mosca, ni siquiera lo que no es de su legítima ni remota incumbencia. La mosca no solamente ha estado en la sopa, también se ha parado sobre narices encarnadas en las reuniones de ministros, y en los moños de las señoras de altas y de bajas sociedades. La mosca se mete en velorios; en juntas de condominio; en las peleas y amores de terceros; no desaprovecha fiestas ni reuniones políticas o sociales. Es averiguadora, le encanta estar en la vida del hombre, y lo ha visto tocar el fondo y otras veces pretender las estrellas.

En su vuelo, más de una vez ha estado a punto de ser aniquilada por traición a la patria, acusada de ensuciar la comida, las condecoraciones y algunas charreteras recién pulidas de importantes personalidades a lo largo de la historia. Recuerde usted que la mosca ha visto desfilar al hombre en sus grandezas y miserias desde la prehistoria, y sabe que todo se pudre tarde o temprano, hasta el delirio más entronizado.

La última vez que la mosca estuvo a punto de ser atrapada en fronteras extranjeras por los inteligentes cuerpos de inteligencia (los cuales la acusaron de espionaje y traición a la patria), la salvó una paloma paquistaní que se sacrificó por ella. Con gotas de sudor frío colgando en la cabeza y en las alas, la mosca voló lejos y pudo escapar. Lo que no saben los cuerpos de inteligencia es que la mosca es inmortal.

El vuelo de la mosca es esencialmente tragicómico, y antes de morir (tantas veces como se lo permita su inmortalidad) en la sopa de un fulano desconocido que la verá navegar mosca–cadáver en su propio río Ganges, como en un acto de renovación y purificación, la mosca volará por la gran comedia humana, siempre al borde del caos y del sinsentido.

Ilustración: “Una mosca en la sopa”, Loreto Góngora

martes, 6 de julio de 2010

Yo soy feliz, pregúnteme cómo


Todos los días la veo pasar al frente de mi casa. Es flaca, pequeña, pálida y fea, y siempre me saluda desde el otro lado de ventana; sonriendo desde su cara ancha y sin gracia; coronada con una pollina oscura y corta. Yo le respondo, tengo que hacerlo, no por obligación ni muestra de afecto, sino por mera cortesía. Mi saludo es seco, casi un gesto automático y aburrido. La muchacha (la llamo así porque no sé su nombre) trabaja en una compañía trasnacional que ofrece servicios y productos que garantizan la felicidad humana. Ella, una de sus vendedoras estrellas, lleva una chapa en el pecho que dice Yo soy feliz, pregúnteme cómo. Ya que nunca he creído en los rezanderos de la felicidad y me llamó la atención su letrero optimista, un día le hice una seña para que se acercara. “¿Cómo le haces para ser feliz?”, le pregunté con un tono socarrón y descreído. Ella sonrió, lo que me permitió notar que sus dientes eran grandes y disparejos. “Es fácil, sólo debes comprar y creer”, me respondió, e intentó cruzar el umbral de la puerta; pero se lo impedí como un buen cancerbero que cuida su guarida. Muéstrame lo que tienes, le dije, pero hazlo rápido, tengo poco tiempo. La muchacha sonrió nuevamente, y al hacerlo noté que sus ojos se achinaban.

Lo que me mostró fue una particular caja de pandora: un kit que contiene un CD con terapias de sonidos para aumentar la alegría y la inteligencia; varios sobrecitos de tés hechos de la raíz del ginkgo biloba, la única que resistió la bomba atómica (a la muchacha le dio gusto darme esta información), y que sirve para repotenciar la energía perdida; otros tantos CDs con charlas de autoayuda, indispensables para solucionar los problemas cotidianos; manuales de terapia Zen para la relajación y la meditación; un juego de botellitas con gotas de flores de Bach, ideales para todo tipo de dolencias físicas y emocionales; un recetario de comida saludable (productos sin Karma, me aclara la muchacha); un atrapa-sueños para poner en el espejo retrovisor y no estresarse en las colas del tráfico; un manual con posiciones sexuales que estimulan los chakras del amor y la pasión; varios cristales de sanación con instrucciones encabezadas por el sugerente: “Usted ya no necesita médicos, eso es cosa del pasado. Ahora sánese usted mismo”. Y como añadido, en la misma tradición de las Telecompras (ésas que dicen “pero espere, hay más…”), la muchacha me mostró, como la gran ñapa universal, un producto diseñado especialmente para nuestro país: unos hisopos antibacterianos que limpian, de nuestros maltratados oídos, los microbios a los que diariamente estamos expuestos por la sobreexposición a las alocuciones reglamentarias. Ante el asombro que mostró mi cara al ver ese producto, la muchacha se largó a explicarme la utilidad de los susodichos, que, para ser sincera, yo veía como unos corrientes palitos con la punta de algodón. Pero no, no se trataba sólo de eso, me aseguró la alucinada vendedora, que a estas alturas ya me hacía preguntarme si acaso se trataba de alguna paciente escapada de un hospital psiquiátrico: los hisopos nos mantienen el aura limpia de las impurezas sónicas. ¡Oh, my God!, exclamé ya al borde de un llanto nervioso. “Pero espere, hay más”, prorrumpió la mujer como una evangélica poseída: estudios científicos han demostrado que todos nuestros males provienen del germen que se nos acumula en el pabellón de la oreja y cuyo sedimento se desliza rápida y mortalmente hasta nuestro cerebro, emitiendo ondas bacterianas que nos arruinan el cuerpo, el alma, la alegría, el futuro, el corazón, la vida. “La palabra también puede ser veneno”, remató la muchacha mientras me ofrecía un hisopo como muestra gratuita.

Con una sonrisa que la hacía ver más fea, me preguntó: “¿Quiere ser feliz? ¿Se anima? Sólo le cuesta…” Pero antes de que dijera el monto ya le había tirado la puerta en la nariz. Eché llave, temerosa de que la mujer pudiera tumbar la puerta con las manos y el rostro enloquecido. Me quedé parada un rato en el más absoluto silencio, esperando escuchar el portón de salida, pero al no oír nada decidí asomarme a la ventana, y ahí estaba ella, como el personaje de una película de suspenso, sonriéndome y saludándome con la mano. A sabiendas de que no se iba a ir si no la despedía, asomé un poco la cabeza, mientras sostenía la puerta con el resto del cuerpo, y volví a escuchar su propuesta: “¿Quiere ser feliz? Es fácil”. No, hoy no, le respondí con una sonrisa nerviosa. Otro día será. “Muy bien, hasta luego, yo siempre estaré por aquí”. Su despedida me sonó a advertencia, a sujeto peligroso merodeando la casa. Yo siempre estaré por ahí. Por fin la vi alejarse, y me quedé con su hisopo limpia-aura en la mano. Afuera, un automóvil forrado de propaganda anunciaba desde un altoparlante la alocución reglamentaria del día en la plaza principal. Recordé en ese momento que desde hacía unos meses se había puesto en vigencia una ley que obligaba a toda la comunidad a presenciar y escuchar las alocuciones del Intendente en vivo. Y en el caso de personas mayores o de enfermos, los funcionarios del Estado, previa inspección, ubicaban pantallas y altoparlantes en lugares estratégicos para que ningún ciudadano se quedara sin escuchar los importantes discursos. Esa semana le tocaba a mi comunidad. Guardé el hisopo con sumo cuidado mientras me recriminaba por no haberle pedido al menos una docena de esos palitos mágicos.

Ilustración: “Sugar Food / Christ”, Liliana Porter