lunes, 23 de julio de 2012

Saul Bellow: El hombre del sombrero


Las fotografías que más me gustan de Saul Bellow son aquellas en las que aparece sonriente, ataviado con algún sombrero de corte clásico. La suya es una sonrisa grande, un poco dientona, nada tímida, más bien sabedora de que es el centro del rostro. En esas imágenes, el porte de Bellow parece el de un detective sagaz, con un olfato malicioso, capaz de armar las piezas de un crimen en una película del cine negro de los años cuarenta. Su sonrisa tiene un dejo que la echa a un lado, hacia su extremo derecho, como si le estuviera señalando al dueño del rostro, en silencio, que allá donde le indica ocurre algo. El sombrero también está ladeado hacia el costado contrario al corazón, como si sonrisa y sombrero se pusieran de acuerdo en una discreta complicidad. Ese gesto y el porte me sirven para ponérselos al hombre que camina con las manos en los bolsillos, en dirección hacia un extrañado Asa Leventhal―inquilino de la ciudad de New York, paseante nocturno y solitario que mira el brillo apagado del río Hudson―, que de pronto ve venir hacia él a un sujeto con actitud desafiante, sin lograr entender por qué sus pasos buscan su cercanía hasta tenerlo cara a cara y notar que los ojos de quien se acerca están llenos de verde plomizo