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martes, 17 de julio de 2012

Gato y sombrero



Lady in Yellow Walking Her Cat

Harto de ser un lugar común, el gato bajó de los tejados y se subió sobre la cabeza de su dueña. Y así, gato y cabeza pasean por las calles cual mujer con sombrero.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Muchacho querido o te maté porque te pusiste cómico



Te cuento que es extraño recorrer la ciudad haciendo tanto ruido, si por mi fuera le pediría a los oficiales que apaguen la sirena, que ya está, que yo no me voy a escapar, que palabra de patrón, que tranquilos, que todo normal. Tanto ruido por alguien que se ha condenado a sí mismo. La humanidad siempre tan histriónica. Recuerdo los rostros, los gritos de la escena: todos parecían cantantes de ópera. Lamento haberte manchado la camisa nueva, creo que varios botones cedieron ante el forcejeo; suele pasar, siempre más de uno sale lastimado.

Tengo ganas de fumar, es raro porque yo no fumo, debe ser la ansiedad. Sí, eso es. Cuesta estar tan quieto, me gustaría hablar, y no es que no pueda hacerlo, los oficiales que me acompañan no me intimidan, de hecho fueron muy amables cuando me apresaron. Y no podía ser de otra manera, llevan al benefactor preferido de la ciudad, de esta ciudad tan conservadora. El camino es largo, sobre todo si el tráfico está trancado, podría hablar con ellos, pero de qué. ¿De qué se habla con un policía? ¿De Cuatro Crímenes, Cuatro Poderes? ¿Acaso de boxeo? Prefiero quedarme callado y que los custodios tengan la gentileza de no encender la radio. Mi abuelo siempre contaba que en época de guerra, él era el único del lugar que tenía radio y que al final de las tardes los vecinos de confianza se acercaban a escuchar los reportes bélicos. Oían en silencio, con los sombreros en las manos, como si estuvieran escuchando misa.

Hay mucho tráfico y hace calor, el calor te abrasaba las mejillas, querido muchacho. Los oficiales aceptaron apagar las sirenas, se los pedí de buena manera, no titubearon en obedecerme, tienen conciencia de subordinados. Hasta fantaseo con pedirles que me dejen en algún lugar. Deténganse, por favor, yo me quedo aquí. Y uno de ellos me quitaría las esposas, no sin decir: cómo usted ordene, señor. Y yo agradecería con mis mejores modales, me despediría con una fría indiferencia y caminaría un poco para tomar aire, con el garbo de quien es dueño de la situación. Seguramente los oficiales se irían pero no me abandonarían del todo, temerían por la seguridad del Don, del Jefe, del Señor, del Amo. Ellos me escoltarían hasta donde mis caprichos me llevaran.

Mis caprichos me llevaron hasta tu piel joven, incitante, hasta tu rostro cuya belleza sólo era superada por Björn Andrésen. Bastó ese rostro para producir el morbo, la indecencia y una insoportable adicción. ¿Para qué nos vamos a hacer los interesantes? Te sometiste al juego del mancebo en manos del hombre poderoso y complaciente. Una caballeriza es un romántico lugar para encontrarnos, dijiste esa mañana sin pudor alguno, lo dijiste con la altivez de quien se sabe dueño de la conquista. Ni siquiera bajaste los ojos, me miraste de frente, no te tembló nada. Ya me habías pillado espiándote en tus tareas cotidianas, en tus labores desgraciadamente heredadas; aunque en realidad, tú merecías pertenecer a otra clase, ni siquiera tu fenotipo era parte de los tuyos. ¿Acaso no eras una aparición? ¿No lo fuiste siempre?

Desde ese día en la caballeriza, fuiste moviéndote con la gracia de un divino sinvergüenza que sabe que su rostro y todo su cuerpo tienen al mundo a la altura de sus rodillas. Desde el principio intuí el peligro, pero acaso la intuición me detendría. Jamás. Me dejé llevar a tus rastras, querido muchacho mío.

El escándalo fue menguado ante el temor que produce el poder. Y tú, oh joven señorito divino, te fuiste vengando en nombre de todos los tuyos, generación tras generación sometida al amo, a mande mi señor. El guión es el mismo de siempre, señores, aquí no les traigo novedad alguna. Fue una dulce temporada en nuestro infierno. Habías nacido fuera de la casa del señor, a la que en honor a tu belleza, debiste pertenecer siempre. Te valiste de tu astucia y de ese inmisericorde rostro de deidad diabólicamente hermosa, para entrar a la casa y a las piernas del señor. Y jugaste al rol del mancebo, el papel que te tocaba. Lástima que fueras tan inculto para no saber de pactos, de tragedias. Y comenzaste a abusar de tu poder de mortal. Y este hombre curtido de antecedentes trágicos, sabía que te me escapabas de las manos. Y tanta soberbia heredada no se iba a doblegar completamente ante los berrinches de un joven fatalmente hermoso, mucho menos se iba a amilanar ante la burla, ante el postín de la muchacha que se estaba metiendo en cosas de hombres. Pobre desgraciada, espero hayas aprendido la lección.

Ah, muchacho querido, es una lástima haberte manchado la camisa de seda italiana. Ah, pobre muchacho mío.

Ilustración: Squeak Carnwath

viernes, 21 de octubre de 2011

Sentencia de arena


El dictador soñó que guiaba un ejército victorioso sobre una vastedad de enemigos invisibles. En combate interminable, los soldados enloquecidos de patria, se mataban entre sí. Él los vitoreaba por su feroz valentía. Entre gritos de sangre, el desierto hizo de los cuerpos agónicas figuras de arena. El viento las deshizo en meras partículas. La soledad del silencio apagó los gritos.

Al despertar, el gastado dictador vio cómo el reloj de arena colaba, grano a grano, cada soldado muerto. Frente a él, un juez lo sentenciaba a la prisión de sí mismo, encadenado a la eternidad del desierto.

viernes, 2 de septiembre de 2011

En 140, apenas (II parte)



"Es que no la soporto, cada vez que la escucho siento que me taladra la cabeza". La caries refiriéndose a la fresa del odontólogo.

"Comprendo tu estrés, te toca fingir, aunque estés mal. A mí me toca decirle a todos: Me gusta". Conversación entre Like y Smiling Face.

Estaba ebria en el bar y miraba la nueva tecnología con amargura. Marcó una canción de La Lupe y dijo: Yo también fui moderna. La rockola.

"A veces me siento como un inútil, como un plato de segunda mesa. Muchas veces ni siquiera acuden a mí, me dejan de lado". El Plan B.

Harta de recibir tantos golpes, la pelota serruchó al bate. Nunca más, le dijo, mientras veía volar las astillas.

"No soporto más esta presión, estoy que reviento". El maíz de cotufa.

"Es talentoso y moderno, pero habla mucho, su perorata es cansona. No llegará lejos con esa actitud". El cine mudo cuando conoció al sonoro.

Debería salir, tomar un poco de aire, eso es saludable". El Doctor. "Preferiría no hacerlo". Gadafi. Reinterpretación de un clásico.

"Mi jefe me explota, trabajo horas extras, por eso no puedo dormir. El sueldo no me da ni para el alquiler, vivo en una caja". Cesare.

"¿Por qué será que últimamente nadie me visita? ¿Será que debo cambiar la decoración, abrir un poco las ventanas?" El Conde Orlock.

"Ay, sí, ahí está ella, guiando a los turistas. Se cree la gran estrella, la fulana Belén esa". Una estrellita anónima del montón.

¿Por qué siempre eres tú el del anillo, el de la vida social, y yo el de los mocos y oscuros orificios?” El meñique resentido al anular.

"Estoy tan enamorada, que por ti sería capaz de perder la cabeza". Una fan del verdugo.

"A mí sólo acuden los fracasados". Dios.

"No quiero entorpecer tu camino, ni ser una traba en tu vía, pero creo que estás llevando las cosas muy lejos". El riel al tren interestatal

"Aunque no lo creas, me siento un poco ahogado en este lugar. No sé, necesito aire". El pez inconforme.

"Las tetas de mi amigos son testículos para mí". El hipócrita.

Cuando el carnicero fue a pedir la mano de su amada, él mismo se encargó de cortar, con sumo cuidado, la presa suave y blanca.

"Chico, que no alces la voz. ¿Por qué siempre tienes que alzar la voz cuando estás frente al público?" El amigo de un micrófono inseguro.

“Soy bipolar, mi vida es un constante altibajo. He tratado de acabar con esto, de tirarme, pero siempre hay algo que me ataja". El ascensor.

Carolina Lozada en Ficciones para Twitter o la Rebelión de los Mamarrachos

Ilustración: Liliana Porter

miércoles, 23 de febrero de 2011

Amor tóxico


Llevas horas acostado en posición fetal. Son las once de la noche y yo te miro, sentada en el sofá. Es mejor que te levantes del piso, esa alfombra está sucia y huele mal. Levántate, ya te preparé algo de comer. También hay tragos, si es lo que quieres. Sí, sé que te he dejado solo durante mucho tiempo, pero ahora he venido a cuidarte. No me estoy justificando, reconozco que no acudí a tu llamado, que gritabas auxilio y yo pasaba de largo, ocupada en mi indiferencia. Y tú afuera, mojándote mientras llovía. Debí tomar un paraguas y acudir a tu desamparo, abrazarte y secar el dolor que te cubría la piel. Claro, todo eso fue ayer, hoy es otro día. Y tú, durante todo ese tiempo caminando sobre la cuerda floja, haciendo las acrobacias de un loco. Las puertas, las ventanas y los corazones cerrados. Nadie estaba dispuesto a escucharte, a oír tus lamentables parlamentos de loco, adicto y suicida. Te asomabas a las puertas y tocabas, buscando que alguien te abriera y aguantara tus descargas y frustraciones. Llegabas a las mesas de los bares y los presentes se levantaban para despedirse abruptamente, ante tus dosis de odio y vicio. Nadie te necesitaba y tú nos necesitabas a todos. Afuera no había nada, ni siquiera el viento. Sólo señales de tránsito, silencios de palabras, soledades escondidas detrás de los vidrios cerrados de los automóviles, y el bullicio y los olores de las calles, lo de siempre. Y así te fuiste alejando poco a poco de la realidad, entre botellas y muchas jeringas, entre la dosis preparada que se calentaba sobre una lumbre amarilla. Entonces ya nada importaba, ni la familia que nunca existió, ni los amigos que no eran amigos, ni el sexo que ya no era tan bueno como la dosis intravenosa. Un orgasmo repotenciado a la enésima potencia, un orgasmo sin coito. Sólo tú y la jeringa. Una fina aguja que se clavaba sobre la piel rota y morada de tus brazos cada día más desmejorados. Entonces ya nada existía. Entonces todo era tú y la santísima madre de Dios que se introducía por las venas rojas y azules. Ella, tú, sus orgasmos. Pero el amor, hasta el más placentero, se acaba.

Y ahí estás, dormido en posición fetal, buscando nacer de nuevo. Sin responder al llamado que te hago. Estás frío, loco, flaco y pálido, con los brazos marcados por sus besos mortales. Y yo miserable, dejándote una vez más solo. Yéndome antes que lleguen los sonidos de emergencia de una ambulancia acostumbrada a cargar heridos y muertos en vida. Hago la llamada, doy un nombre falso, apago la luz, sólo dejo que un pedazo de luna llena ilumine tu rostro como un actor que se hace el muerto en mitad del escenario. Solo y muerto. Abro la puerta, me voy, no llevo pena.

Ilustración: Jean-Michel Basquiat

domingo, 23 de enero de 2011

Un fósforo acomplejado


No era fácil para él ser un palillo de fósforo, él prefería que lo llamaran cerilla; como llaman a los fósforos en las historias que los padres, de la casa donde vivía, contaban a sus hijos cuando en medio de una noche de tormenta se quedaban sin energía eléctrica, y eran sacrificados algunos de sus compañeros de caja, raspándolos contra la temible banda lateral: la guillotina, el mayor temor de todo fósforo.
Al principio eran cien y vivían hacinados en una caja pequeña, con la ilustración de un paisaje solitario en la parte de afuera. Con el tiempo fueron siendo cada vez menos y una noche casi fue él a quien sacrificaban para acompañar una historia en la oscuridad. Estaba en el medio de otros compañeros, escuchando el trajinar de las cucarachas que aprovechan la oscuridad para salir de sus escondrijos, cuando oyó el movimiento, la abertura de la caja. Asustado, vio a los dedos entrar como policías represivos que buscan entre el tumulto a los sospechosos habituales. Se salvó por un fósforo.
Ser un cerilla es vivir en estado de angustia constante, es la cruel espera del turno. Algunos no pueden soportar la presión de sus destinos y enloquecen, y sus cabezas se debilitan y no sirven ni para hacer fuego. A ellos se les conoce como los blandos. Existen otros fósforos más combativos, que a sabiendas de la fatalidad de sus destinos deciden morir con fiereza, y cuando éstos son llevados a la banda resinosa, liberan sus cabezas encendidas sobre la piel de la mano del verdugo, quemándola en el acto, provocando palabras de ardor e irritación. Mueren como héroes. Estos combatientes suelen ser anónimos, nadie dentro de la cajetilla conoce su identidad. A estos mártires se les conoce como los cabezas calientes.
Nuestro fósforo, es decir; la cerilla, siempre tuvo la certeza de su cobardía, jamás se convertiría en un extremista. Él prefería pactar, de ser posible se ofrecería voluntariamente como pieza para armar un barco de cerillas, así tuviera que vivir el resto de su vida dentro de una botella. También se le ocurría que podría ser parte de una composición infantil, algo así como una casita hecha de cerillas. Sutilezas que cualquier padre amoroso podría colgar en la nevera. Con el tiempo se pondría amarillo y más débil, su cabeza perdería esa cualidad volátil, pero al menos viviría tranquilo. Y algún día sería arrancado de la nevera y guardado en un baúl de recuerdos o simplemente sería echado a la basura. Éste sería el peor de los escenarios, aún así le veía su lado positivo: si lo echaban al camión de la basura viajaría por el mundo, se le endurecería la piel. Las chicas de las cajetillas que conocería en su aventura, lo verían como una cerilla viajera, experimentada, interesante. A más de una le volaría la cabeza.
La cerilla soñaba con su destino de viajero, se veían mudándose de cajetilla en cajetilla, con ilustraciones y cotizaciones de distintos países. Conviviría con cerillas de otras nacionalidades; algunas amarillas, otras marrones, rojas tantas otras. Soñaba mientras afuera llovía y la olvidada ventana abierta de la cocina dejaba colar el viento y también la lluvia. El agua se extendía y pasaba sobre la caja de fósforos que alguien dejó tirada en cualquier parte del mesón, expuesta al agua. Soñaba mientras se ahogaba y la cabeza se le iba despintando, inservible para hacer fuego. Inútil cerilla. Un simple fósforo acomplejado.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Gente rara



Se subió a la cabeza; se creía piojo. Arrimó una silla a la oreja y se puso a escuchar las barbaridades que decían de él. Le lastimó que lo llamaran fundamentalista, y para desquitarse, se untó de cerumen en todo el cuerpo. Se prendió un fósforo. La madre sintió un pálpito, como de que algo andaba mal.

***
Abrió una lata de sardinas y se introdujo en ella. Cupo completo. Adentro saludó a todas y les mostró su mano rota por la lata. Ninguna le hizo caso, tan pinches sardinas. Todas se amontonaron indiferentes. Murió de asfixia.
***
El crimen ocurrió en la huerta de tomates. No hubo testigos. Nadie vio cuando el hombre se subió los pantalones y se cerró la cremallera con un ligero ruido. El cuerpo quedó ahí, solo, hediondo, puro excremento.
***
Abrió la nevera y se ensañó contra él. Los gritos del queso acuchillado les rompieron los tímpanos a los tres huevos viejos que estaban en la puerta, y les partió el corazón a las alcachofas. No hubo remedio, el queso murió rebanado. La luz de la nevera se apagó de pronto.
***
Le salió un brote de perejil en el codo, se ufanó de él. Era la primera vez que estaba realmente enamorada. Lo presentó a toda la familia, que de inmediato lo acogió como el miembro más joven y viril. Ella le sacó fotos, le compró pijamas (estampadas, con ovejitas). Le abrió una cuenta en Twitter, y no pudo resistir su muerte marchita y amarilla. Se arrancó el codo y lo enterró con él. Más tarde se metió un tiro en la sien; hizo un cálculo previo para que la bala no la matara. Lo único que quería lograr era quedarse convertida en vegetal, en su honor, en su recuerdo amoroso.

Ilustración: "Rolling Stone", Gabriel Sainz


lunes, 15 de noviembre de 2010

Se me cae la cara


Se me cae la cara de la vergüenza cuando él habla, no puedo controlarlo. Así nomás, se cae, se hace una bolita de piel y rueda por el piso, buscando huir. Mis dedos ya están cansados de buscar mi rostro por los escondrijos de la casa, y se abren y se exasperan cada vez que esto sucede, pero nadie tiene la culpa, ni siquiera mi cara que anda por ahí, hecha un añico, como una pelota de piel con dos ojos oscuros. Da miedo si usted la ve desde su propia altura, digamos un metro setenta y cinco, y ella en el piso, estacionada al lado de la nevera o metida en el ropero o debajo de la cama con dos ojos pestañeando, y una boca roja y carnosa, como si se tratase de un juguete siniestro. Esto no es nada nuevo, la cara se me cae desde hace años, cuando lo escucho a él enunciar, con la mayor desfachatez, los verbos más imperativos de la lengua que desgraciadamente compartimos.

Recuerdo la primera vez que sucedió, cómo olvidarlo: yo estaba sentada en el sofá con todos mis órganos y sentidos en su santo lugar. El televisor estaba encendido, también el de mi vecino, y el del vecino de mi vecino, y el de todos los vecinos de este país. Y fue ahí cuando él dijo: “Yo soy un superhombre y ustedes….nomás que hombrecitos. Ah, y mujercitas. Sí, eso, mujercitas. Yo debería andar con capa, pero tengo humildad, así que me disfrazo de mortal, pero yo voy más allá. Mis ojos son de fuego, mi corazón, un cañón”. Se rió, se rió muy fuerte, era la carcajada de un loco. A su lado había una corte de enanos vestidos de circo. Todos reían junto a él. Las carcajadas no me dejaron escuchar el primer crujido de mi piel despegándose de la calavera. Sentí mi cara abochornarse, eso sí, rostro que se enrojece y se calienta, así que me fui al baño, y el espejo me devolvió la cara del otro desgarrándose, yéndose, harta de lo mismo. Me desesperé, mis dedos también se desesperaron conmigo, trataron de asir ese pedazo de pliegue que se desterraba junto a mis ojos irritados. La boca también se largó, así que me quedé sin gritos. Los dedos se amontonaban en la cabeza para compartir el desespero. Desfallecí.

Sí, eso fue al principio, cuando no estaba acostumbrada a quedarme sin rostro, pero poco a poco uno se va habituando hasta a las cosas más absurdas e irracionales, sino cómo explicar que el superhombre siga ahí, haciéndose trono. Cuando me quedo sin cara, deambulo por la casa como una sombra que choca con las paredes, un torpe fantasma que no se percata de los obstáculos materiales; mientras tanto mi cara hecha una bolilla de piel con ojos anda dando trastes por la calle, porque si bien al principio se quedaba en casa, ahora le ha dado por echarse a caminar. Entonces a mis dedos no les queda más remedio que dejarme sola e irse tras mi cara, que suele regresar con la boca rota o los ojos morados por los golpes callejeros.

Temo que algún día me quede sin rostro; tendré que hacerme a la idea de que mi cara finalmente va a caerse, compungida de tanta vergüenza. Y los afanosos dedos no volverán a ponerla en su lugar, como solían hacerlo. A veces me da pena con ellos, ¡trabajan tanto, los pobres! Junto a ella se irá mi acento, que cada día se siente más avergonzado de sí mismo, junto a ella se irá mi ceño fruncido. Ése que se monta en la cara cuando lo escucha hablar, a él, al superhombre. Un ceño fruncido que es todo un señor, muy serio. Mi sonrisa se irá con ellos, presta por ahí a que las muecas le rompan los dientes en las calles de un país que ya no ríe tanto como antes. Las sonrisas se están cayendo, si no me cree salga a la calle para que vea muecas. Me quedaré sin labios para besar; no besar aburre y hasta duele. Tendré que dibujar labios, ojos, nariz, cejas, mentones. Lo haré para pegármelos cuando mi rostro se haya expropiado definitivamente. Tendré que pintar los ojos negros y pequeños, un poco chinos como los de mi padre. Tendré que dibujar esa escasez de cejas que a veces disimulo con maquillaje. Tendré que pintar los labios con creyón de cera, obviamente rojo, el único color que mis labios originales aceptan. Tendré que hacer varias versiones de ojos, para usarlos dependiendo de la situación de asombro, ternura o enojo. Tal vez las manos se queden conmigo; crispadas, atormentadas, nerviosas. Probablemente hagan ejercicios de locura como tratar de asir un cuello que no existe, asfixiarlo, callarlo. Mis manos necesitarán silencio, al menos su silencio. Tan ilusas ellas querrán callarlo. Se imaginarán a sí mismas tratando de taparle la boca para que mueran sus palabras. No hable más, señor, por favor, no hable más. Cállese, no hable más, necesitamos su silencio. Mis pobres manos están enfermas, todo el tiempo sueñan que están tapando esa gran boca, ese sulfuroso volcán. ¡Ah, mis pobrecitas manos han enloquecido!, tendré que internarlas en el sanatorio. Y me quedaré tan sola, sin rostro, sin manos. Sola con él y mis oídos que gozan de tan buena salud.

Ilustración: “Selbstdarstellung in Orangefarbenem Umhang”, Egon Schiele

sábado, 12 de junio de 2010

El desalojo (o la caída del último hombre solo)

Él no quería irse, prefería mantenerse aferrado en un punto de ese suelo blando y pálido, con su cuerpo flaco y flexible debajo de las noches con sus días, pero una ley antiquísima lo obliga a desalojar ese pedazo de terreno que él creía propio. El suelo habitado se hizo inestable, y sus compañeros empezaron a marcharse. Grandes sacudidas telúricas dieron cuenta de montones de caídos; todos muertos en el piso, barridos de un escobazo. De nada sirvió oponer resistencia; un magnetismo invisible los echaba del lugar, los invitaba al destierro. Él veía marchar a sus compañeros solos y arrastrados por el viento. Se iba quedando solo y sus fuerzas cedían. Angustiado pensaba en el día que le tocará a él. Cuando llegara la hora ¿sentiría dolor?, se preguntaba. No obtenía respuesta, sólo escuchaba con temor el sonido del viento que lo empujaba. Un día sintió venir el desalojo, fue como un temblor de raíz, pero no dolió, fue un temblor ligero que lo arrancó y lanzó al vacío. Sintió vértigo, sintió que caía, sin dolor, sin ceremonia el último cabello de ese hombre viejo y ahora calvo.

Ilustración: “The Wasteland”, de Juan Muñoz

sábado, 6 de febrero de 2010

La oreja de Pluto


A Gabriel y Jairo,

por el reciclaje.

Cuando conocí a Pluto él ya había tocado fondo. Vivía en la calle, se peleaba con otros perros las sobras de comida entre la basura, y apestaba a maldición bíblica. En ese entonces yo acababa de ser despedida de mi empleo en una agencia de seguros, y me había ido caminando hasta un parque, para pensar en mi nueva situación. Fue en ese parque donde lo vi por primera vez. Acababa de perder un hueso del basurero, en disputa con otros perros más feroces y astutos. Como el amor, su desamparo y el mío se encontraron.

Al principio no fue simpático, al contrario, fue escandalosamente grosero cuando se dio cuenta de que lo estaba observando, con lástima y una resignada ternura. ¿Qué miras?, ¿quieres tomarle una foto a Disney? – me dijo con tono altanero mientras hacía un gesto soez sobre los que podrían ser sus cojones – pero todos sabemos que los peluches no tienen cojones, son asexuados.

Su desolación me ayudó a olvidar por un instante la mía. Le ofrecí mi paraguas. Ya saben, llovía a cántaros, el escenario perfecto para el más desnudo desamparo. Le ofrecí mi paraguas y un techo por esa noche. Incrédulo, aceptó. En el camino me contó que lo habían echado de su trabajo en Disneyworld por sus problemas con el alcohol y la pedofilia. También me confió que la última perra con la que vivió lo abandonó por otro perro.

Me dolió su dolor. Yo también estaba muy sola; mi última pareja me había dejado porque decidió operarse para convertirse en mujer, y aunque él/ella me quería y deseaba continuar conmigo, yo lesbiana no quería ser. Así que lo dejé irse.

Cuando llegamos a casa le pedí que se metiera en la lavadora, porque necesitaba un baño urgente. No hubo resistencia, lo ayudé a entrar, le puse detergente y suavizante y apreté el botón de lavado intenso. Su baño duró dos ciclos. El primero, de pata. El segundo, de cabeza. Una vez limpio y perfumado, nos dispusimos a comer y beber. Al rato encendimos el televisor, ¡Uf, qué mala idea! Fue un error la combinación vino tinto-canal Disney. Pluto se emborrachó y se puso bruto. Lloraba y maldecía al ver los clásicos programas de su antigua compañía empleadora. No paraba de insultar a la ratoncita del moño en la cabeza. Puta, le decía, eres una puta. En cuanto a su novio, el ratón, celebraba con sarcasmo su supuesta impotencia.

Los primeros días con Pluto fueron difíciles. Bebía todas las noches y dormía hasta tarde. En menos de una semana se bebió todas las botellas que encontró en la despensa. Y un día, al regresar a casa de mi diaria búsqueda de trabajo, el portugués del abasto me interceptó para contarme que mi huésped había ido por alcohol a su negocio, y lo puso todo a mi cuenta.

Enceguecida por la rabia llegué al apartamento, dispuesta a echarlo. Sin embargo, la imagen de un Pluto asomado en el balcón, con evidentes intenciones suicidas, me hizo desistir de mi radical decisión. Así que corrí al balcón, lo rescaté y llamé al doctor Belmonte. El diagnóstico psiquiátrico fue contundente y sin margen de error: Pluto es bipolar. Debía tenerle paciencia.

El tratamiento y la actitud de Pluto fueron intensos, ambos sufríamos mucho. Lo peor ocurrió ese día que lo encontré semiconsciente, tirado en el piso, con la tercera parte de su oreja derecha arrancada de un tajo. Al lado de Pluto estaba el pedazo de oreja, la navaja, y manchas de sangre blanca, coagulada en pelotitas no uniformes y otras excrecencias del cuerpo. Regadas en el piso reposaban revistas y fotografías de un Pluto más joven y rozagante, sonriendo al lado de Michael Jackson, de Macaulay Culkin, entre otros niños famosos.

Inmediatamente lo trasladé al hospital, junto a su pedazo de oreja. Pero ya era demasiado tarde, fue imposible salvarla. Mi Pluto ahora era un animal mutilado. Con dolor sequé mis lágrimas, usando su oreja rota y muerta. Este hecho tan lamentable ocurrió el mismo día que encontré empleo, como bailarina exótica en un bar hawaiano.

Pero no es todo es malo, la vida también tiene sus encantos. Durante su estadía en el hospital, Pluto se paseó por los pasillos de pediatría, y logró animar a los pequeños pacientes internados. Fue tan bueno su trabajo que una fundación infantil lo contrató para alegrar la vida de los niños del hospital. Poco a poco Pluto fue superando su adicción a la bebida. Y gracias a mi nuevo empleo encontré un marido enano, jorobado y muy rico. La vida es bella.



domingo, 29 de noviembre de 2009

Pequeña Litty


Germán es impotente. No, mentira, Germán no es impotente, él tiene sus erecciones, pero a su manera. Él sólo se excita con fotografías de mujeres gordas, líricas, culonas con celulitis y preferiblemente pequeñas. Lo excitan especialmente las imperfecciones: mujeres contrahechas, cojas, tuertas, mutiladas, bizcas, y jorobadas son las más atractivas para este hombre que se masturba pensando en ellas mientras se ducha. Como es de esperarse, Germán vive solo. Trabaja en la municipalidad y parte de su sueldo lo destina en pagar las fotografías, que el asistente del área de anomalías del hospital le vende. En ellas se ven jorobas tumefactas, hongos erosionando uñas de los pies, pintadas de rojo, malformaciones vaginales, anos irritados por las hemorroides, pezones hinchados y putrefactos de pus. Por estas fotos, Germán paga muy caro, pero el gozo que recibe ante su vista compensa el gasto. Sin embargo, el verdadero sueño de este hombre es encontrar una mujer gorda, pequeña y con una verruga en su clítoris, y, además, que tenga voz de bolerista. Con la mirada puesta en tal fin está suscripto a revistas científicas y enlaces amarillistas que explotan la rareza humana. También visita, frecuentemente, los circos y centros de anomalías.

Hace unos pocos años, Germán estuvo a punto de encontrar a la mujer de su vida. Ella se hacía llamar Pequeña Litty, y era una cabaretera que cantaba boleros y vivía en una casa rodante, con la cual viajaba por México y los Estados Unidos. Pequeña Litty tenía una historia familiar muy triste: al nacer, su madre la abandonó en un basurero, de donde fue recogida por un mendigo, que la crió y abusó de ella hasta que logró escapar de sus manos. Desde niña aprendió a ganarse la vida escribiendo poemas malos, los cuales recitaba en las taguaras donde la metía el mendigo. Cuando se hizo mujer, se dio cuenta que tenía voz para los boleros. Y tras el sueño americano se fue un día, Pequeña Litty.

Pero el éxito no llegó a su vida, a pesar de que recorrió todo el norte con su patético espectáculo. Nadie iba a sus funciones, ni siquiera aprovechaban la primera noche, cuya función era gratuita. Así que Pequeña Litty no tuvo más remedio que prostituirse, y para hacerlo explotó su rareza: su estatura era de 1 metro 42 centímetros, era dueña de un trasero gigante y grasoso, y dentro de su vagina, justo sobre el clítoris, tenía una enorme verruga con pelos como alambre de púa.

Gracias a su padrastro, Pequeña Litty había descubierto que su verruga era muy placentera sobre el miembro de los hombres. Así que hizo mano de la publicidad y ofreció sus servicios con un cartel escrito en gringo y en castellano: Prostituta venezolana, cantante de boleros, brinda sus servicios sexuales.

Al principio, a los hombres les daba asco su verruga negra y grande, pero una vez que sentían el placer que les producía el grano sobre sus machos encabritados, se hacían clientes y regaban la voz. El negocio de Pequeña Litty creció, y los anuncios de la prensa fueron desplazados hacia la red. Fue ahí donde la contactó Germán.

Pequeña Litty cobraba por sexo virtual, y Germán lo pagaba de buena gana. Lo que él más disfrutaba era ver la verruga dentro de su vagina. Ella se la mostraba mientras le cantaba boleros. Dios los cría y Skype los junta. El tiempo pasó y ambos amantes virtuales se enamoraron. Germán tenía las paredes de su casa forradas de fotografías de la Pequeña Litty desnuda. Y la mujer imprimía con devoción los poemas que Germán le escribía. Poemas sobre excrecencias y frustraciones.

Un día decidieron juntarse, como dios manda, prostituta y aberrado. Pusieron fecha y anillo de compromiso, pero un cáncer vaginal devoró a la mujer en tres días. No hubo nada qué hacer. Desde entonces, Germán padece la ausencia de la verruga virtual de Pequeña Litty.

Iustración: “Gloomy Sunday Girl”, Stu Mead