domingo, 21 de septiembre de 2008

Natalia I


Le dije que no estaba en la ciudad, que no estaba en ninguna parte, que quizás estuviera dentro de mí misma, tal vez. Colgó el teléfono y no volvió a llamar. Yo continué mirando por la ventana, sentada en esa silla verde, acolchonada, un poco vieja. Veía el pedazo de cielo que me permitía el ángulo de la ventana. Un tradicional cielo de degradaciones azules y grises cruzado por los cables del tendido eléctrico en los que cuelgan pequeños papagayos de vuelos frustrados. Alternativamente leía las páginas de un libro que habla de un hombre que está a punto de cumplir cuarenta años. Un hombre sin camisa, yendo y viniendo dentro de una pequeña habitación en una tarde sin tabaco. Sintiendo el mal olor de sus axilas y una sensación hueca en el alma como quien entra a un pozo oscuro, caliente, asfixiante.

El libro, el pozo, la ventana, el cielo, mi cuerpo echado en una silla, Fernando que no volvió a llamar porque soy una grosera, una mal educada que aparece y desaparece, que responde o no las llamadas, todo dependiendo de mi estado de ánimo, de mis ganas o no de hablar, de mi aislamiento propio y voluntario. El personaje de la novela a punto de cumplir cuarenta años y yo, mujer visitada por los recuerdos y las voces de los muertos.

Afuera están los autos, los transeúntes, los parques, las miradas, las iglesias, las escuelas, los huecos en el pavimento, las señales de tránsito, las canciones de moda, los ruidos del día. Afuera está el mundo, la vida dicen. Las piernas, los corazones, las sonrisas. Mi mundo está adentro, escondido tras ese balcón, refugiado detrás de los inútiles barbitúricos, de las botellas de ginebra, del espejo roto de un puñetazo, de la mano rota por un puñetazo al espejo.

Cierro la ventana para que los ruidos callejeros no interrumpan mi ensimismamiento. Me quedo adentro, detrás de esas cortinas sucias que siempre olvido lavar. Soy yo, mujer que prefiere sumergirse en el olor de sus recuerdos. Al igual que el hombre del libro no tengo tabaco, pero no me hace falta, hace tiempo abandoné ese vicio tonto, aburrido y asesino. Lo dejé cuando vi morir a mi padre y al pedazo de su pulmón que, a duras penas, le permitía respirar. De eso hace bastantes años, los suficientes para envejecer un poco más. Ahora el humo del cigarrillo es una remembranza que se desliza entre el resto de los recuerdos como el de mi madre colando el café, endulzado con papelón hecho a base de la caña de azúcar. Cierro los ojos y me relajo al recordar el olor a papelón que generosamente se esparcía por la cocina cuando mi madre ponía a derretir la panela en una olla de agua hirviendo. Su olor era dulce, tierno, aroma a infancia, a tarde de juegos, a café con galletas. Mi madre prefería usar esa oscura miel sustituyendo el azúcar al que consideraba muy nocivo para la salud. Ella quejándose de las consecuencias malignas del azúcar y yo recordándome una tarde en un trapiche, acostada sobre los bagazos de la caña con el cuerpo largo y delgado de Marcos sobre mi cuerpo y sus manos metidas debajo de mi falda, sacando desesperado mi pantaleta, acariciando mis muslos, apretando mis nalgas, y yo cerrando y abriendo mis ojos según la intensidad de las caricias, de la dureza de sus embestidas.

Mis senos erectos rozando la planicie de su pecho. Arriba, un techo sostenido por listones de madera podrida, ulcerada por las polillas. Al lado, el trapiche y mis manos intermitentes entre los cortos cabellos de Marcos y la extraña suavidad de los bagazos.

Mis recuerdos están impregnados de olores. Creo que las horas, los lugares, los días tienen sus propios aromas. Esa tarde del trapiche huele a almíbar. Marcos besando mis senos, cerrando los ojos al saborear su dulzura, mientras los cañaverales, únicos testigos de nuestro encuentro, eran empujados por el viento. Su boca deslizándose hasta mi sexo pálido, lampiño, recién afeitado. Nuestros gemidos silenciados por el ruido de la molienda de la caña, el brote de mi sangre contenido por los bagazos y los gemidos ahogados de nuestro orgasmo reventando contra las hojas de los árboles y la reverberación del sol de las cuatro de la tarde.


Carolina Lozada

Ilustración: “11 A.M.”, Edward Hopper

5 comentarios:

Asterión dijo...

Me ha gustado mucho este relato. Siempre hacés de la descripción el eje central de tus textos (al menos lo que he leído hasta ahora), aunque en este hay mayor "desarrollo" y carga psicológica.

¿El hombre a punto de cumplir cuarenta años es el yo lírico de "Estanco" ("Tabaquería en algunas traducciones"), de Pessoa? Ese poema me fascina, pero si es ese, confieso que nunca me percaté de la edad del tipo.

Te invito a leer el cuento "Perfumes de media tarde", en

www.manuelescribe.blogspot.com

Saludos.

Asterión dijo...

Carolina, Carolina...

Siempre es un placer venir por aquí.

Gracias por el dato. De Onetti solo he leído Los adioses, así que merezco todo el peso de tu desprecio por esta falta hacia tu autor favorito.

Y como de autores favoritos se trata, pues apenas vi "hombre en el cuarto sin tabaco", pensé en el poema de Pessoa, uno de mis autores (y uno de mis poemas) favoritos.

Carolina Lozada dijo...

Pecado compartido, no conozco ese poema, pero lo leeré para no morir en pecado.
De Los Adioses me gusta, sobretodo, ese primer pasaje cuando Onetti se detiene a describir las manos, sus movimientos.
Por cierto, ¿viste Los falsificadores, la película de Stefan Ruzowitzky?

Asterión dijo...

Esa película estuvo en un solo cine, y no pude ir. Pero en estos días trataré de ubicarla en un video. He oído cosas muy buenas al respecto.

Carolina Lozada dijo...

Asterión:
Ya sabemos que las grandes salas de cine se ocupan poco de producciones que no sean comerciales. Sin embargo, los títulos pueden encontrarse en video. La película "Los falsificadores" me gustó, sobre todo la actuación del actor principal; un actor austriaco tengo entendido. No obstante, debo confesar que hay cosas que me parecen "manipuladoras", como la imagen heroizada de uno de los personajes. Demasiado Hollywood, no sé. El holocausto es un tema difícil. Es demasiado jodido para hablar con ligereza de ese tema, así que mejor paso.
Hace pocos días leí "Sin destino" del escritor húngaro Imre Kertész. Novela testimonio donde el escritor recrea sus experiencias en esos campos nazis de la muerte. Tiene Imre Kertész una escritura sencilla y sobria que me arrastró a leer la novela de un tirón. Ahora ando pendiente de leer sus ensayos.
Muchos saludos,
Carolina