lunes, 8 de diciembre de 2008

La oscuridad de Nina


Los ojos de Nina se suben al autobús. Es miércoles y hace calor. No hay asiento disponible y Nina se queda parada, observando a los pasajeros que en su mayoría llevan la mirada pegada a las ventanillas en un mudo diálogo de miradas callejeras. El autobús cubre la ruta hacia las afueras de la ciudad. Vestido de azul circula diariamente por las calles de una ciudad en la que no existe el invierno, ni el otoño, sólo un eterno verano visitado por una primavera de flores exóticas. Bancos, escuelas, bazares y edificios son parte del escenario que circunda las vueltas de este transporte público.

La penetrante mirada de Nina se esparce por toda la unidad. Los pasajeros no se fijan en ella más allá de verla subir. Sólo atrapa la infantil curiosidad de un pequeño con sombrero y arma de juguete que la observa desde su asiento. Los ojos del niño, acostumbrados a las historietas y los comics, la miran atentamente. ¿Cuál es el atractivo que Nina ejerce sobre el chico?, ¿qué llama tanto su atención?, ¿serán sus ojos nocturnos que le embelesan? ¿o tal vez, esas cejas pobladas como un oscuro jardín?

Los labios cerrados de la mujer simulan una mueca de desinterés. No obstante, no puede disimular la incomodidad que le causa la mirada del pequeño vaquero. La madre, al percatarse de la indiscreción infantil, le habla al oído y el niño, después de oír las palabras, gira la mirada hacia la ventanilla. En ese momento una fila de ciclistas pasa al lado del autobús. El pequeño sonríe y pega su rostro y manos al vidrio que lo separa del ordenado grupo de deportistas. Uno de los ciclistas le sonríe y el niño le dice adiós con la mano cuando el autobús deja atrás las fibrosas piernas de los ciclistas. No muy lejos, los sigue un cartero en una vieja motocicleta, lleva el buzón repleto de correspondencia. Cartas de amor y desamor, cartas de madres, de soldados de guerra, de amantes que esperan en casa, cartas de suicidas, de remitentes sin destinatarios. El cartero se pierde en la reverberación del sol. Pronto, el paisaje se convierte en un interminable tendido eléctrico, acompañado de cadáveres de animales que ocasionalmente aparecen a orillas de la carretera y algunas aves que vuelan incasables quién sabe a qué lugar. Ante la monotonía del paisaje el chiquillo se aburre y se sienta nuevamente en su lugar, mientras la madre sigue leyendo una revista de modas y cocina.

Un pasajero se queda en uno de los solitarios parajes de un pueblo nacido a orillas de áridas montañas. La camisa a cuadros y el rostro curtido del hombre se pierden en la explanada. Aún queda más de una hora de viaje para llegar a la otra orilla de la ciudad. Nina logra sentarse. Desde su asiento, el pequeño puede observar el perfil de la mujer, una nariz discretamente pronunciada y una piel blanca levemente acariciada por el sol. Las manos, apenas descubiertas, se ven largas y suaves. Nina se desentiende del chico y se dedica a observar al resto de los pasajeros. Ve el brazo del chofer, un brazo curtido por los excesos de sol. Mira su cabeza invadida por las canas. Un hombre pensativo lleva la cabeza pegada a la ventana, está tan ensimismado que pareciera no sentir los saltos bruscos cuando el automóvil cae en esporádicos huecos callejeros. Los pasajeros saltan, producto del impacto, el cuerpo del hombre salta junto al resto de los pasajeros, pero su mirada continúa suspendida en pensamientos que sólo a él le pertenecen. Una señora con cara y cuerpo de matrona lleva las manos sobre su pronunciado vientre, en el cuello le cuelga una pequeña crucecita y al lado de sus piernas descansa una bolsa con víveres y pan. Es blanca, robusta, con brazos fuertes y saludables. Su cabellera rubia y poco abundante está cubierta por una pañoleta, tiene los ojos pequeños y una nariz clásica, viste de negro como una viuda eterna. La música suena a través de un equipo portátil en los oídos de un joven flaco, tan flaco como un lápiz. Sus pies y cabeza se mueven al ritmo de lo que escucha. Una mujer de rasgos delgados y tristes lee un libro grueso de olor milenario. Nina clava la mirada en la cabeza de la joven, observa los escuálidos cabellos esparcidos por su nuca, percibe el olor de su cabellera limpia, de su piel refrescada por lociones de baño. Es una mujer joven, debe estar enamorada, o al menos debe creer en el amor. Tal vez vaya a verse a escondidas con su amante, quizás quedaron en salir a caminar, a contemplar estrellas y esas cosas sencillas y vitales que les gustan hacer los enamorados. Las manos de la chica pasan las páginas del libro como empujadas por una fiebre inquietante. El libro habla de corazones y de noches vestidas con papel de celofán. Dentro del autobús hay más rostros, todos anónimos, algunos atractivos, otros menos llamativos, olvidables la mayor parte de ellos. Cada rostro sobre una cabeza que piensa, reflexiona, imagina, recuerda, sentados todos en la ruta del autobús azul.

La solicitud de parada por parte de la madre del chiquillo vestido de vaquero, despierta a Nina de su concentración en la lectora. Al levantarse, dispuestos a abandonar el autobús, el chiquillo se voltea, mira a Nina y le hace una señal de disparo con su arma de juguete. El eterno bang bang de los westerns norteamericanos. Gary Cooper, Clint Eastwood, Lee Van Cleef en el imaginario de bandidos y vaqueros, de buenos y malos. El joven de la música en los oídos sonríe ante el travieso gesto del pequeño. A Nina no le hace gracia la travesura. Sus grandes y oscuros ojos miran con recelo al niño y al joven que sonríe divertido desde su asiento. La madre toma fuertemente al niño de la mano, apura su paso mientras le recriminaba su comportamiento con la señorita. Con una sonrisa apenada trata de disculparse con Nina, pero ella continúa inmutable como un muro silencioso y ajeno. La madre y su hijo bajan del autobús, rápidamente y a escondidas, el niño le hace una mueca a Nina desde la calle antes de perderse ambas figuras, dejadas atrás por el transporte que continúa su recorrido por calles que parecen hechas de mediodías, por casas de sol y ventanas abiertas. Hace calor, mucho calor. El pulso de las calles languidece en una especie de sopor suspendido. Los rostros de los transeúntes se muestran agotados. Las aves se posan sobre árboles cansados. Los pasajeros del autobús transpiran en silencio, la somnolencia los invade. Desde las ventanillas del ala derecha se puede observar un mendigo con aspecto delirado afeitando su rostro con una vieja hojilla desechable. Se ve muy sucio y aun cuando afeita una y otra vez su rostro frente al vidrio de un auto estacionado, su oscuro bigote permanece aferrado a la piel como el moho al pan viejo. La joven no se fija en el mendigo, está absorta en la lectura. Lee historias del oriente maravilloso, de especies y decorados sensuales, de bailarinas con vientres ardientes, de mujeres de ojos cautivadores. Camellos, caballos, alhajas, guerreros, arena mortal e infinita.

Poco antes de llegar al destino final de la ruta, Nina cierra los ojos y piensa en silencio. Nadie sabe en qué o en quién piensa. Quizá recuerda su infancia, tardes de juegos y chocolates, los amores furtivos en la adolescencia, algún deseo por satisfacer. Sus pechos bajan y suben al ritmo de su acelerada respiración. Ninguno de los pasajeros se percata de que el corazón de esta mujer crece en aceleraciones. Su corazón bombeando sangre a una velocidad vertiginosa. De pronto, sus ojos de hechicera nocturna se abren como poseídos por una fiebre alucinante, sus manos que parecen muy suaves, se deslizan hasta la cintura, sus labios pronuncian unas palabras que nadie entiende o que pronto el caluroso viento se traga. De repente y con determinación hala un cordón escondido entre sus ropas, un cordón que bien pudo haber sido una de esas vistosas alhajas que llevan las mujeres en los cuentos milenarios del oriente maravilloso, o tal vez, un simple cordón blanco, gris, triste cordón de muerte. En instantes, el autobús explota, justo en la entrada a la otra orilla de la ciudad. Los pasajeros no tienen tiempo ni para sorprenderse. El chofer apenas puede mirar por el espejo retrovisor, la matrona se lleva las manos a la cruz que cuelga en su cuello, el joven flaco no oye las palabras de Nina y sigue tarareando las canciones. La lectora ve la expresión de la mujer y sabe inmediatamente de que se trata, ha leído tanto sobre esto, pero nunca pensó que podría pasarle a ella. El miedo hace que el libro caiga a sus pies. Los pensamientos del hombre ensimismado vuelan junto a su cuerpo. Después de la explosión viene el silencio de la muerte. Las llamaradas de fuego apagan los gritos del chofer y los pasajeros. Los colores del infierno, el olor chamuscado de la muerte.

El viento gime cansado en una ciudad golpeada por el sol. Los ojos de Nina desaparecen, seguramente se pierden en la oscuridad de sus pupilas. Sólo se hallan restos esparcidos en ese lugar de muerte fanática, una pequeña cruz aferrada a un cuello destrozado, los solitarios audífonos de un equipo de música portátil y las páginas quemadas de un libro que con la brisa comenzaron a volar y a ser leídas por el viento: te cuento una historia pero no me arranques el corazón.

3 comentarios:

Jairo Rojas dijo...

el título, ¡¡el título del cuento!!

Carolina Lozada dijo...

Nina, Nina, Nina.
No fue intencional, curiosamente ese fue el nombre que se me ocurrió para esta muchacha

Andromeda dijo...

Quedé transportada entre tantos trocitos de vida entrelazados; tantas historias condenadas o rescatadas por el capricho de un destino tan azaroso como inexorable.
¡Excelente!