domingo, 23 de enero de 2011

Un fósforo acomplejado


No era fácil para él ser un palillo de fósforo, él prefería que lo llamaran cerilla; como llaman a los fósforos en las historias que los padres, de la casa donde vivía, contaban a sus hijos cuando en medio de una noche de tormenta se quedaban sin energía eléctrica, y eran sacrificados algunos de sus compañeros de caja, raspándolos contra la temible banda lateral: la guillotina, el mayor temor de todo fósforo.
Al principio eran cien y vivían hacinados en una caja pequeña, con la ilustración de un paisaje solitario en la parte de afuera. Con el tiempo fueron siendo cada vez menos y una noche casi fue él a quien sacrificaban para acompañar una historia en la oscuridad. Estaba en el medio de otros compañeros, escuchando el trajinar de las cucarachas que aprovechan la oscuridad para salir de sus escondrijos, cuando oyó el movimiento, la abertura de la caja. Asustado, vio a los dedos entrar como policías represivos que buscan entre el tumulto a los sospechosos habituales. Se salvó por un fósforo.
Ser un cerilla es vivir en estado de angustia constante, es la cruel espera del turno. Algunos no pueden soportar la presión de sus destinos y enloquecen, y sus cabezas se debilitan y no sirven ni para hacer fuego. A ellos se les conoce como los blandos. Existen otros fósforos más combativos, que a sabiendas de la fatalidad de sus destinos deciden morir con fiereza, y cuando éstos son llevados a la banda resinosa, liberan sus cabezas encendidas sobre la piel de la mano del verdugo, quemándola en el acto, provocando palabras de ardor e irritación. Mueren como héroes. Estos combatientes suelen ser anónimos, nadie dentro de la cajetilla conoce su identidad. A estos mártires se les conoce como los cabezas calientes.
Nuestro fósforo, es decir; la cerilla, siempre tuvo la certeza de su cobardía, jamás se convertiría en un extremista. Él prefería pactar, de ser posible se ofrecería voluntariamente como pieza para armar un barco de cerillas, así tuviera que vivir el resto de su vida dentro de una botella. También se le ocurría que podría ser parte de una composición infantil, algo así como una casita hecha de cerillas. Sutilezas que cualquier padre amoroso podría colgar en la nevera. Con el tiempo se pondría amarillo y más débil, su cabeza perdería esa cualidad volátil, pero al menos viviría tranquilo. Y algún día sería arrancado de la nevera y guardado en un baúl de recuerdos o simplemente sería echado a la basura. Éste sería el peor de los escenarios, aún así le veía su lado positivo: si lo echaban al camión de la basura viajaría por el mundo, se le endurecería la piel. Las chicas de las cajetillas que conocería en su aventura, lo verían como una cerilla viajera, experimentada, interesante. A más de una le volaría la cabeza.
La cerilla soñaba con su destino de viajero, se veían mudándose de cajetilla en cajetilla, con ilustraciones y cotizaciones de distintos países. Conviviría con cerillas de otras nacionalidades; algunas amarillas, otras marrones, rojas tantas otras. Soñaba mientras afuera llovía y la olvidada ventana abierta de la cocina dejaba colar el viento y también la lluvia. El agua se extendía y pasaba sobre la caja de fósforos que alguien dejó tirada en cualquier parte del mesón, expuesta al agua. Soñaba mientras se ahogaba y la cabeza se le iba despintando, inservible para hacer fuego. Inútil cerilla. Un simple fósforo acomplejado.

miércoles, 5 de enero de 2011

Elisa nadando en Río Grande



Río Grande Review publicó uno de mis cuentos; los invito a visitarla.
Saludos y gracias al equipo del Río.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Moras, cosecha 2011


Mis queridos, nos sale subir la cuesta; aunque desde arriba tiren piedras. Nos vemos en 2011; es decir, la otra semana. A los de este lado del tejado nos toca lidiar con las moras de la amargura. Habrá que fajarse.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reventados, jodidos. También humillados


Los fantasmas existen, algunos usan botas y hacen venias militares. ¿Llegó la hora de la escritura en paréntesis? Santos polacos, ayúdenos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Gente rara



Se subió a la cabeza; se creía piojo. Arrimó una silla a la oreja y se puso a escuchar las barbaridades que decían de él. Le lastimó que lo llamaran fundamentalista, y para desquitarse, se untó de cerumen en todo el cuerpo. Se prendió un fósforo. La madre sintió un pálpito, como de que algo andaba mal.

***
Abrió una lata de sardinas y se introdujo en ella. Cupo completo. Adentro saludó a todas y les mostró su mano rota por la lata. Ninguna le hizo caso, tan pinches sardinas. Todas se amontonaron indiferentes. Murió de asfixia.
***
El crimen ocurrió en la huerta de tomates. No hubo testigos. Nadie vio cuando el hombre se subió los pantalones y se cerró la cremallera con un ligero ruido. El cuerpo quedó ahí, solo, hediondo, puro excremento.
***
Abrió la nevera y se ensañó contra él. Los gritos del queso acuchillado les rompieron los tímpanos a los tres huevos viejos que estaban en la puerta, y les partió el corazón a las alcachofas. No hubo remedio, el queso murió rebanado. La luz de la nevera se apagó de pronto.
***
Le salió un brote de perejil en el codo, se ufanó de él. Era la primera vez que estaba realmente enamorada. Lo presentó a toda la familia, que de inmediato lo acogió como el miembro más joven y viril. Ella le sacó fotos, le compró pijamas (estampadas, con ovejitas). Le abrió una cuenta en Twitter, y no pudo resistir su muerte marchita y amarilla. Se arrancó el codo y lo enterró con él. Más tarde se metió un tiro en la sien; hizo un cálculo previo para que la bala no la matara. Lo único que quería lograr era quedarse convertida en vegetal, en su honor, en su recuerdo amoroso.

Ilustración: "Rolling Stone", Gabriel Sainz


viernes, 3 de diciembre de 2010

Suicidio pasional

Fue un asunto de ñoquis, nada tuvieron que ver los raviolis; así que son injustas las sospechas y acusaciones de la Comisaría de la Pasta. En realidad tampoco fue asunto de ñoquis, vamos a sincerarnos. Ellos, seguramente, no estaban al tanto del desequilibrio nervioso de la salsa blanca, ni de su hipersensibilidad ante el rechazo (ha sido tantas veces rechazada la pobre que no soportó más). Cuando a los ñoquis le propusieron: pesto o salsa blanca, ellos apostaron por el pesto. Sí, malditos homosexuales, se revuelcan con el primer italiano que se les atraviesa en el plato, espetó furibunda, entre borbotones, la salsa blanca mientras hervía en la olla. Y sin meditar el paso en falso que iba a dar, se arrojó sobre el procesador donde se licuaban los tomates para el gazpacho de la tarde.

Nadie lamentó su muerte, estúpida salsa blanca, ahora hecha un aguaje rojo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Legítima defensa (o el día del grito)


Todos llevamos un loco por dentro, dicen. No sé; en todo caso, el más próximo que tengo vive en el mismo edificio, y es largo, flaco y amargado. Camina con altivo porte militar, y dice ser graduado en varias academias de la milicia nacional, con doctorado en Administración y Logística de los Sistemas de Seguridad y Defensa. No sé qué tan ciertos sean sus estudios, ni qué hace para ganarse la vida, porque su único oficio conocido es deambular por el conjunto residencial. Entre los vecinos, cada uno tiene su propia versión sobre este extraño personaje. Para mi abuelo, él es un espía que trabaja para gobiernos extranjeros, a quienes les pasa informes sobre cómo vivimos; para mí es sólo un loco que todos los días habla solo desde una cabina telefónica próxima al edificio. En realidad, es la única cabina que hay en todo el sector y sus alrededores. Y parece más una escultura de un tiempo perdido que una cosa de utilidad pública. El único sujeto que “hace uso” de ese teléfono es él, el loco, que acude religiosamente a su cita telefónica todas las tardes.

Empujada por una ociosa curiosidad, decidí acercarme al teléfono en el horario en que el loco suele hacerlo. Al coger el auricular pude comprobar que ni siquiera tenía tono. Era un teléfono muerto, consumido por las nuevas tecnologías. Sin embargo, me quedé conectada al auricular mientras veía cómo el loco se acercaba, notablemente sorprendido y molesto ante mi presencia. Inventé una conversación ficticia; entretanto, él se paró detrás de mí, demostrando su impaciencia al sonar las llaves y mover el pie izquierdo para arriba y para abajo, sin despegarlo completamente del piso. No habían transcurrido cinco minutos cuando sentí su dedo índice como un dardo sobre mi hombro: “disculpe, necesito utilizar el teléfono. Debo hacer una llamada importantísima”. Al oír hablar de su prioridad, me pregunté si tal vez el abuelo tendría razón en eso del espionaje. Fingí una despedida con mi interlocutor y le pasé el auricular, no sin antes informarle que esperaría que culminara su llamada para yo discar nuevamente. Por respuesta sólo obtuve su mala cara y una expresión seca: “lo siento, me voy a tardar”.

Habló, vaya si hablo. Hizo varias llamadas. Conversaba con su supuesto abogado y le preguntaba por la demanda contra los antiguos inquilinos, ahora invasores de su propiedad. Llamó a su madre, insistía en que deseaba visitarla, pero del otro lado sólo escuchaba excusas que lo instaban a no hacerlo. Llamó al alcalde, le informó a la secretaria que era M. Quintero y que fue amigo suyo durante la escuela. Le contestó la llamada del comodín a un invitado del programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario? La opción es la letra “A”, dijo muy seguro de su respuesta, y se despidió con tono jactancioso: “estoy para servirte, hermano. Salúdame a Eladio”.

De cuando en cuando el loco me miraba feo, con toda la disposición de no devolverme el auricular. En principio me divirtieron sus conversaciones ficticias, supuse que era su manera de drenar su condena comunicativa (casi nadie lo trata en el edificio por fastidioso). Al rato me aburrí y lo dejé, y mientras caminaba escuchaba cuando decía, en tono amoroso: “sí, yo también te quiero”.

Pocos días después observé que al lado de la cabina estaba parada una camioneta de servicio técnico de la central telefónica. Me fijé en que dos hombres merodeaban el teléfono público; sin pensarlo me acerqué y les pregunté qué ocurría. Secamente me informaron que sacarían ese mamotreto de ahí, que ya no estaba cumpliendo ninguna función. “Mamotreto”: qué palabra tan ruda para nombrar algo que hasta hace poco servía. Inmediatamente pensé en el loco y tragué grueso; me sorprendí oliendo la idea de su posible suicidio. Su vida sin ese teléfono no sería la misma. Curiosamente, faltaban escasos minutos para que él apareciera dispuesto a cumplir su diario ritual. Llegó con aire preocupado y molesto, y les hizo las mismas interrogantes a los del servicio técnico, con la diferencia de que su rostro palideció cuando se enteró de las intenciones de la Compañía. Con el rostro descompuesto y dándoles manotazos a los técnicos, el loco se opuso al traslado y vociferó que no lo iba a permitir, que de ser posible se iba a comunicar con su jefe superior, que era amigo suyo de la infancia, al igual que del alcalde. Yo me mantuve al margen; sin embargo, pude ver las caras socarronas de los técnicos que continuaron en su oficio mientras el loco se alejaba rápidamente hacia el edificio.

Regresó con cadenas, dos buenos candados y un cartel que decía No a la incomunicación; y en un descuido de ambos hombres logró envolver la cabina con la cadena y atarse él mismo a ella. Pronto el lugar se llenó de curiosos, a quienes el loco convidaba a que lo apoyaran en su manifestación, pero sólo obtenía risas y burlas, sobre todo de los más jóvenes, que le respondían que debía buscarse una novia real. Solo y sin el apoyo popular, el loco cogió el auricular y se dedicó a hacer llamadas a importantes figuras públicas para informarles acerca del atentado comunicacional que se estaba cometiendo en su contra. En su delirio telefónico habló con el alcalde; le dijo al gobernador que había sido el novio más querido de su hija, que en paz descanse; con el presidente del Country Club se puso de acuerdo para jugar una partida de golf después de este terrible percance; se dirigió a sus antiguos profesores militares; y por último se estuvo hablando largo rato con el Intendente, con el cual se dedicó a cantar coplas llaneras. La gente se reía a carcajadas con el discurso del loco. “Sí, mi Intendente, yo me dejé de comer pollo. Esas cosas hacen daño a la hombría”; “cómo no, dormir en la intemperie llanera es lo más sabroso. Me parece muy bien que cuando te retires vuelvas al llano. Claro, claro que iré a visitarte”.

Los técnicos decidieron irse, alegando que no iban a mover a ese hombre porque no querían ser demandados luego por alguna de esas sociedades protectoras de animales que nunca faltan. Después de la partida de los técnicos apareció entre el público el popular Verde: un vecino ecologista, conocido por ese mote por su posición fundamentalista en favor de la ecología y del vegetarianismo. El Verde se acercó al loco y le dijo: “Compañero, qué te pasa. Lucha por una causa justa. Lucha por el planeta. ¡Cómo vas a estar defendiendo un teléfono! ¿No sabías que los teléfonos producen ondas cancerígenas? Mejor defendamos este árbol, un pino originario de estas tierras, de la época de nuestros hermanos indígenas”. Sin esperar respuesta del loco, que literalmente se hizo el loco y no escuchó su arenga, el Verde se fue a buscar una soga para amarrarse al pino que estaba junto a la cabina. Prefirió usar una soga de fibra en vez de utilizar metales contaminantes. Esto lo aclaró mientras hacía su nudo. También trajo un cartel hecho con material ecológico y pintado con tinta no tóxica que decía Liberen los árboles. Salvemos el planeta.

Al poco rato se acercó otro vecino, mejor conocido como El Titular, porque se lee todos los periódicos y siempre anda alarmado ante el caos mundial. El Titular los encaró llamándolos “pendejos”, y les dijo que si iban a pelear que fuera por una causa justa: “Hay que luchar por la alimentación de nuestros hijos. Debemos denunciar el quiebre de nuestra industria nacional”. Y sin ir a ningún lado, porque ya traía su cadena y su pancarta, se amarró a un poste y se puso a gritar: “¿Dónde están la leche, la carne, la Coca Cola? Devuélvannos nuestra cadena alimenticia”.

Otro muchacho, que no era vecino y de quien nadie supo de dónde salió, se acercó al hombre y le espetó: “¿De cuándo acá la Coca Cola es parte de nuestra cadena alimenticia?” Y sin esperar respuesta ni pensarlo dos veces, echó mano a un spray y rayó todas las paredes que tenía a su alcance con mensajes autóctonos—ecologistas: “Dile no a la Coca Cola. Toma agua ´e panela”. “No uses Nivea, ponte Aloe Vera”. “Las hamburguesas embrutecen. Come cachapa de maíz”. Y como si fuera poco el circo que se había armado, de la azotea del edificio se asomó un joven vestido con un manto naranja, que con un altoparlante en la mano exigía la liberación del Tíbet; mientras que de otra azotea vecina otro joven, de franela negra y con el rostro pintando de blanco, le impelía a dejarse de luchas snobs y extranjeras y lo invitaba a exigir la liberación de los nuestros. “Liberen a los presos políticos”, gritó y alzó el puño, recibiendo el apoyo de los presentes, que inmediatamente empezaron a gritar al unísono: “Liberen a los presos políticos”.

Pronto las quejas y molestias que vecinos y transeúntes tenían dentro explotaron como una reacción en cadena. Algunos protestaban porque eran muy feos; otros porque sus parejas no hacen suficientemente el amor; las viejas reclamaban la belleza de la juventud perdida; y las más jóvenes exigían rebajas en las cirugías estéticas. Muchos se quejaban, amargados, por no tener acceso a las divisas para poder salir del país; los desempleados lanzaban los gritos más aplastantes y desesperados de toda la masa furiosa. Con los aullidos vinieron los destrozos, las muestras de impotencia, frustración y rabia social. Cuando la policía apareció, ya la turba se había apoderado del escenario y de la situación; habían armado barricadas y focos de ataque. Yo huí del lugar antes de que la cosa empeorara aún más. El resto de los acontecimientos los vi en televisión: la protesta fue apaciguada con balines y gases lacrimógenos. En el último noticiero del día observé la cara del loco, que a pesar de la arremetida de la fuerza policial se negaba a soltarse de la cabina telefónica, y se aferraba como una fiera al auricular mientras intentaba hablar. “¿Aló, Intendente? Soy yo, otra vez. Aquí explotó la bomba de tiempo. Tenga cuidado, la pólvora se extiende”.

Ilustración: “Dulle Griet”, Pieter Brueghel el viejo