miércoles, 21 de octubre de 2009

Gato que mira a albañil muerto mientras su dueña descose el espacio


Yo miraba los listones de madera que serían usados para la fabricación de la biblioteca y de pronto me convencí de que ese mueble nunca existiría, que la madera se convertiría en hogar de polillas, en mamotreto que estorba el paso, en una masa con la forma conjugada “estarse quieto”. Abajo, en la calle, vi al albañil pisado por un auto, aplastado una vez, dos, más veces. Los sesos salidos por los orificios. Su gorra amarilla y con malla trasera tirada a un lado. Arriba, un remolino de zamuros, zopilotes, pájaros negros anunciando el cielo. Un pajarito pequeño, en la calle, sobre los desperdicios, escarbando entre los restos.

Sin la hechura de la biblioteca empecé a comprender el vacío del espacio en que habito. Entendí que el sofá del gato será sólo eso: un mueble sin cuerpo. No tendré un gato —me dije—. En este vacío mi gato se quedará en la suspensión del hecho no nacer. Será un gato seco, plano, pura ficción. Sin alma, ni siquiera un maullido.

El hambre del vacío empezó a subir por mis pies, como una especie de hormigueo irritante que empezaba a devorarme. Sentí cómo se hacía de talones y pantorrillas. Sentí la acción antropófaga mordiendo mis nalgas, caderas, huesos, plaquetas, tumores, ombligo, monedas en los bolsillos. El espacio se hizo punto negro y éste se lo tragó todo: a las tripas del albañil, al gato no nacido, a los listones apolillados, al ojal sin botón de mi blusa vieja, a los coágulos de sangre, a mis pies sin suelo, a estas manos que escriben y se quedan sin uñas, sin teclas. Vacío. Punto negro. Silencio.

Ilustración: Edward Gorey

sábado, 3 de octubre de 2009

Poemas mata gusanos



Las moscas de Luis posan sus patitas sobre papeles nacionales. Tengan cuidado, señores lectores, estas moscas son radioactivas. Ay, pobre de aquellos ilusos que no creen en su poder. Como diría mi amigo Jairo Rojas: Esto es puro rock and roll.