jueves, 13 de noviembre de 2008

Trópico imperfecto


El cielo se me amontonó esa tarde. Un cielo de nubarrones grises, opacos, desgraciados. Tú me decías que los días grises te gustaban porque eran fríos y sentías que estabas lejos de este trópico imperfecto. El gris es para día de muertos, te refutaba y tú seguías mirando por la ventana esa extensión de cielo desde donde se descargaban litros de lluvia. Yo quería arrancarte de esa ventana y mostrarte que estaba ahí, para ti, contigo. Quería pedirte que me tocaras, que no me dejaras sola. Pero te ibas más allá de esa lluvia y esa tarde malditamente opaca y te plantabas en ese país donde yo no existía y caminabas sus calles y recorrías tu vida con acento extranjero y nadie más que tú era el extraño en esa ciudad tan ajena.
Te tocaba los hombros, media con mis dedos la prolongación de tu espalda. Dejaba que los dedos te persiguieran por tu cabello y trataran de encontrarte y traerte hasta aquí, de vuelta conmigo. Pero te echabas a un lado, aferrándote más al afuera de esa ventana. Entonces el corazón se me hacía chiquitito de puro dolor y las lágrimas no empezaban a caer porque afuera ya llovía y no valía la pena desgastarse. Además, estaba acostumbrada a llorar por dentro, a hacerme agua adentro. Pez ahogado en el desierto de la noche. A veces, tú te volteabas para preguntarme qué me pasaba y nunca podía responderte con esa tristeza que cargaba encima.
Y seguías hablándome de cómo era allá, en el pasado, en donde yo no existía. Allá, tan lejos de este presente. Y hablabas con nostalgia y el ruido de los truenos y el estruendo del agua cayendo no te dejaban escuchar mis pasos que se iban, cruzando el afuera lluvioso, buscando el lugar donde no llovía.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Mujer frente al espejo


Las mujeres tenemos una relación especial con el espejo. Dentro de él creemos está nuestro alter ego, quien responderá todas nuestras preguntas y oirá nuestras confesiones. Una mujer sentada frente a un espejo es más sincera que hincada en un confesionario. Al espejo le contará todo, le dirá abiertamente que no le gustan sus tetas y que su trasero está muy caído y qué lástima haber heredado esa nariz del padre. Le dirá que muchas veces no es feliz. Únicamente el espejo podrá entenderla y le devolverá la tristeza en su mirada.
Al pasar el tiempo, su relación con el espejo dejará de ser tan íntima. La flacidez y los kilos demás la inhibirán de mirarse desnuda frente a él. El espejo comenzará a ser ese amante con la luz apagada. El cuerpo de ella sufrirá de pudor y el espejo seguirá siendo tan sincero como siempre. No le negara que está engordando y envejeciendo y que ya no le dirán muchacha sino señora. Y que los más jóvenes, le dirán vieja. Es ahí cuando el espejo se convierte en enemigo y la mujer lo romperá a pedazos o le cubrirá la mirada con pedazos de trapos y olvido.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Muchacha

Esa mujer no sabe que la pienso. Esa muchacha sin pelo, con la juventud arrancada de un trancazo. Duro, insolente, despiadado. Esa muchacha que estaba ahí sentada, esperando su turno. Sentada junto al resto de mujeres; grandes, ya viejas, ya sin pelo, úteros enfermos. Y ella como otro cuerpo enfermo.
No sé fijaba que yo la miraba, toda yo estaba escondida detrás de esos lentes negros. Y era casi mediodía y las otras mujeres iban pasando y ella esperaba ahí sentada, con el cuerpo enfermo encima, con dos ojos que ya no miraban nada. Sentada ahí, seno joven que de pronto se marchita, que se desprende, que se aleja, que quiere ser ausencia. Y tú ahí, muchacha, con todo ese dolor encima, con la punta de la lágrima que cae al piso pero que no revienta, que sigue siendo lágrima y se desliza por el piso, recorriendo los pasillos, detrás de los zapatos blancos, de las camillas. Haciéndose agua, nada, olvido.
Muchacha, yéndote al escuchar tu turno, con esos pasos lentos, tan poco vitales. Muchacha con la vida pudriéndosete encima como un vestido viejo, que se rompe, que se deshilacha. Yéndote, muchacha, arrastrando contigo los pedazos de belleza que aún te cuelgan. Y yo quedándome sola, con dos senos, con pelo, con un útero en buen estado. Sola, con restos de recuerdos.

Carolina Lozada©

jueves, 6 de noviembre de 2008

Mantequilla untada


Suavemente, como quien teme hacer ruido, la mantequilla se desliza por la hogaza de pan. El olor del café invade la cocina y el viento matutino golpea los ganchos de la ropa tendida y aún mojada. La mano que unta la mantequilla es pequeña y de uñas largas. Los calcetines son oscuros. Las manos que calzan los calcetines son grandes, gruesas, manos de hombre fuerte. El hombre sacude los zapatos y sale a la cocina. El desayuno está servido. La mujer que sirve el desayuno está vestida con bata de baño, tiene el cabello mojado y despeinado. No se dan los buenos días, apenas se percatan de la presencia del otro. El hombre pregunta si ha untado el pan con mantequilla o con margarina. Mantequilla, sabes que odio la margarina, responde la mujer de mala gana. No hubo más palabras, desayunaron en una mesa servida con café, pan, mantequilla y queso. Apenas se oyen los ruidos engullentes. Crocante el pan, aspirado el café.

La radio transmite las noticias de la BBC, un nuevo ataque suicida en Bagdad, un grupo armado libanés secuestra a unos soldados israelitas, Bush hablando de la libertad. Ambos oyen las noticias sin inmutarse. Siguen los ruidos guturales de la alimentación. Crocante el pan, aspirado el café.

El hombre termina su desayuno. En sus bigotes quedan suspendidas migajas de pan. Se levanta, deja el plato en la mesa y sale a trabajar. La mujer se queda tomando el café. Contempla el plato del marido. Ve los bordes de pan tostado, los que él no comió, los que siempre deja en el plato, su manía alimenticia diaria. Un borde de pan sobre otro formando una torre de pan tostado. Maníaco de mierda, dice. Se levanta, agarra el plato y echa las sobras del desayuno en el basurero. Pequeñas cucarachas merodean las sobras del día anterior. La mujer guarda la leche, el queso, y el pan, olvidando la mantequilla que queda solitaria y a la intemperie sobre la mesa.

Ella se seca el cabello, se viste y pinta sus labios. Sale. La casa queda acompañada por las voces de la radio. Continúa la tensión entre Líbano e Israel. De la mujer sólo queda su perfume esparcido por el apartamento.

Un ratón se asoma desde su guarida, mueve sus bigotes e inspecciona el área. Las cucarachas dejan de merodear la basura para subir hasta la mesa. Sus patitas caminan por la amarilla y suave superficie de la mantequilla. El ratón prefiere la despensa en la que hay paquetes de galletas mal cerradas. La BBC anuncia el secuestro de unos reporteros en Irak. Las cucarachas siguen empeñadas en la mantequilla. Un mosquito sobrevuela todo el apartamento con su melodía a cuestas y en el balcón las palomas llegan sin previo aviso.

Mediodía, hora de almuerzo. No hay presencia humana, tampoco a la hora de la merienda. 6:30 perecen cinco soldados norteamericanos en suelo iraquí, anuncia la BBC justo en el momento en que el hombre abre la puerta. El hombre trae margarina. En forma retadora pone el envase sobre la mesa, al lado de la mantequilla que dejaron las cucarachas. El ratón se asoma desde la despensa. En la radio suena ciudad de locos corazones.

El hombre recorre el apartamento y se cerciora de que la mujer no ha llegado. A esa hora ella está pasada de tragos con su amante, flotando sus adúlteras piernas sobre el cuerpo del mancebo dentro de las sábanas de algún hotel. Una hora después llega a casa, no tiene necesidad de dar explicaciones, ellos se entienden en silencio. Se desarregla y va a la cocina. El ratón y las cucarachas se esconden ante la luz delatora. Ella ve el envase de margarina, lee la etiqueta: margarina con sal. Maldice. El hombre está atento a su reacción y se ríe cuando la oye proferir la imprecación. La mujer guarda el envase en la despensa y limpia los restos de mantequilla derramados sobre la mesa. Apaga la luz, el televisor, la radio. No hay cena esa noche, tampoco las buenas noches. Se dan la espalda hasta mañana.

Al otro día ella se levanta, se baña, pone a hervir agua para el café. Él se pone los calcetines, ella unta la mantequilla sobre el pan tostado. Se fija que el pequeño cadáver de una cucaracha quedó atrapado en la suavidad amarilla de la mantequilla. La mujer lo ve y no se inmuta, al contrario, sonríe maliciosamente y desparrama el cuerpo del insecto muerto sobre la lonja de pan que le servirá al marido. Esparce minuciosamente la mezcla sobre el pan hasta dejar sólo una pasta amarilla con diminutos puntos negros.

¿Qué le pusiste a la mantequilla?, ¿qué son estos puntos negros?

Pimienta.

El hombre come y al ver que ella no se lleva un bocado a la boca le pregunta

¿no piensas desayunar?

No. No tengo hambre, sólo tomaré café.

La mujer sonríe al ver cómo el hombre se lleva a la boca el pan tostado con la mantequilla untada. La BBC anuncia la guerra en el Líbano.

Carolina Lozada

Ilustración: Nighthawks, de Edward Hooper

martes, 4 de noviembre de 2008

Cuadernos cineastas venezolanos: Luis Armando Roche


El domingo 09 de noviembre será presentado, en el marco de la FILVEN 2008, el libro sobre la obra cinematográfica de Luis Armando Roche, escrito desde este tejado por esta inquilina por encargo de la Fundación Cinemateca Nacional. Luis Armando Roche es un cineasta con una búsqueda interesante y poseedor de un don de gente, sabroso. Realizador de la primera road movie venezolana: "El cine soy yo" (1977); película que contó con la participación de la actriz francesa de la época de Godard: Juliet Berto. Roche también cuenta en su haber con un documental sobre Carlos Cruz Diez, hecho en el taller del artista plástico en Francia, a principios de los setenta. Si alguien quiere saber sobre el proceso de las famosas fisicromías de Cruz Diez, debe ver este trabajo: "Carlos Cruz Diez en la búsqueda del color".
Si andan por Caracas, están invitados.

domingo, 2 de noviembre de 2008

La carta




Querido hijo:

Cuando leas esta carta ya estarás lejos. Se la encargué a tu tío para que te la entregue cuando lleguen a América y estén a salvo de esta locura nazi que hoy nos separa. Sé que será difícil entender, pero sólo uno de nosotros podía viajar, y tu madre y yo apostamos por ti, porque eres lo que más amamos en esta vida.

Se nos advirtió que la invasión nazi está cada vez más cerca, por eso decidimos reunir nuestro dinero para tu viaje. Obedece a tu tío, él te llevará hasta Buenos Aires, allá los estarán esperando unos primos que les darán posada, luego ustedes comenzarán a resolver. Al principio, tal vez, sea duro, pero tendrán la vida por aliada, el resto queda de parte de ustedes.

Tu madre te envía bendiciones. Yo me quedo con ella, te prometo que la cuidaré. Tú cuídate y obedece a tu tío, la vida se encargará del resto.

Te amamos

Mamá y papá

P.D. En la bolsa blanca llevas unas galletas que tu madre preparó, son para el viaje.

Esta fue la carta de despedida que le escribieron mis abuelos a mi padre antes de enviarlo con su tío fuera de Varsovia, en ese septiembre que venía con olor a pólvora en sus pisadas. Mi padre la tenía guardada en una gaveta, dentro de un álbum de fotografías. Una noche me pidió que se la leyera. La noche cuando se estaba despidiendo de la vida.

Mi padre murió esa noche. Fue una muerte breve, sin sufrimiento; como una flor que se marchita y se desprende de su tallo. Alguien que se va en silencio sin molestar a nadie. Amaneció muerto, el viaje lo hizo en la madrugada, como cuando escapó de Varsovia. Los últimos días los pasó en su habitación, pidiendo, de vez en cuando, que lo asomara a la ventana. Le gustaba ver el mundo desde su ventana.

Horas antes de morir leí la carta. Él se encargaba de repetirla palabra por palabra porque se la sabía de memoria. Cada palabra, cada expresión pronunciada con un acento personal, con una voz que lo trasladaba a la casa materna, a la Polonia de mis raíces. La carta reproducida en el tiempo, tantos años y kilómetros de distancia

Querido hijo:

Cuando leas esta carta ya estarás lejos. Se la encargué a tu tío para que te la entregue cuando lleguen a América y estén a salvo de esta locura nazi que hoy nos separa. Sé que será difícil entender, pero sólo uno de nosotros podía viajar, y tu madre y yo apostamos por ti, porque eres lo que más amamos en esta vida

Mis palabras fusionadas con las de mi padre y mi abuelo. Tres generaciones leyendo una carta escrita en polaco. Una carta que le apostaba a la vida y escapaba de la muerte

Al principio, tal vez, sea duro, pero tendrán la vida por aliada, el resto queda de parte de ustedes.

La bolsa de galletas metida dentro de la posdata, como una encomienda de última hora. Unas galletas en forma de estrellas y corazones. Mi padre decía que tenían almendras y avellanas y que mi abuela siempre las preparaba junto al té de las tardes. Las galletas no fueron suficientes para el viaje. Entre él y el tío se las comieron antes de llegar a América. También me contó que pasaron mucha hambre porque el dinero sólo alcanzó para el boleto de partida. El tío robó joyas a su jefe, el dueño de la orfebrería, para poder pagar su viaje. Los bienes del orfebre judío fueron confiscados junto al resto de los bienes de todos los judíos de Varsovia, que de eso se enteraron después, porque al principio, todo era confusión. A los habitantes judíos de Varsovia los embarcaban en trenes, pero los pasajeros no sabían a donde los llevaban tan funestos vagones. Sólo tiempo después el mundo se enteraría de Auschwitz.

Tu madre te envía bendiciones. Yo me quedo con ella, te prometo que la cuidaré. Tú cuídate y obedece a tu tío, la vida se encargará del resto.

Te amamos

Mamá y papá

Mi padre y yo repitiendo al unísono el final de la carta

Tu madre te envía bendiciones. Yo me quedo con ella, te prometo que la cuidaré. Tú cuídate y obedece a tu tío, la vida se encargará del resto.

Te amamos

Mamá y papá

Repitiéndola tantas veces hasta que se nos secó la garganta y los ojos de mi padre comenzaron a humedecerse, ahogados en los recuerdos. Las palabras y los deseos de sus padres abriendo los goznes de una casa vieja y vacía, volando sobre los tejados de Varsovia, reproduciéndose en nuestras voces, escapando de nuestros labios, recorriendo el apartamento como las memorias que viajan desde los tiempos pasados.

Tomó mis manos y detuvo su mirada en la mía, así permanecimos un rato. Sin hablar, sin decir nada, grabando ese instante en nuestras memorias, guardándolo como un recuerdo. Me pidió una sonrisa, pero yo estaba llorando, me sentía triste. Logró hacerme reír, apretándome la punta de mi nariz como cuando era una niña

- Tengo la última sonrisa de mi padre grabada en la memoria

- ¿Cómo era?

- Fresca y pequeña

- ¿Dulce?

-

- Ahora tengo la tuya

- Y yo la tuya

- Viste, la podemos reproducir en nuestra cabeza. Como en el cine

Mi padre y sus versiones fílmicas de la vida. Para él la vida es una película que se graba diariamente. Una película con tomas memorables, también escenas muy aburridas, algunas tristes, otras alegres. Decía que sólo bastaba tener un ojo observador y cuidadoso para detener las mejores escenas, como esa, la de la sonrisa de su padre al despedirle. Con una sonrisa le di las buenas noches, él me devolvió la suya, la última porque esa noche murió.

Dicen que cuando morimos desandamos por nuestros caminos, que hacemos un viaje por el mundo de los vivos antes de irnos. También se dice que algunas personas, recién fallecidas, se despiden de los suyos. La noche en que murió mi padre no sentí ningún evento fuera de lo normal, más allá de la ventana abierta con su cortina meciéndose con el viento.

Tal vez mi padre también haya viajado a Varsovia antes de morir. Quizás volvió a la casa de mis abuelos para recordar su vida antes de los nazis. Imagino a mi padre caminando en silencio sobre las calles de Varsovia, refugiado por las luces de los faroles nocturnos. Llegando a la casa de su infancia, parado al frente de ella. La casa, en un principio, oscura y vacía, se iluminaría y poblaría a su llegada. Mi padre abriendo los goznes de la reja y entrando con pasos prudentes pero también curiosos. Observando como era todo antes de su partida. El árbol en la entrada, las flores en el balcón, una bicicleta pequeña recostada en la pared, cerca de la puerta. La casa está habitada. Un niño como de siete años asomado a la ventana, es el único que lo ve llegar. Mi padre parado frente al niño de la ventana, separados sólo por el cristal y los años y la guerra y el exilio. Un niño con el rostro rociado de pecas, un mechón de cabello despeinado, los ojos verdes y grandes como los del hombre que acaba de llegar. Mi padre frente a él mismo tantos años después. Después de la guerra, después del exilio, después de la muerte. El niño con un auto de juguete en sus manos, olvidándolo cuando vio llegar al hombre, al viejo. Con la memoria fotográfica de mi padre, él detendría la mirada en la expresión de asombro y temor del pequeño de siete años. Y la mirada de él, hombre viejo, ante el reconocimiento de sí mismo en el pasado. Él posando su mano sobre el picaporte, sin necesidad de abrir la puerta porque ya estaba abierta, sólo se necesitaba empujar levemente y abrirse paso. El niño que sale corriendo a esconderse ante la repentina visita del viejo, dejando olvidado en su escape el auto con el que jugaba. El viejo parado en la sala viendo la radio que estaba en un rincón, al lado de otros objetos. Los pasos de mi padre no se sienten, es como si sus pasos fuesen etéreos. Un olor a dulce sale desde la cocina. Él se para en la entrada y ve como la madre prepara las galletas, extendiendo la masa, cortando con un molde en forma de corazón las galletas que irán al horno. El hombre se arrincona al lado de la despensa, como un ratón a olisquear el dulce aroma mientras ve como la madre extiende la masa, corta las galletas, las mete en el horno y saca las que ya están listas, guardándolas en un recipiente transparente, poniéndolas en la vitrina donde él no las puede alcanzar porque es muy bajito, sólo tiene siete años.

El viejo que vuelve a su pasado, sale de la cocina y llega hasta la habitación donde está el padre sentado en su escritorio, leyendo un libro. El viejo se para al frente del hombre que lee. Lo observa. El lector no se percata de su presencia, está muy ensimismado en su lectura. El visitante lo mira y se da cuenta que está mucho más viejo que su padre. El padre y la madre que no tuvieron tiempo de envejecer.

Ya es muy tarde, es hora de marcharse. Las despedidas no pueden ser muy largas porque a uno le dan ganas de quedarse. Ahora hay que ir por el muchacho, él debe entender que hay que irse.

La habitación está en el segundo piso junto al cuarto de los papás, para poder entrar hay que tener cuidado para no tropezar con los juguetes que el niño deja regados. Un soldadito de plomo, un hombre de goma que se estira y estira, algún taco para armar. El niño acostado en la cama, sin poder dormir porque tiene miedo. Con la almohada cubriéndose el rostro, asomándose furtivamente para fisgonear al viejo que entra en la habitación. No hay que tener miedo. El viejo se acerca a la cama y le ofrece una sonrisa, el niño lo mira con desconfianza, se niega a reconocerlo. El viejo mete la mano en su bolsillo, saca el juguete que el pequeño dejó en la sala. Se lo entrega y el niño sonríe

− Vamos, ya es hora.

El viejo que le ofrece la mano al niño, el niño que lo mira con sus ojos grandes y verdes. Los dos que se reconocen, una sonrisa en medio del silencio nocturno. El niño que acepta la mano del viejo. Los dos que se van con la noche. El auto de juguete que permanece sobre la cama, la ventana que se queda abierta con el viento colándose entre sus cortinas. La casa que vuelve a quedar a oscuras y vacía.

Carolina Lozada

Ilustración: Lewis Hine

viernes, 31 de octubre de 2008

La bruja


Cierra las cortinas para comenzar el conjuro. Lo acuesta en la cama, le abre la camisa, le ausculta el corazón, aún está vivo. Le pide que cierre los ojos y que no los abra hasta que ella se lo ordene. Se aproxima a su bolsa y entre pequeñas botellas de distintos colores saca una de aspecto alquimista y azul como fluidos eléctricos. Pasa frente al espejo y éste le devuelve, apenas, un reflejo de sus movimientos. Se acerca al hombre, él abre la boca y ella entra en forma de fluido. Hombre moribundo por dentro, espacio rojo y nocturno, reducto de la acumulación del tiempo. Hombre ajeno a cualquier pertenencia, simiente de manifestaciones telúricas. La bruja se detiene a explorar cada molécula incrustada en el cuerpo sobre la cama. Huele, toca, escucha. Sobre el techo se acomoda la noche, se oyen pasos con música. Ella murmura encantamientos, palabras que el viento disuelve con la boca. Él se mueve, ahora es el hombre que está dentro de ella. Dos manos que exploran dos pechos menudos, una mano que se coloca en el centro y lo cuida celosamente. Un espasmo químico que intenta abrir los ojos del hombre, pero que ella cierra con sus labios. Desde adentro se ven subterráneos de luces y firmamentos con lunas llenas y cuartos menguantes. La palabra sale ahogada de la boca en una lengua que no existe. Amor. Dios. Sí. Mátame. Ella le pide que abra los ojos. El hombre va abriendo su mirada y una sonrisa le devuelve su vitalidad. Él puede entrever en medio de las persianas de sus párpados como ella, con su mano, le clava el corazón. Pronto la bruja se disuelve en el espejo, la habitación queda a oscuras con el sonido de un corazón agonizante.


Carolina Lozada