domingo, 2 de agosto de 2009

Onetti, un domingo



“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada” (Los adioses, 1954).

Recuerdo mi primer encuentro con Onetti, ocurrió en Caracas, bajo el puente de la avenida Fuerzas armadas, en el rincón de remate de libros usados. Era domingo y los libreros ofrecían precios especiales para los lectores que preferíamos ir en búsqueda de lecturas que del perdón cristiano en las iglesias. Yo había comprado varios libros y me quedaba poca plata, tan poca que podía adquirir sólo uno más. Removí los textos en el mesón con la rapidez y habilidad que tenemos las mujeres para buscar gangas en las tiendas, y fue ahí cuando me topé con dos títulos de dos autores disímiles, en su oficio y en su posición frente a la vida, uno de los libros era Para una tumba sin nombre de Juan Carlos Onetti, el otro: La colmena de Camilo José Cela; ambos tenían el mismo precio y estaban publicados bajo el mismo sello editorial y dentro de la misma colección. No había leído a ninguno y tenía que decidirme. Lo primero que hice fue leer ambos inicios, soy de las que cree en los buenos arranques. Si un escritor pierde un cuento o una novela después de haber logrado un buen arranque es un hecho lamentable. Afortunadamente con Onetti no ocurrió esto, sus historias se mantienen sostenidas por el dominio y la destreza de un buen escritor, exigente, laborioso, entregado hasta el frenesí en su oficio.

Reproduzco el inicio que me inclinó hacia Para una tumba sin nombre: “Todos nosotros, los notables, los que tenemos derecho a jugar al póker en el Club Progreso y a dibujar iniciales con entumecida vanidad al pie de las cuentas por copas o comidas en el Plaza. Todos nosotros sabemos cómo es un entierro en Santa María. Algunos fuimos, en su oportunidad, el mejor amigo de la familia; se nos ofreció el privilegio de ver la cosa desde un principio y, además, el privilegio de iniciarla”. Pero como en la vida no todo es literatura hubo otra razón para escoger esta novela, una razón más bien sentimental: el hombre que me acompañaba esa mañana había nacido en Montevideo, así que no lo pensé más y metí a un uruguayo dentro de mi bolso, y con el otro me fui caminando de la mano.

Con el tiempo me hice adicta de la escritura onettiana. Más adelante, en tiempos de tesis universitaria, me enteré de que el uruguayo se había referido a Camilo José Cela como un “mal escritor, peor persona”. De modo que creo tomé una buena decisión, y si sumo a esto los apartados 4 y 5 de Roberto Bolaño en sus “Consejos sobre el arte de escribir cuentos”, cualquier curiosidad que haya quedado suspendida sobre la obra de Cela se extinguió en algún remoto domingo: “Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”, “Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”.

Títulos como El Pozo, Los adioses, Juntacadáveres, El astillero, “Jacob y el otro” no hicieron más que azuzar mi adicción. Pero el trancazo definitivo vino con La vida breve, con ésta se produjo la epifanía. Y vale aquí una confesión testamentaria, por si acaso muero mañana —todos vamos a morir mañana— si me preguntan por las novelas que me han causado mayor impacto he decirlo: Crimen y castigo y La vida breve.

El pasado 1 de julio a Juan Carlos Onetti se le ocurrió cumplir cien años. Su natalicio pasó un poco desapercibido, como ocurrió ciertamente con su vida y obra. El uruguayo siempre fue un autor de bajo perfil, un poco huraño a la sobre-exposición pública. La celebración fue discreta, más bien íntima. Nada que ver con los recordatorios, delirios y homenajes cada vez que Cortázar anda de cumpleaños, pero bueno, que no es para lamentaciones ni recriminaciones que hago esta nota, sino para celebrar escrituras necesarias y amadas. En algún momento pensé escribir para esa fecha aniversaria pero luego decidí posponer, a mí tampoco me gustan las infames canciones de cumpleaños.

De Onetti se han dicho muchas cosas, que si su misoginia, que si su morboso pesimismo. A mí estos postulados me aburren, prefiero leer lo que escribió la periodista María Esther Gilio con su certero y encantador estilo. Considero que Gilio es quien logró acercarse de manera más efectiva al nada dócil escritor.

Comencé este breve texto con el inicio de Los adioses, y para ser coherente quiero cerrarlo con ese final tan sobrio y limpio:

Casi sin respirar, miré a la muchacha que inclinaba la cara sobre el conjunto inoportuno, airadamente horizontal, de zapatos, pantalones y sábana. Estuvo inmóvil, sin lágrimas, cejijunta, tardando en comprender lo que yo había descubierto meses atrás, la primera vez que el hombre entró en el almacén —no tenía más que eso y no quiso compartirlo—, decorosa, eterna, invencible, disponiéndose ya, sin presentirlo, para cualquier noche futura y violenta.

miércoles, 15 de julio de 2009

Una vaca en mi ventana

Cuando miro por la ventana de mi apartamento y veo esa vaca solitaria que, mañana tras mañana, mastica el escaso pasto que tiene a su alcance dentro de un terreno adyacente a una casa vieja y de tejas rojas, entiendo que vivo en una ciudad en tránsito entre un pasado campesino muy próximo y un presente que intenta ser urbano. Esta última reflexión me da en la cara después de haberme fijado en la vaca y toparme en el ascensor a un joven estudiante universitario, pálido, vestido de negro y con aspecto vampiresco. El joven baja conmigo hasta el sótano y escucha, en un aparato portátil, esa música que le deprime hasta la sangre. La vaca y el emo me hacen pensar en ese ambiguo lugar desde donde escribo y en su incidencia en mi escritura.

Vivo y escribo en Mérida, ciudad en donde el tiempo transcurre más lento y a veces tiene asomos de postales de inviernos extranjeros. Creo que el hecho de escribir en este lugar interviene en mi proceso creativo a pesar de que mis cuentos no necesariamente ocupen sus rincones. Digo que interviene la dinámica de la ciudad que se debate entre esa cosa nostálgica y color sepia, la vitalidad de una ciudad que no envejece sino que se renueva en un rostro joven y estudiantil, y el presente de un país tomado, como aquel cuento de Cortázar. Entre esas aguas trato de nadar, entre la nostalgia, el vigor y la desolación, entre el aroma del café de una abuela muerta y el olor maloliente de un uniforme expuesto, demasiado tiempo, al sol.

Como narradora me inscribo en ese tránsito entre un ayer poblado de fantasmas y casas con largos corredores, y un hoy con séptimos y octavos pisos, de ventanas abiertas hacia la intimidad de los vecinos, habitantes de un presente urbano en el que me gusta imaginarme historias protagonizadas por personajes extravagantes y ridículos.

La casa, generalmente astillada y derruida, es mi lugar del ayer, donde instalo memorias, los muertos que siguen desandando territorios que ya no les pertenecen, el tiempo pasado de los coroneles y su olor herrumbroso; mientras que los balcones y las ventanas de los edificios son el lugar presente desde donde muevo a mis personajes travestidos, mis alcohólicos solitarios o mis pedófilos en proceso de rehabilitación. Lugar citadino y actual donde, también, puedo observar desfiles de soldados y caudillos posmodernos, imagen que me permite entender que en este país tan frágil el pasado es apenas un velo que el presente rasga con facilidad para entrar en él. Sin embargo, y a pesar del ruido que producen las pisadas de las botas de hoy, no me interesa tanto contar sus pasos. Ante el ruido de las polainas prefiero subir el volumen de la música y escribir desde ciudades imaginarias, sobre personajes arrinconados y jodidos pero poseedores de buen humor, porque el humor es un buen arma para enfrentar el miedo.

El tema propuesto en la bienal me obligó a reflexionar y hasta a teorizar sobre lo que escribo, y esta situación me puso tensa, porque al hacerlo debí ubicarme más que como escritora como una persona que ha estudiado Letras y sabe, más o menos, catalogar las tendencias literarias

Entre pensamientos diversos me decía: mi primer libro está abarrotado de suicidas, tanto así que debió llamarse Libro de suicidios o algo parecido. El segundo inventa incidentes que no ocurrieron, con imágenes de cine en blanco y negro. Lo que estoy escribiendo ahora tiene otro tono y una postura distinta. Lo de ahora es más bochornoso e, insisto, ridículo. Mis personajes actuales son patéticos y neuróticos. Es inevitable pensar en las enseñanzas de la sociología y el sentido común, que nos recuerdan, como Gabriel Payares en esta misma mesa, que uno no puede escapar completamente del referente real desde donde se escribe, aunque haga literatura fantástica. Ante esto me pregunto, apelando ahora a los dictados del psicoanálisis y otro sentido común: ¿será que la formulación de mis nuevos personajes obedece a una respuesta inconsciente ante la locura real que estamos viviendo, realidad nacional de la cual es mejor reírse para no sucumbir ante ella? Realmente no lo sé, respondo con una candidez que prepara la introducción de la intertextualidad. Yo prefiero pensar que lo que escribo en estos momentos está influido por el cine y por escritores como Copi o los norteamericanos Saul Bellow y Edward Louis Wallant, que me ayudan con una memoria prestada y geografías apenas soñadas, con laberintos difíciles de cartografiar.

Cuando regreso a mirar un mapa más tangible, noto que escribo desde la provincia de un país provinciano, y esta circunstancia, en términos de promoción y difusión literaria, hace más precarias mis posibilidades de ser leída. Se trata de una topografía literaria que funciona como muñecas rusas, que me hacen pensar en todas las matrioshkas que hay encima de mí. A veces el lugar de escritura se compone de capas geológicas, que sobrepone una edad sobre otra, y una plataforma de promoción sobre otra, y todos esos niveles podrían aplastarnos. Los que escribimos en esta ciudad corremos el riesgo de que nuestras historias se queden encerradas dentro de las montañas. Pero la mitología y el Asterión de Borges nos enseñan que hay un hilo que puede hacer que escapen los relatos.

Mis cuentos se valen también del tránsito entre el lugar escurridizo de la memoria y la cotidianidad del que hablé antes, y el territorio portátil de toda lectura posible. A veces nos leen los miembros de un jurado y ellos, asumiendo su autoridad, mediana o grande, en la conformación del status literario, se encargan de darle movilidad a nuestros escritos. Debo reconocerlo: el hecho de que La Casa de las Letras Andrés Bello haya publicado y puesto a circular mi primer libro a un precio irrisorio, después de haber sido premiado en un concurso, ha contribuido a que tenga algunos lectores, algunos más optimistas y buena gente que otros, pero lectores, en definitiva.

Pero el mecanismo más eficaz para dar a conocer mi trabajo ha sido la difusión digital, que nos obliga a definir el territorio portátil como el territorio por antonomasia. Un territorio, además, ubicuo y simultáneo en el que pueden convivir un apartamento y una vaca en distintas ventanas fácilmente intercambiables en la pantalla de la computadora, en la que sobreviven la abuela muerta y sus costumbres campesinas y el uniforme maloliente de un general.

Las publicaciones digitales sirven para reacomodar las instancias de lectura, a veces a golpes de azar, es verdad, como ocurrió en mi caso. Porque es difícil poner el dedo en esa profusión de papel que no es papel, en tantos y tantos escritos que se sobreponen como en el palimpsesto más complejo y confuso que haya podido pensarse. Hoy estoy aquí y se me dio la oportunidad de escribir en “Quimera” gracias al blog 500 ejemplares. De igual manera, uno de mis cuentos aparece publicado en la antología del cuento venezolano hecha en Eslovenia porque Juan Carlos Chirinos, encargado de la compilación, lo leyó en Letralia, el portal digital que mantiene Jorge Gómez Jiménez.

Regreso a la vaca, al muchacho pálido. Vuelvo a la habitación de la escritora, a su espacio propio, ganado por señoritas con nombres antiguos. La encuentro ya no dispuesta a tener sólo una habitación. Ella también quiere salir de ese espacio. La veo que mira por la ventana, convencida de su derecho de poder averiguarles la vida a sus vecinos; malas costumbres aprendidas de un señor llamado Onetti, y de otro, más joven, de apellido Wallant.

La escritora piensa en el tiempo de sus historias, no sabe en cuál detenerse, y mientras se decide escribe en ambos tiempos para no dejarlos tan íngrimos, tan solos. Desde la ventana de su habitación ve la ciudad en que vive e imagina otras calles sin nombres, excusas para tener la autonomía de nombrarlas. Yo estoy de acuerdo con ella, creo que está en su derecho, porque ¿cuál otro puede ser el lugar del escritor sino aquel que él puede crear?




jueves, 18 de junio de 2009

Julia Roberts


Cuando la madre de Pilar se enteró de que su hija era lesbiana, le recomendó que tomara clases de defensa personal. Un homosexual tiene mayores probabilidades de sufrir acoso y ser golpeado en la calle por grupos religiosos y homofóbicos, le advirtió la previsora madre. Pilar cogió consejo y aprendió algo de artes marciales, así que la noche en que caminaba por el boulevard de los pintores y escuchó unas llamadas de auxilio, hechas en lengua extranjera: ¡help, help, me matan!, y vio cómo un hombre atacaba a una travesti, gringa y pelirroja, empleó los conocimientos aprendidos de su maestro chino. Par de patadas, algunos manotazos, más unos griticos estilo Bruce Lee fueron suficientes para alejar al rufián envalentonado.

Agradecida, la gringa travesti se levantó del piso con algunas uñas postizas faltantes, la peluca echada de lado y una teta menos, porque la izquierda se le había caído dentro de una alcantarilla, en medio del ataque sufrido. Gracias, gracias, mi nombre es Julia Roberts, gracias, no hablar mucho español, gracias.

Julia Roberts en realidad se llama Peter Smith, y es una prostituta neoyorkina que se vino a Mérida siguiéndole los pasos a un negro brasileño que la dejó varada en el Birosca. Con lágrimas en los ojos, que le regaban el rímel, Julia Roberts le contó a Pilar que Cafú, el brasileño nordestino, la dejó bailando en medio de la pista del bullicioso bar mientras él se iba con una alemana que había conocido esa noche. Cafú, que en el fondo era tierno, le metió una nota dentro de su corpiño. Discúlpame, my sweet honey, eu sou um canalha, decía el papelito que el barman tuvo que traducirle, porque Julia Roberts no entiende bien otra lengua que no sea la del Bronx.

Esa noche, cuando la pelirroja regresó a la habitación del hotel, no encontró ninguna pertenencia, ni siquiera su pasaporte, así que se vio obligada a salir a rebuscarse la vida en la calle de las caminadoras, para hacer dinero y poder regresar a su país.

Pilar y Julia Roberts se hicieron grandes amigas, y desde entonces he tenido que convivir con mi novia lesbiana y su amiga travesti, quien al principio llegó a nuestro apartamento como una refugiada por algunas noches, pero con el tiempo se fue quedando, alegando excusas como la desatención de la que ha sido víctima por parte del gobierno de su país, que ha estado muy ocupado en la reconstrucción post-Katrina, y que no tiene tiempo ni cabeza para resolver casos de ciudadanas norteamericanas que se encuentran en estado ilegal, en un suburbio latinoamericano.

miércoles, 27 de mayo de 2009

A pesar de la otra


Soy de las personas a las que cuando asisten a eventos públicos —recitales, foros, tertulias, conversatorios, reuniones bohemias— se les activa una vocecita mandona en el cerebro que dice: deberías ir a tu rincón a escribir tus cosas. Junto a la vocecita se me instala un cosquilleo que me incita a emprender mi retirada. Aunada a la vocecita y al cosquilleo aparece mi precaria capacidad de comunicación. Lo confieso, soy un sujeto bastante asocial. Y esto no creo que sea petulancia, al contrario, sé que es timidez.

Hasta hace poco menos de un año asistía con relativa frecuencia a recitales y a presentaciones de libros, hasta que la vocecita paranoica pudo más que los innumerables versos malos que en medio del recital eran apagados por los sonidos de los saltamontes nocturnos. Esa era mi manera de desconectarme del recital, siguiendo el sonido de los saltamontes—siempre he asociado el ruido que producen con el balanceo de los columpios en los parques—.

Poco a poco he dejado de asistir a recitales, sobre todo desde que en este país los recitales y poetas se dividieron políticamente y actúan como grupos de choque. Ahora bien, a las tarimas y los escenarios que me impliquen como oradora, frente a un grupo de personas, les tengo más temor que a unos versos malos. Mi reticencia se produce al ponerme en el lugar del oyente, ¿qué les voy a decir? ¿Acaso están interesados en escucharme? Antes de comenzar a hablar me pregunto si los oyentes acudirán a las viejas estrategias de deslizarse de sus asientos, con sumo cuidado, para ir saliendo en puntitas de pie y una vez fuera del recinto pegar la estampida.

Sin embargo, y a pesar de mis temores y reticencias, decidí aceptar la invitación a participar en el conversatorio en las pasadas jornadas de creación de la ULA.

La cosa presagiaba una marea alta que me podría ahogar. En primer lugar, la moderadoraa quien le tocaba presentarme no asistió. En segundo lugar, se acercaba la hora de la cena en el comedor universitario y mi otro yo me decía: Para mí que se te va a armar la podrida. Estos muchachos se van a ir al comedor. Pero, a pesar de sus oscuras premoniciones, mi otro yo apocalíptico esta vez salió derrotado. Luis Moreno Villamediana me salvó del naufragio y fungió como moderador, los muchachos se quedaron a escucharme y a charlar conmigo. Y la poeta Edda Armas, otra de las invitadas de las jornadas, también nos acompañó.

Hablé del oficio de la escritura, de la disciplina y pasión que requiere, de los horizontes y espejismos que se le presentan a los escritores. Les eché un cuento, un cuento que les gustó. Al parecer todos quieren a “Pilar”, ese fue el cuento breve que leí. Algunas personas me han escrito, de manera anónima, para pedirme fotos de esa muchacha, y si es posible de su amiga Fabiana. Eso sí, lo hacen con mucho respeto. Me escriben algo así como: Estimada amiga, ¿sería usted tan amable de colgar una foto de Pilar en sus tejados? Atte., XXX. P.D. Se agradece no sea una foto tipo carnet.

Vuelvo al conversatorio, traté de ser breve para evitar ver con el rabillo del ojo los cuerpos deslizarse, cuidadosamente, de los asientos, dispuestos a escapar. Traté de ser breve para evitar ver los bostezos de mi otro yo y sus mohines señalándome cómo el recinto se iba quedando vacío.

Tuve suerte, la pasé bien. Creo que los estudiantes también. Me lo decía el tiempo transcurrido y ellos ahí sentados, escuchando atentos, haciendo preguntas y comentarios. Me sorprendieron algunos hablándome de mis cuentos, haciéndome preguntas estructurales de algunos relatos.

Este post lo escribí incitada por la curiosidad de los amigos Andromeda, Alexánder Obando y Gustavo Valle, y para agradecer el comentario de Mishka, quien no se escapó de su asiento y se quedó sentada sin hacerle caso a esa vocecita cizañera que le decía: ¿qué haces aquí?...

sábado, 16 de mayo de 2009

A echar cuentos


Pedro Varguillas y Fabián Coelho, estudiantes de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes, conductores del programa radial La expulsión del paraíso y organizadores de las IV Jornadas de Creación Literaria me invitaron a hablar del cuento y a echar cuentos el martes 19 de mayo a las 4:50 de la tarde en la Cátedra Simón Bolívar de la Facultad de Humanidades y Educación. Invito a los que estén cerca, a los aburridos, a los que no tengan más nada que hacer, a los que están haciendo tiempo mientras abren las puertas del comedor universitario, a los que no quieren ir a clases y necesitan una justificación académica para cubrir su inasistencia, a los que se quedaron con las ganas de ver a Café Tacuba, a los eternos asistentes a eventos con refrigerios, a los que quieran ir a hacerme caras mientras se desarrolla el conversatorio, a los que no tienen más remedio que acompañarme; a todos los invito. Y si no les provoca ir el martes a esa hora pueden hacerlo el lunes, el mismo martes en la mañana, el miércoles y hasta el jueves porque la cosa se extendió. En el link de las jornadas pueden encontrar la programación completa de la actividad y los nombres de los invitados.

jueves, 7 de mayo de 2009

Lo. Lee. Ta


Estas últimas semanas he estado escribiendo y leyendo como un preso sin más oficio. Mi lectura es desordenada, como creo debe ser la lectura. Por mis manos han pasado las historias de Paul Auster, Barrera Tyszka, Eduardo Berti, Copi, Francisco Ruiz, un narrador español a quien voy a reseñar próximamente, Hebe Uhart y las anécdotas de los posts de la comunidad bloguera en la que habito. He escrito textos para mi blog clasificados, en su mayoría, dentro del renglón de “conversaciones de café” porque no son cuentos, tampoco crónicas, para mí son armatostes que hago a partir de una anécdota o un detalle.

También me he dedicado a hacer algunos breves ensayos sobre la escritura de otros escritores, alimentando de este modo la máquina de la escritura sobre la escritura. Sin embargo, mi interés central en este momento es la historia de un personaje llamado Manuel (el novio de Pilar), sobre el cual llevo unas cuantas páginas y el monstruo sigue creciendo como si le hubiera puesto levadura. Esta monstruosidad de la escritura me encanta. Todo puede empezar con una frase, con un nombre, con una acción y de pronto: tienes una comarca de individuos, situaciones y neurosis viviendo dentro de tu cabeza, habitando en tu computador. Grande la locura de la escritura.

Tan ensimismada he estado que ni siquiera me había enterado de que la ciudad en la que vivo está medio destruida por las manifestaciones estudiantiles ocurridas a raíz de la muerte de un estudiante en una protesta. De esto me enteré por un amigo que vive en el extranjero, quien me escribió para preguntarme si era cierto que Mérida estaba ardiendo como Roma en tiempos de Nerón. Me entero, le dije, gracias por avisar desde el exterior sobre lo que ocurre en mi ciudad. Luego me informó que por causa de las lluvias Mérida quedó incomunicada con otros Estados. Pardiez, y yo pensando en Manuel. En Caracas tembló y yo viendo cómo le resuelvo la vida a Manuel sin Pilar.

Hoy en esa búsqueda de qué leer me reencontré con Lolita, la muchacha erótica de Nabokov. A Lolita la acompañaba una portada de Balthus. El dúo dinámico, pensé. Abrí el libro y leí con deleite el sublime inicio de la novela:

“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.

She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita”.

Esta entrada es una de las mejores que he leído. Me gusta esa musicalidad que brota en cada movimiento de lengua para formar la palabra L O L I T A. Con este juego, Nabokov logra transmitir la sensualidad que deja en el aire su dulce y maliciosa creación. Debido al placer que me produce la lectura de buenos inicios (Cortázar es un maestro en esto) he optado por armar algunos posts que hablen sobre estos comienzos de libros.

Mientras tanto la ciudad seguirá ardiendo y frente a la muerte el Gobernador dirá: “el joven (...) no está muerto. Él está sembrado en el frondoso suelo de la revolución”. Ante tanta oscuridad incendiaria prefiero encerrarme y atajar esos sonidos que revolotean como mariposas: Lo. Lee. Ta.



viernes, 1 de mayo de 2009

Vida con perros... y con gatos también

La primera vez que vi a Atenea ella estaba dormida y metida dentro de una cajita. La despertaron mis cursis ronroneos rendidos ante su dulce presencia. Tiempo después, cuando me encontré a una perra marrón abandonada en una fría y solitaria carretera del páramo no pude menos que recogerla y abrigarla entre mis brazos. Durante varios días la perra marrón vivió conmigo sin tener nombre propio, me negaba a nombrarla de algún modo porque me decía: si le pongo nombre se queda conmigo y la idea original era buscarle casa. Pero pasaron semanas y pocos estuvieron interesados en hacerse responsables de una perra marrón y sin alcurnia. Un domingo me desperté, la vi al lado de mi cama, me miró y le dije: Sol.  



Debido a mis constantes mudanzas Sol y Atenea ahora viven con mi madre. Ellas, junto a Coco, son la sustitución de los nietos que no pienso darle a mi querida progenitora. La historia de Coco es bastante conmovedora: un perrito negro y pequeño que andaba en la calle sufriendo todo tipo de maltratos (fue atropellado por un auto, en una pelea perdió un colmillo y tenía que soportar las patadas y burlas de algunos miserables). Coco olía muy mal y siempre andaba merodeando por ahí. Mamá lo alimentaba en las afueras de sus dominios hasta que poco a poco fue haciéndose de la casa. Ahora Coco duerme a sus anchas, perdió sus temores y pudores iniciales  y es tan señor de la casa que es muy común verlo dormido boca arriba con las patas de lado a lado.    

Hace años llegó un gato pequeño, blanco y amarillo. En mi familia nunca habíamos tenido gatos, nuestra debilidad siempre han sido los perros, pero ese gato amarillo nos enganchó con su ternura. A mí se me ocurrió nombrarlo Don Gato, y así se llamó hasta que se fue. Un día Don Gato, adulto y apuesto, llegó con un pequeñito igualito a él. Nos conmovió su responsabilidad paterna, al pequeño decidimos llamarlo Benito, como el más pequeño de la pandilla. Alertada ante el número de gatos pertenecientes a la pandilla del gato animado mamá decidió no aceptar nuevos animales, así que nos quedamos con este par de hermosos felinos.

Tengo muchas historias con animales, tantas que podría hacer un post con cada una de ellas. Ahora recuerdo al entrañable Lautréamont, nuestro perro de la Escuela de Letras, un viejo mucuchies, blanco y hermoso, la mascota oficial de “Los verdes” (nuestra sociedad de ecologistas, mariguaneros, protectores de animales, sembradores de árboles). Cuando Lautréamont murió se le hizo un entierro muy a tono con  nuestras actividades en el bosque de la Facultad de Humanidades y Educación, fue enterrado en el centro de tres árboles, en el corazón de los rayos del sol.

Toda persona que camina conmigo está acostumbrada a verme diciéndoles “hola” a los animales que nos cruzamos en nuestros paseos. Es parte de mi conducta animal. Con los animales me he llevado mejor que con muchos humanos y esto suena a lugar común, pero es cierto.

Cuando voy de visita a mi casa materna Atenea, Sol y Coco salen a recibirme con el mismo amor de siempre. Sol, como es el centro del universo, me coge de la muñeca con su hocico para que me dedique a ella por completo, mientras Coco da saltitos alrededor y Atenea da saltos que llegan a mi rostro. Cuando me siento frente al computador ellos se echan a mi lado y me acompañan mientras escribo. Hace años cuando escribía un libro, que ahora está en proceso de publicación, me impuse un horario madrugador: escribía a partir de las 4:30 a.m. Durante par de meses me levantaba a esa hora y mientras la computadora se encendía ponía a hacer café y ahí mismo iban levantándose mis adorados perros a hacerme compañía. Ellos son parte de ese libro.


En estos momentos no tengo perros viviendo conmigo, pero sí estoy rodeada de gente que los tiene. Gabi tiene a Lulú, una perra salchicha con ínfulas rusas (ella cree que ladra en ruso), heredera de la familia Nabokov. Tiene a Lucas, el hermoso y juguetón compañero de Lulú. Luc un bóxer simpático y muy dado a las ventosidades. Turco, un bello perro homosexual de ojos claros. Carlota, una cachorra venida de la madre patria, Canuto y sus temores a la lluvia. Sally y sus bonitas patas blancas, Oti y su vejez ciega y reposada. Paco y su rostro escondido entre tantos pelos, Dana y su odio a Onetti (rompió  con ferocidad El astillero).  Muñeca, la querida Muñeca, viviendo con Napo, un buen verde.

Este post no estaba previsto, surgió cuando leí una nota sobre el gato Fidel en la BBC. Fidel es un gato lector, como el gato de Adela.