sábado, 11 de septiembre de 2010

Buenos días, Señorita

Muchos hombres se remiten al pasado para recordar con cariño y confesar, con cierta vergüenza, que su primer amor fue su maestra. Éste no es mi caso, si hay algo de lo que estoy completamente seguro es de que nunca quise a mi maestra; por el contrario, siempre la odié y todo fue por su culpa. Estaba en tercer grado, las clases comenzaban a las 7 de la mañana, yo debía esperar el transporte al frente de mi casa con el rostro aletargado del niño que detesta dejar su cama tan temprano. De lunes a viernes era lo mismo, salvo fechas patrias y fines de semana. Odiaba la escuela. El peor momento ocurría a la hora del recreo, yo era el típico niño aburrido y famélico que nadie quería en su equipo. Al principio intenté integrarme, pero luego desistí y entendí que no era apto para el juego de mis compañeros. Ellos me lo hicieron saber rápidamente con sus burlas y golpes, y fue así como comencé a interesarme por el ajedrez, un juego mucho menos peligroso. En el patio, a la hora del recreo, cuando los niños jugaban y corrían tras un balón de fútbol, yo me quedaba alejado de todos, con el ánimo solitario de quien no quiere estar con nadie. Sí, tengo registrada en mi memoria la imagen del niño de rostro pecoso y de grandes ojos, sentado en un rincón, meciendo los pies al ritmo de sus reflexiones, mirándose las puntas gastadas de los zapatos. Ahí estoy yo, mírenme. Solo y arrinconado mientras las niñas pasean al frente con sus faldas de colegialas, sus risas chillonas, como de ratas coquetas, y esas trenzas brillantes y sedosas. Algunas se ríen de mí, no alcanzo a saber cuál de ellas; mi zapato derecho se nota más gastado que el izquierdo.

Manuel, llamó la maestra al mismo tiempo que hacía un gesto con su mano, para que me acercara. De un saltito bajé de mi asiento, caminé con mis pasos cortos y ese aire tímido que siempre me ha acompañado. De niño es un aire tímido; de adulto es un no sé qué de imbécil que se le implanta a algunos en el rostro; así, como el mío.

—Manuel, ¿por qué no juegas?

Yo no pude responder. Me dediqué a agachar la cabeza y a mirar cómo las puntas de mis zapatos se descoloraban y se iban poniendo más viejas. Ese mismo día la maestra me entregó un papelito al final de la clase, para que se lo llevara a mi madre. Al día siguiente, ambas mujeres estaban una frente a la otra, conversaban en voz baja y me miraban. Mi madre me observaba preocupada y mi maestra me veía a un espécimen que le preocupaba. A poco más de una semana, mi madre y yo estábamos frente a una psicopedagoga, que trataba de entender mi caso. Desde ese día comencé a odiar a todas las maestras y a todas las psicopedagogas del mundo. Si bien antes asistía a la escuela obedientemente, ahora me había convertido en un niño renuente, un animalito asocial que comenzaba a sentir vértigo cuando se acercaba la hora en que el transporte escolar pasaría por mi casa a recogerme.

Iba a clases contra mi voluntad, la pasaba muy mal, sobre todo desde esa vez que un grupo de malnacidos compañeros me jugaron la broma pesada de lanzarme un almanaque de bolsillo, en el que salía una mujer desnuda, con dos grandes aureolas rosadas sobre los pechos. La maestra, al oír las risas ahogadas en el salón, se acercó a mi asiento y se paró frente al pupitre, en donde yo me encontraba con los ojos clavados en los grandes pezones de la rubia del almanaque.

Fui castigado con severidad, llevado frente al director, que me juzgó como un niño de costumbres sucias; palabras que balbuceaba sin poder quitar los ojos de encima de la mujer del almanaque; tal era el baboseo que la maestra se vio obligada a emitir una tos de disimulo para apartarlo de su regodeo pornográfico. Fui castigado con una sanción de varias semanas, y el director se quedó con la fotografía como evidencia del delito. La sanción contemplaba el exponerme públicamente en el patio y obligarme a confesar el delito que no cometí, así como ayudar a Ana, la señora de la limpieza, en sus quehaceres; además de encargarme una ración extra de tareas. Aunado a este castigo se sumaba la reprimenda de mi madre que nunca creyó en mi inocencia.

Mi maestra me tenía vigilado, me hacía preguntas, me pasaba a la pizarra y siempre me ponía de mal ejemplo. Así transcurrían los días después de la incidencia pornográfica, pero a mediados de año un suceso inesperado ocurrió en la escuela que alteró esa desgraciada normalidad. Un lunes apareció en nuestro salón otra mujer. Se nos informó que nuestra maestra estaba enferma y que, por ahora, nos atendería la señorita Martínez. Pero pasaban los días y la maestra no se recuperaba, hasta el día que apareció muerta en mitad del patio, metida en un ataúd con el rostro seco, callado, cerrado. Se nos dijo que no pudo recuperarse de su enfermedad y murió. Nunca se nos informó de qué enfermedad se trataba. Esa mañana debimos hacer fila para ver el grotesco rostro de la muerte. Algunos niños lloraban, y yo, en el fondo, me sentía culpable por estar feliz. Ahora, que puedo hablar, he de decir que después que me increpó por mi timidez y por su culpa me sometieron a exámenes psicológicos, deseé su muerte. Y desde el día que la vi tiesa, pálida y muerta, comencé a creer que de verdad Dios existe y que también cumple deseos oscuros. Sólo años después me enteré de la causa de la muerte de la señorita Gutiérrez, mi maestra. Una tarde, mientras caminaba hacia una de las paradas de los autobuses del transporte urbano, oí una voz que me llamaba. Me detuve y observé cómo un hombre caminaba hacia mí. Al principio, no lo reconocí.

—Soy yo, Pablo, tu compañero de escuela.

Sí, era Pablo el bromista del salón. Se acercó y me abrazó, no correspondí su abrazo y lo saludé con desdén.

—Tanto tiempo Manuel, te reconocí por tu modo de caminar, siempre mirando el piso.

El comentario me cayó malo, pero él tenía razón, qué desgracia. Pablo me preguntó por qué me había mudado de escuela y de ciudad, me preguntó qué estaba haciendo y, sin darme tiempo a responder, comenzó a hablar de lo bien que le iba en la vida. Luego, le dio por recordar “nuestros viejos buenos tiempos de la infancia”. En ese momento su tono se volvió más íntimo y me confesó que fue él quien puso en mi pupitre el almanaque de la rubia desnuda. En medio de una sonrisa burlona lamentó que me hubieran castigado por una broma suya, pero que no podía negar que había sido muy divertido. No pude reprimir una ácida sensación de náuseas, así que busqué excusas para separarme de su lado, pero él seguía hablando, contándome cosas del pasado que ya no me interesaban. Sin embargo, hubo una historia tenebrosa que llamó mi atención: la historia de nuestra difunta compartida. Me dijo que cuando ya estuvo suficientemente grande para entender algunas cosas, su padre le contó que nuestra intachable maestra había muerto debido a un aborto mal practicado, y que el director fue expulsado un par de años después al comprobársele prácticas pedófilas con los niños de los primeros cursos. Asqueado de las experiencias y los recuerdos aberrados de mi escuela me alejé para tomar el autobús, aun cuando mi ex compañero intentaba retenerme un rato más. Me despedí y deseé no volver a cruzármelo en la vida.

Sentado en uno de los primeros asientos del transporte veía cómo Pablo desaparecía de mi vista, con su aún infantil risa burlona y chocante En el autobús, imaginaba a mi modosa maestra de tercer grado acostada sobre un charco de sangre, revolcándose sobre sus dolores de vientre. Recordaba la sucia mirada del director acostada sobre los pezones de la mujer del almanaque. Oía las risas de mis compañeros cuando fui descubierto por la maestra espiando una fotografía que había caído en mis manos y que no tenía la más mínima idea de dónde había salido. Recordaba el regaño de mi madre, las comparaciones que hacía con mi padre, hecho que sólo pude entender esa tarde que, accidentalmente, entre mis juegos de exploraciones encontré debajo de su cama un montón de revistas con imágenes pornográficas. Aún recuerdo cómo mi madre pegó un grito y se llevó las manos a la boca cuando me encontró sentado a los pies de su cama, con una revista abierta, mirando como un hombre, de grueso calibre, penetraba a una mujer por la retaguardia. En esa oportunidad me agarró de las orejas y me encerró en mi cuarto. Luego se fue al patio e hizo una hoguera con las revistas. El ambiente enrarecido olía a papel quemado, a sexo sucio. En mi encierro apenas podía asomarme por la ventana para ver cómo la inquisición quemaba el montón de penes erguidos y vaginas lubricadas.

Esa tarde, cuando mi padre llegó, ella lo abofeteó y se encerraron en su habitación. Desde afuera se escuchaban los insultos Con el tiempo se dejaron, no se llevaban bien y, según mi madre, él tenía otra mujer. Eso lo supe porque la escuché hablando con mi tía por teléfono y, entre otras cosas, le decía que ese hijo de puta andaba con una zorra. Era muy pequeño para entender qué cosa era una zorra en la concepción de mi madre. Para mí, una zorra era un animal, eso nada más. Y no quise preguntarle a ella cómo era eso de que mi padre andaba con una zorra porque, seguramente, me regañaría por estar espiando las conversaciones de los adultos. Sólo el tiempo me enseñaría la similitud que pueden hacer las mujeres heridas entre las zorras y las amantes de sus esposos.

Se dejaron. Mi madre y yo nos quedamos solos por un tiempo, y mi padre se fue con la zorra. Eso fue lo que le dijo mi madre a mi tía cuando ella llegó a casa y la encontró llorando en la cama. Las escuché, yo estaba parado en la puerta y también tenía ganas de llorar, pero no lloré. Pocos años después, mamá encontró un nuevo novio, un hombre apuesto que trabajaba en un casino que había llegado a la ciudad. Ella lo conoció luego de varias visitas que había hecho al lugar, empujada por el hastío de una mujer aún joven y sola. De él no sabía nada hasta que apareció en mi casa y mamá sonreía mientras cenábamos los tres. Luego de comer vimos un poco de televisión. Mi madre se esmeraba en hacer la velada lo más agradable posible, buscaba las maneras de que nos entendiéramos, pero yo no quería saber nada, ni entenderme con él, tampoco quería amargarle aún más la existencia a ella; únicamente pedía con mis cortantes respuestas monosilábicas que no me molestara la vida. Que con mi madre se casara e hicieran todo lo que quisieran, pero que a mí me dejaran tranquilo. A partir de esa noche, su automóvil se quedó en nuestro estacionamiento.

No se casaron, pero sí comenzaron a vivir juntos. Se llevaban bien y mi madre volvía a sonreír. No obstante, el casino se vio involucrado en escándalos de estafas y lavado de dinero, motivo por el cual el nuevo novio de mi madre nos informó que teníamos que irnos de la ciudad. A ella no le gustó la idea, estaba tan acostumbrada a su lugar que no se imaginaba la vida en otra ciudad. Por mi parte estaba bien, pocos amigos había hecho y, la verdad, mi ciudad nunca me gustó.

Nos fuimos, y contrario a lo que suele suceder en las relaciones entre la mudanza y la infancia, yo estaba feliz. Viajamos en el automóvil nuevo de Paul, el nombre falso del novio de mamá. Yo iba en el asiento trasero viendo cómo los lugares conocidos iban pasando frente a mis ojos a la velocidad de nuestro recorrido. Cuando estuvimos a escasos metros de mi antigua escuela cogí un cambur, lo pele completamente y lancé la cáscara justo en la entrada. Mi madre recriminó el hecho, pero Paul le dijo que me dejara tranquilo, que la cáscara del cambur es biodegradable. Luego me miró por el espejo y me sonrió con complicidad, yo le devolví la sonrisa, fue ése nuestro primer intercambio de confianza. Atrás quedó la escuela, la rubia de los pezones sonrosados, el director con sus ojos lascivos sobre ella y la maestra despintada y muerta en el centro del patio.

Ilustración: “The Virgen Spanking the Child before three Witnesses”, Max Ernst

6 comentarios:

Asterión dijo...

¡Qué eficacia! Un ritmo acelerado y una sucesión bien armada de hechos terribles. Todo eso me hace pensar en el "reino de la niñez": infierno para unos, el cielo para otros... y la conciencia...

Saludos

Gabrieru dijo...

Ahora sé que no solo tengo debilidad por quijadas de burras mitológicas, sino también por zorras, conchas de cambur y muertos exhibidos en sitios públicos. Gracias por el buen rato, y por relatos como éste, colmados de gracia, amplitud de espíritu y buen gusto.

Saludotes.

Andromeda dijo...

Lo leí en un sin parar, envuelta completamente en esa prosa trepidante que muestra la podredumbre social que a veces hace tanto daño.
Me divirtió muchísimo, es un relato muy ingenioso y bien armado.
¡Abrazos!!

Adela dijo...

Muy bueno. Creo que muchos se verán identificados aquí, aunque no lo reconozcan públicamente. Una muestra de cómo sacarle partido a la cotidianeidad.
Queremos más.
Gracias.
AD.

Carolina dijo...

Querido Asterión:
En ese cuento más que eficacia hay mala intención. Viejas maldades de una mente ociosa...
Gabrieru: Ya estoy empezando a creer que decidiste emprender un retiro junto a los mineros en Chile. ¿Qué es tu vida, hombre? ¡Ay, la quijada de la burra Alfonsina!
Andromeda, querida: Te he estado espiando y confieso que me ruborizó tu último post porque escribiste como diez reseñas en una sola, sobre los sopotocientos libros que has leído en estos días. De tus últimas lecturas si acaso te puedo comentar sobre el Bartleby y Compañía, de Vila-Matas, pero eso lo comentaremos en tu blog. En cuanto al cuento, te digo lo mismo que a Asterión: pura mente ociosa.
Adela, mi amiga cubana, gracias por pasarte por acá. ¿Y cómo está el gato lector de tu librería?
Amigos, gracias por la constancia y paciencia.
Besos.

Germán Hernández dijo...

Buen Final!!!! la complicidad: así comienzan las grandes relaciones.

Saludos!!!!