miércoles, 24 de marzo de 2010

Diario de un loco. Julieta Dell 1521


El insomnio me mantiene aferrado a mi computadora, paso tanto tiempo con ella que nos hemos vuelto inseparables. A veces la llevo a dormir conmigo; la pongo en un rinconcito de la cama y yo me encojo lo mejor que puedo para no molestarla. Ella no exige mucho, si hay frío titila para que la arrope y cuando hace mucho calor, emite un ruido para que abra la ventana. Otras veces cocina conmigo, ella se queda echadita sobre la mesa mientras me dicta los ingredientes y el modo de preparación de la receta. Como a su lado, ella no come porque siempre está a dieta. Es tan delgada y plana, toda una maravilla. Decidí ponerle nombre en honor a su coquetería, se llama Julieta Dell y su cédula de identidad es 1521.

Mis dedos están llenos de ella, al punto de que el dedo índice derecho ha perdido sensibilidad para otros tactos, debido al caluroso contacto con las teclas que mueven el cursor. Ya lo dije: ella es maravillosa, pero también debo decir que es muy sensible y se molesta fácilmente. Anoche me fui a dormir solo y Julieta se quedó sola en la sala, viendo una película de un Marlon Brando rebelde y en motocicleta. No pude dormir, daba vueltas en la cama intentando conciliar el sueño, pero fue inútil. Pasadas las dos de la madrugada me levanté. Julieta Dell se había quedado suspendida mientras en la pantalla del televisor proyectaban otra de Brandon, esta vez viejo y con voz extraña. Apagué el televisor y me acerqué a ella, pero no respondió. Lo intenté varias veces, sin embargo no me daba su mirada azul. La oscuridad de la pantalla delataba su desamor: No se ha iniciado Windows porque el siguiente archivo falta o está dañado: \windows\system 32\config\system\. Para reparar el archivo inicie el programa de instalación de Windows. Lo sabía, ella quería empezar todo de nuevo, como la primera vez. Tenía el corazón roto, había que repararlo. No debí dejarla sola viendo esa película de un insolente Marlon Brando. No debí, las computadoras son tan sensibles como las mujeres. Qué vaina.

Pasé lo que quedaba de la madrugada intentando hacerla volver, pero no. Ni siquiera quiso jugar una partida de Solitario. Después de las diez de la mañana salí a buscar un técnico, y aunque sabía que cerca de casa había uno muy bueno, decidí ir fuera de la ciudad para encontrar otro que no conociera. Quería que el técnico que la tratara fuera un perfecto desconocido para que no la tocara mucho, ni pillara nuestras cosas, esas fotos comprometedoras, nuestras tiernas muestras de afecto. Cosas de uno, es que vivir solo cuesta. Tampoco deseaba que le hiciera seguimiento a mis asuntos personales, ni que rastreara mis cuentas de correo. No quería darle pie a que me investigaran.

Al técnico vecino suelo tropezármelo en la panadería, en el kiosco de los periódicos y revistas, en las colas del pago de servicios públicos. Y aunque él finja no fijarse en mí, sé que lo hace. Ese hombre que parece una comiquita (flaco, jorobado, con un descomunal afro, y marcadas huellas de una adolescencia no feliz en su rostro) debe manejar todos los IP del vecindario. Seguramente tiene una base de datos con los correos electrónicos de todos nosotros, debe saber quién firmó y quién votó a favor del referéndum constitucional. Además, tal vez sea él quien manda los correos Spam, en los que se hace pasar por un enfermo terminal cuyo último deseo es encontrar a un desconocido para darle en herencia su cuenta millonaria en el extranjero.

A mí no me engaña su aparente indiferencia cuando abre la nevera del abasto y coge litros de bebida gaseosa. Seguramente, en casa debe tener un lector de huellas dactilares conectado a la Oficina Central de Información Policial. A más de un iluso cliente afectado por un virus (que probablemente él mismo ha creado) le debe haber tomado muestras de ADN, extraídas de los pelos que se caen y quedan atrapados en las rendijas del teclado. Sé que todos estos nerditos informáticos son mantenidos por el Intendente, ellos son sus espías. En más de una ocasión he fantaseado con la extinción de su especie, porque eso son: una especie inteligente y rara. A veces he soñado con reunirlos a todos en un festival de cómics y envenenarles las gaseosas. El dilema que no he logrado resolver es ¿qué haré luego con sus cuerpos?

Esta mañana, mientras conducía en búsqueda de un técnico desconocido, entendí que mi viaje era inútil. No importaba cuán lejos estuvieran entre sí, todos están conectados por una red oscura, y todos comparten las mismas malas intenciones. Frente a un semáforo con la luz verde, y una caravana de bocinas empujándome para que arrancara, me convencí de que los técnicos informáticos son una logia al servicio del Intendente para controlar nuestras vidas. Sentí un espasmo en mi ojo izquierdo (suele darme cuando transcurren unos minutos sin tomar mis pastillas) y di la vuelta en U. Entendí que mi búsqueda era inservible y hasta ridícula, no podría reparar el corazón despechado de mi Julieta Dell, era hora de buscarme a otra. Lo siento, Julieta, lo siento. Lloraba al tomar la decisión: era hora de buscarme una máquina más madura, sin achaques posmodernos. Con las lágrimas estallando sobre mi rostro asumí que debía apostar por una vieja máquina de escribir. Era hora de recuperar antiguas cintas roji-negras, sin archivos, sin virus, ni testigos.

Ilustración: Robert and Shana Parkeharrison

11 comentarios:

Asterión dijo...

Sinceramente, la conclusión de este relato es lo más cuerdo, sano y provechoso que uno podría hacer en estos tiempos.

Saludos

Carolina dijo...

Yo lo que creo es que este pana está muy jodido de la cabeza.

Asterión dijo...

Bueno, sí, eso no se puede negar tampoco.

ingenioysoluciones dijo...

1521

Carolina dijo...

Lo mismo pienso, querido Mario, pero al hombre le dio por cambiar de máquina. Por ahí dicen que ahora se la pasa mirando estas páginas, en búsqueda de compañía: http://www.unp.co.in/f44/antique-typewriters-must-see-73616/

Jorge Ampuero dijo...

Certero desenlace para una prosa degustable como la tuya.

Saluditos...

Carolina dijo...

Hola,Jorge, gracias por lo del gusto.
Saludos

DINOBAT dijo...

La locura en realidad no sabe de límites...

Andromeda dijo...

Carolina, he estado muy desconectada pero intento actualizarme.

Me parece que haces una magnífica parodia del mundo en que vivimos.
¡Abrazos!

Carolina dijo...

Mi querida Andromeda, por acá también andamos de perezosas. La pereza es universal. Un abrazote y gracias por no olvidarnos :)
Carolina.
P.D. Curiosamente tu desaparición coincide con el repentino vampirismo que entró en tus tintas. ¿Alguna mordida especial? ;)

Andromeda dijo...

Ja ja, pues yo chupando sangre y te encuentro aquí de pezgetariana (aunque debo decir que no se refleja mucho lo pezgetariana en tus relatos... je je).

Besos. :D