jueves, 1 de enero de 2009

Virginias con cardamomo


Mi madre tiene sembradas, en una de sus ventanas, varias plantas con flores silvestres que ella llama virginias. Las virginias son unas florecitas fucsias, sencillas y bonitas, que cuelgan agrupadas en ramilletes. Hoy, el primer día de este año, las virginias se balancean con la brisa matutina de un día soleado. Se mecen con la vistosidad de su color y de su encanto, sin importarles que afuera sea primero de enero y que la gente se mueva con la modorra propia de la resaca que queda de las fiestas.

Me quedo mirando esas flores colgantes y pienso en Babilonia, en sus jardines colgantes, que según cuentan existieron  en ese lugar tan lejano. Trato de imaginarme  Babilonia y la historia de un hombre y su regalo de amor. Mientras imagino al rey y a la reina, poderosos y enamorados,  una imagen me desvía sigilosamente de los jardines y  de la historia romántica de un rey y su reina. Un pensamiento mucho más crudo me saca a las afueras del palacio y me planta frente a rostros antiquísimos con ojos oscuros y cejas pobladas. Son árabes, me digo; árabes próximos, medios, lejanos. Árabes, remato.  Y mientras los veo, repaso mis clases de historia de la lengua española y me quedo instalada en esa clase donde aprendía acerca de la influencia árabe en nuestra lengua. Me quedó ahí sentada, en la universidad, tratando de recordar el número de vocablos de origen árabe, heredados por nuestra lengua. No obstante, no recuerdo el número, pero sé que son bastantes. De pronto, mi madre me interrumpe de mi ensimismamiento al entrar a la habitación con una jarra de agua para sus flores. “Mis virginias sí están bonitas”, me dice mientras les riega el agua. Ella me habla y el agua se desliza sobre y dentro de la tierra de sus queridas plantas. Yo apenas escucho lo que me dice, mis oídos están entretenidos con el sonido de la lluvia  pequeñita   cayendo sobre sus flores.

 Los rostros árabes me siguen mirando desde su pasado, en silencio, mientras me pregunto: ¿tendré sangre árabe en mis venas?, ¿acaso alguno de ustedes, seres de mi imaginación oriental, sean mis parientes lejanos?

Veo los rostros y pienso en sus comidas, el olor de sus especies. Su café con un toque de canela, con algo de cardamomo. Recuerdo el Paseo Colón de Puerto La Cruz, con sus ventas de comida árabe. Ahora me cercioro de que los árabes han sido mis aliados culinarios, yo una pseudovegetariana que suele terminar comiendo shawarma con falafel, una de las pocas opciones en el menú callejero de una persona que ha decidido no comer carnes rojas ni pollo.   

Mamá termina de regar las plantas y antes de salir de la habitación me dice: Siguen bombardeando Gaza, lo vi en las noticias. No le digo nada, ya lo sabía. Ella sale. Y me deja de nuevo a solas, con sus virginias. Los rostros también se han ido, me he quedado sola, en las afueras de un palacio que no existe, sobre un suelo bombardeado. En un bombardeo sin la pereza del primer día de enero

8 comentarios:

Asterión dijo...

Me ha gustado. Creo que logra conjugar muy bien el tono lírico con reminiscencias cotidianas y la reflexión sobre determinados acontecimientos.

Un abrazo hiperbólico y un feliz año igual.

Asterión dijo...

Me ha gustado. Creo que logra conjugar muy bien el tono lírico con reminiscencias cotidianas y la reflexión sobre determinados acontecimientos.

Un abrazo hiperbólico y un feliz año igual.

Diego Rojas Ajmad dijo...

Gracias por este momento de lectura...

Carolina dijo...

Diego y Gustavo:
Gracias por la visita, lectura y comentarios

Andrómeda dijo...

Muy bueno, Carolina, cálido y crudo a la vez. Lo voy a meditar al lado de un café con canela y cardamomo. :)

Un saludo.

Carolina dijo...

Andrómeda:
Qué tengas un buen año y buen aprovecho

Ophir Alviárez dijo...

Nosotros, venezolanos al fin, no podemos obviar que en casi cada esquina del pueblo donde crecimos algunos, habita un árabe enfundado en su batola desde la que deja brillar unos hermosos ojos grandes adornados por unas abundantes pestañas que rematan un perfil reconocible e imputador del turco con el que los niños suelen atormentarlos en los salones de la escuela municipal...

Tiene que dolernos y tiene que ser universal el clamor ante el horror.

Un saludo,

OA

pD...Cómo no recordar Pto la Cruz y su paseo...entre otras cosas

Carolina dijo...

Hola, Ophir:
El turco vecino, el turco compañero de clases. El italiano de la panadería, el portugués del abasto. El "todero" colombiano. Los árabes en oriente, etc.
Saludos