
Un vegetariano es un bicho raro, un sujeto que causa una morbosa curiosidad, sobre todo cuando se sienta a la mesa, y ante un plato repleto de costillas de cerdo exclama: lo siento, no como carne. Las expresiones del manifiesto vegetariano suele hacerlas con voz bajita, casi que confesando un pecado. En el acto, los rostros de los comensales miran, sin asomo de discreción, al sujeto que acaba de hablar. Me ha pasado muchas veces, tantas que en algunas oportunidades prefiero decir que no tengo hambre, para evitar responder las típicas preguntas: ¿y por qué no comes carne?, ¿practicas alguna religión?, ¿lo haces por la salud? Inmediatamente después de las preguntas vienen los chistes y comentarios en torno a lo buena y sabrosa que es una parrilla; un pollo asado; un pato a la naranja, etc, etc, etc. Desde que decidí hacerme pezgetariana (de carnes sólo como pescado) supe que sería difícil, y desde entonces acostumbro a llevar una galleta o algunas frutas secas en mi bolso, por si acaso. Al principio mi madre apostaba a que rompía mi régimen en diciembre, época de hallacas, pero le gané la apuesta. Pasé mi primera navidad si comer ninguna hallaca de carne, y así ha sido desde entonces. Luego, ella se afanaba en preparar unos ricos pollos asados, e intentaba que el aroma me atrajera, como en las comiquitas, pero nada. Al poco tiempo se dio por vencida y poco a poco me la he ido ganando con platos que en otros tiempos eran inimaginables en su mesa.
Antes no cocinaba, era muy floja, ahora le he ido agarrando gusto a la cocina. Un día entendí que vegetariano que no cocina está condenado a comer mal o a pasar hambre; así que ya cocino, y no lo hago mal. Los que me conocen ya se han hecho a la idea de mi dieta, y cuando me invitan a sus casas tienen, mínimo, una ensalada. Para no sentirme tan sola en navidad me pongo a experimentar en la cocina, hasta el momento he hecho hallacas de vegetales con champiñones; hallacas de caraotas; y las recién bautizadas hallacas mediterráneas (queso, aceite de oliva, tomate, aceitunas negras, orégano, pimienta y sal). Éstas últimas han sido un éxito entre comensales carnívoros, y mis tías esperan en fila india una muestra de mis excéntricas hallacas.
Los que no tienen idea de cómo se puede vivir siendo vegetariano suponen que estos bichos raros se conforman con una hoja de lechuga o una papa cocida, y listo. No, la cosa es mucho más compleja. Digo que los vegetarianos tienen que ser creativos, y gracias a todos los dioses de la India los hindúes inventaron las especies. Cuando vivía en Santiago de Chile, y era época de cochayuyu (un tipo de alga comestible, es gruesa como una llanta de bicicleta), me servían platos inmensos de esa comida. Yo salía verde de comer tanta alga, tanto que la aburrí. El punto álgido ha sido compartir la mesa con comensales argentinos, para exagerar voy a decir que algunos muy carnívoros ponen una vaca entera en la mesa.
En una ocasión, y para ser buenitos conmigo, una familia argentina que me invitó a su casa se destacó en la preparación de un montón de ensaladas; pero ellos pretendían que me las comiera todas. Ni que fuera conejo, pensaba para mis adentros. Cuando iba al comedor universitario, al principio me detenía frente a la taquilla donde entregan los platos de comida, y exponía mi caso. Para los empleados del comedor yo era algo así como lo que los cubanos llaman un “caso social” (los ciegos, personas con discapacidad, etc). Poco a poco me fui ganando a una de las empleadas y cuando me veía venir preparaba una bandeja con trozos de patilla o de la fruta disponible. Eran tantos los trozos que hacían una ruma. Ella, una señora morena de brazos grandes, me veía como una muchacha que no se estaba alimentando bien; vamos a decirlo de otra manera: le daba cosita conmigo. Es más, vamos a dejarnos de eufemismos: me veía como a una muerta de hambre.
Ya son unos cuantos años siendo pezgetariana, y ya me sé todos los chistes y comentarios en torno a mi condición. Ya me acostumbré al color amarillo apio que me caracteriza. Tengo la suerte de que a mi perra Olivia también le gustan los vegetales y las frutas. Obviamente que ella tiene su comida concentrada, y cuando el resto de la familia come carne a ella se la da su ración, pero la loquita le da por comer rábanos, zanahorias, aceitunas, tomates y hasta ajos. Lo juro, un día mientras cocinaba se me cayó un ajo y ella lo agarró y se lo comió. Luego hice la prueba de darle otro ajo para ver qué pasaba, y la loca de mi perra se lo comió. La semana pasada estuvimos en casa de su hermanito Matías, y éste miraba con extrañeza cómo Olivia se llevaba una ramita de perejil a su hocico.
Hasta el momento no me ha hecho falta volver a mi antigua dieta de aves y carnes rojas, pero como no soy fundamentalista si algún día me provoca volver a mis viejas andanzas lo haré; pero por el momento voy bien con mis vegetales y demás menesteres. No soy completamente vegetariana porque me gusta el pescado, así de simple, sobre todo los mariscos.
Vivo en una ciudad con una buena producción agrícola, una ciudad bastante tolerante con los bichos veganos, vegetarianos, pezgetarianos, y mariguaneros. Acá hay casi igual número de restaurantes vegetarianos y de iglesias, lo cual es mucho decir si hablamos de un lugar conservador y católico. Tan tolerante es la ciudad con nosotros que hasta un popular sitio de comida rápida tiene en su menú hamburguesa vegetariana. En fin, escribo estas reflexiones a partir de una escena (que me gustó mucho y con la cual me sentí identificada) de la película Everything is Illuminated (Liev Schreiber, 2005) que a continuación les muestro.
Saludos y coman lo que quieran.


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