miércoles, 17 de marzo de 2010

Diario de un loco

Hace poco más de un año que me aislé. No fue una decisión difícil, siempre he sido huraño, un amargado que no soporta el movimiento gracioso de los poodles. A mis amigos los abandoné poco a poco. No me costó mucho. Me eran insoportables. Sobre todo cuando me invitaban a beber y no paraban de hacerlo, tampoco de hablar de sí mismos, de sus repetidos fracasos. Son la hostia. Uno de ellos tenía mal aliento y los dientes amarillos y rotos de tanto fumar. Hablaba cansado y ponía cara de filósofo con cigarrillo, decía que éramos el pueblo elegido para un proceso de renovación político-espiritual. A ese pobre diablo lo mató el cáncer, o el Marlboro o el Camel, o qué sé yo, no se me ocurrió ir a su entierro para preguntar. Su mujer me llamó para decirme que me extrañaron en el velorio y que en vez de oraciones cristianas leyeron parte del Manifiesto Marxista, tal como él lo había expresado en su último deseo. Pobres diablos: Marx a pleno sol. A la mujer le dije que no estaba de humor para sandeces y le colgué el teléfono. Santo remedio, nunca más supe de ella.

De otros antiguos amigos me fue más difícil deshacerme, no porque los apreciara sino por su insistencia. Uno de ellos, a quien yo llamaba para mis adentros Calimero, transcurría sus días viviendo de glorias pasadas y lamentando el presente. Estaba enamorado de un hombre mayor, a quien llamaba maestro, y siempre acudía a mí para desahogar las penas que el maestro le provocaba. Me contaba que su caprichoso amante lo usaba sexualmente y luego lo vejaba como a una cosa. Sé que en el mundo existen aberraciones pero nunca entendí la suya. El maestro es un viejo como de cien años, lleno de pecas y pelos hasta en los ojos. Huele mal, a orines propiamente, no para de auscultarse la nariz y padece de incontinencia verbal. Según Calimero, su maestro lee y habla en muchos idiomas, sin embargo yo sólo lo he escuchado hablar en un castellano muy pobre. El maestro es quien le escribe los discursos al Intendente de la ciudad, y gracias a su oficio puede viajar por el mundo. Durante estos viajes se da a la tarea de visitar tiendas de juguetes eróticos, que luego pone a prueba en el laxo cuerpo de Calimero.

La última historia que le aguanté a Calimero fue la del tatuaje. Desesperado de amor y atormentado por la posible existencia de una relación amorosa entre el maestro y el Intendente, Calimero se hizo un tatuaje en el cuello con el rostro de su obsesión y abajo, a la altura de la clavícula, se escribió “Te amo”, en finlandés. Para su desgracia, debido a la flacidez de su papada, la cara del viejo se veía como un montón de arrugas y pelos regados por el cuello. Con esta gracia Calimero se apareció en mi apartamento. Y para darme la sorpresa vino ataviado con una bufanda, a pesar del espantoso calor que hacía. Calimero venía molesto porque antes de llegar se topó con un desconocido en la calle, que al verlo envuelto en tan desconcertante invierno lo atrajo hacia él, tomándolo a la altura del cuello y diciéndole: “mirá, coño ´e tu madre, ¿vos no tenés calor?, ¿vos no tenés calor?”

A Calimero no le molestó tanto el atentando físico como el hecho de que lo vosearan. El voseo le parece cosa de gente ordinaria, según los preceptos de Andrés Bello y su maestro. En esa disquisición lingüística (y solitaria) se estuvo más de media hora al llegar, hasta que por fin, más calmado, se quitó la bufanda para preguntarme qué me parecía su muestra de amor. No hubo de otra: lo saqué a patadas del apartamento.

Pero él volvió, lo hizo varias veces. Tal vez más adelante siga contando cómo hice para deshacerme de Calimero y de mis otros antiguos amigos. Tal vez o tal vez no, total esto es un diario. Y es el diario de un loco, no tiene porqué ser coherente. Absurdos ustedes si me piden coherencia, absurdos ustedes si leen el diario de un loco. Además, los diarios deben ser privados ¿no? Cosas de señoritas, dicen. “Querido diario, hoy me dieron mi primer beso de lengua. Estuvo bien, pero me gustan más los de Luc, mi perro”.

Ilustración: “Shoe, Hat and Eggs”, Joel-Peter Witkin

miércoles, 3 de marzo de 2010

Julita en la ventana


Uno se acuesta y no sabe con qué tipo de noticias puede despertar. Para quienes vivimos en Venezuela, es habitual despertar con alguna nueva locura del emperador llanero; locuras que cada día nos avergüenzan más y nos hacen seres habitantes de un universo kafkiano, Made In Tropical. Otras veces, como el sábado pasado, despertamos con temblores lejanos. Cuando me enteré del sismo chileno, las imágenes de Santiago se me vinieron encima; viví un tiempo en esa ciudad. Chile me dio los trenes que nunca tuve en la infancia, me mostró las azoteas de Valparaíso y me regaló una gata cariñosa y callejera, que me siguió los pasos en una tarde, con el polen de la primavera. A la gata le puse Julita; con ella viví un temblor y algunas nostalgias. El sábado pensé en ella, y también en un hombre de origen ruso, a quien, él sabe, quise mucho.

Ayer supe de ellos: están vivos, habitantes de una ciudad de escombros. Me cuentan que Julita sigue asomada en la ventana, como siempre le ha gustado hacerlo. Desde la ventana, la gata observa la ciudad arruinada, estremecida.

Hoy desperté con otra noticia, mucho más lejana. Me escribió Maja, una mujer polaca, para darme la buena nueva de que uno de mis cuentos será traducido a la lengua de Varsovia. Me alegré mucho, Polonia siempre ha sido uno de mis imaginarios literarios favoritos.

Ahora, no sé por qué les cuento esto. En principio pensaba escribirles para darles la noticia de mi cuento polaco. No sé, tal vez les conté lo de arriba porque afuera llueve, porque Julita sigue asomada a la ventana y porque espero que vea cómo las casas vuelven a levantarse y cómo los trenes vuelven al sur desde la legendaria Estación Central.

Ilustración: "Tren al sur", Tomás Ives


sábado, 6 de febrero de 2010

La oreja de Pluto


A Gabriel y Jairo,

por el reciclaje.

Cuando conocí a Pluto él ya había tocado fondo. Vivía en la calle, se peleaba con otros perros las sobras de comida entre la basura, y apestaba a maldición bíblica. En ese entonces yo acababa de ser despedida de mi empleo en una agencia de seguros, y me había ido caminando hasta un parque, para pensar en mi nueva situación. Fue en ese parque donde lo vi por primera vez. Acababa de perder un hueso del basurero, en disputa con otros perros más feroces y astutos. Como el amor, su desamparo y el mío se encontraron.

Al principio no fue simpático, al contrario, fue escandalosamente grosero cuando se dio cuenta de que lo estaba observando, con lástima y una resignada ternura. ¿Qué miras?, ¿quieres tomarle una foto a Disney? – me dijo con tono altanero mientras hacía un gesto soez sobre los que podrían ser sus cojones – pero todos sabemos que los peluches no tienen cojones, son asexuados.

Su desolación me ayudó a olvidar por un instante la mía. Le ofrecí mi paraguas. Ya saben, llovía a cántaros, el escenario perfecto para el más desnudo desamparo. Le ofrecí mi paraguas y un techo por esa noche. Incrédulo, aceptó. En el camino me contó que lo habían echado de su trabajo en Disneyworld por sus problemas con el alcohol y la pedofilia. También me confió que la última perra con la que vivió lo abandonó por otro perro.

Me dolió su dolor. Yo también estaba muy sola; mi última pareja me había dejado porque decidió operarse para convertirse en mujer, y aunque él/ella me quería y deseaba continuar conmigo, yo lesbiana no quería ser. Así que lo dejé irse.

Cuando llegamos a casa le pedí que se metiera en la lavadora, porque necesitaba un baño urgente. No hubo resistencia, lo ayudé a entrar, le puse detergente y suavizante y apreté el botón de lavado intenso. Su baño duró dos ciclos. El primero, de pata. El segundo, de cabeza. Una vez limpio y perfumado, nos dispusimos a comer y beber. Al rato encendimos el televisor, ¡Uf, qué mala idea! Fue un error la combinación vino tinto-canal Disney. Pluto se emborrachó y se puso bruto. Lloraba y maldecía al ver los clásicos programas de su antigua compañía empleadora. No paraba de insultar a la ratoncita del moño en la cabeza. Puta, le decía, eres una puta. En cuanto a su novio, el ratón, celebraba con sarcasmo su supuesta impotencia.

Los primeros días con Pluto fueron difíciles. Bebía todas las noches y dormía hasta tarde. En menos de una semana se bebió todas las botellas que encontró en la despensa. Y un día, al regresar a casa de mi diaria búsqueda de trabajo, el portugués del abasto me interceptó para contarme que mi huésped había ido por alcohol a su negocio, y lo puso todo a mi cuenta.

Enceguecida por la rabia llegué al apartamento, dispuesta a echarlo. Sin embargo, la imagen de un Pluto asomado en el balcón, con evidentes intenciones suicidas, me hizo desistir de mi radical decisión. Así que corrí al balcón, lo rescaté y llamé al doctor Belmonte. El diagnóstico psiquiátrico fue contundente y sin margen de error: Pluto es bipolar. Debía tenerle paciencia.

El tratamiento y la actitud de Pluto fueron intensos, ambos sufríamos mucho. Lo peor ocurrió ese día que lo encontré semiconsciente, tirado en el piso, con la tercera parte de su oreja derecha arrancada de un tajo. Al lado de Pluto estaba el pedazo de oreja, la navaja, y manchas de sangre blanca, coagulada en pelotitas no uniformes y otras excrecencias del cuerpo. Regadas en el piso reposaban revistas y fotografías de un Pluto más joven y rozagante, sonriendo al lado de Michael Jackson, de Macaulay Culkin, entre otros niños famosos.

Inmediatamente lo trasladé al hospital, junto a su pedazo de oreja. Pero ya era demasiado tarde, fue imposible salvarla. Mi Pluto ahora era un animal mutilado. Con dolor sequé mis lágrimas, usando su oreja rota y muerta. Este hecho tan lamentable ocurrió el mismo día que encontré empleo, como bailarina exótica en un bar hawaiano.

Pero no es todo es malo, la vida también tiene sus encantos. Durante su estadía en el hospital, Pluto se paseó por los pasillos de pediatría, y logró animar a los pequeños pacientes internados. Fue tan bueno su trabajo que una fundación infantil lo contrató para alegrar la vida de los niños del hospital. Poco a poco Pluto fue superando su adicción a la bebida. Y gracias a mi nuevo empleo encontré un marido enano, jorobado y muy rico. La vida es bella.



martes, 19 de enero de 2010

El cumpleaños de Elisa

Elisa fue sola al cine el día de su cumpleaños, lo sé porque yo estaba detrás de ella en la fila para comprar los boletos. También sé que se llama Elisa porque mostró su cédula de identidad para comprobar que en efecto era el día de su aniversario y así poder gozar del combo cumpleañero, cortesía de la casa: pagaría sólo la mitad de la entrada y la empresa le obsequiaría unas cotufas con refresco. ¡Feliz cumpleaños, Elisa!, le deseó con una gran sonrisa la muchacha de la boletería al mirar su cédula. La mujer agradeció la felicitación con un gesto que no llegó a ser una sonrisa completa, sino apenas un asomo de reservada cortesía…

El resto del cuento lo pueden leer en los Cuatrocuentos del Cuatrero.

Ilustración: Stu Mead

viernes, 1 de enero de 2010

Theta en New York


Bajo el invierno neoyorkino se imprimió la revista Bomb, número 110. Número dedicado a la literatura colombiana y venezolana. En ella aparece mi cuento “Theta”, traducido a la lengua de Saul Bellow. Cuento que comienza así: “Me gustan sus tetas, sus manos, sus ojos negros y pequeños, pero por sobre todas las cosas me gustan sus tetas”. Si quieren continuar leyéndolo compren la revista ;). Y feliz año nuevo.

Ilustración: Iris Brosch, “La Femme, # 4”

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Tejados sin gatos

Los ociosos gatos de estos tejados se han ido estos días a espiar otros vecindarios. Ellos saben que en navidad la gente prepara buenos planos con carne, y yo soy vegetariana, así que me dejan sola. No importa, los espero en enero para que sigamos escribiendo. No me gustan los saludos navideños así que mejor nos vemos el próximo año. Mientras tanto les dejo “La cloaca”, cuento que hace poco fue publicado en Prodavinci. Chau.


La cloaca

Mi mujer está loca. Mi mejor amigo es un alcohólico. Mi vecina colecciona gatos. Yo reparo cañerías. La vida es un asco. Esta mañana salí de casa, dispuesto a oler la fetidez de las cañerías rotas, a sacar los pelos que obstaculizan el desagüe de viejas tuberías de edificios que a duras penas se soportan a sí mismos. Esta mañana salí con el mismo olor a obrero de siempre. Ese olor herrumbroso de manos acostumbradas a manipular el óxido, el olor a química procesada, a tubos galvanizados, a pobreza, a miserable pobreza. El edificio donde me tocaba trabajar queda cerca de casa. Sólo hay que caminar unas cuadras y sortear unos cuantos obstáculos (como el maldito perro de la esquina, que siempre se esconde a esperar a algún peatón distraído para asustarlo saltándole ferozmente con sus grandes colmillos, apenas lo detiene una reja enclenque que cada vez está más vencida por el peso del perro). Eso y el hedor de río bajo el puente y los puestos de comida amontonados en las calles. Pero a los malos olores estoy acostumbrado, ésa es la primera condición de mi trabajo. Además, vivo con una mujer que huele a aceite refrito y que engorda y engorda todos los días, hora tras hora, entre telenovelas y programas de concursos. Huele mal. Huele a tocineta, a mortadela, y suda como si fuera un gran pollo en un sartén. La odio. Ella también me odia. Nos odiamos. Ella está gorda. Gorda y loca. Todos los días juega a la lotería porque, según ella, la vida tiene que darle el premio que le debe. Está loca. Cuando la conocí ya era rolliza. Yo sabía que sólo bastarían unos años para que su obesidad se desparramara sobre mi vida, pero necesitaba una mujer para descargar mi esperma y ella fue la única que estuvo dispuesta a casarse conmigo. El resto de las mujeres ni siquiera permitían que me acercara. Yo era un potencial fracasado, nunca terminé la educación secundaria y de apuesto no tenía ni el nombre: Ramón.

Esta mañana, cuando llegué al apartamento desde donde me habían llamado, me abrió la puerta una mujer fea y malhumorada. Ah, el plomero, por fin llega, me dijo, dándome la espalda e metiéndose por el estrecho pasillo del apartamento mientras yo la seguía. Tenía un trasero grande. Muy grande y de huecos grasosos que se mostraban refugiados en la tela de licra de su pantalón. Su pelo estaba desteñido entre el tinte amarillo y el negro natural, tenía las manos de uñas muy largas, rojas y postizas. En la mesa de la sala, al lado de una figura de porcelana china y barata, estaba un portarretrato plástico con la forma de Mickey Mouse. Dentro de él había una foto: la mujer salía abrazada a un hombre moreno con cabello militar. El apartamento estaba decorado con el peor de los gustos: afiches de revistas en marcos dorados, diplomas de bachillerato clavados en la pared, una lechuza disecada con dos ojos de peluche en las cuencas vacías. La lechuza me abrumó con su mirada de juguete. En ese instante, la mujer me sacó de mi distracción: la poceta está tapada. Sabe, mi marido tiene el estómago muy fuerte y a veces tapa las cañerías. Me lo decía mientras me señalaba la poceta llena de agua y con un trozo de mierda meciéndose adentro. Es de mi muchacho, del más pequeño. Le dije que no hiciera, que estaba tapada, pero usted sabe cómo son los muchachos, nunca hacen caso. Le dieron ganas y… bueno, se hizo. ¿Usted puede sacarlo? Me miró con una sonrisa, fue la única sonrisa que usó durante todo mi trabajo. Una sonrisa sucia de cigarrillo. Tenía mal aliento y el rostro manchado por las píldoras baratas y los continuos embarazos. Está bien, le dije. Mi trabajo es la mierda. Ella salió, me quedé a solas en el baño. Mientras sacaba el excremento oía a la mujer hablar por teléfono. Se reía a carcajadas, su risa era estruendosa, grosera, sonaba como un montón de palmazos irreverentes y desordenados. Revisé el tanque de agua, me aseguré de que la bomba funcionara. Luego, me dispuse a abrir la cañería. Era muy vieja y estaba a punto de romperse. Si le decía esto a la mujer seguramente se iba a molestar, pensaría que le quería sacar más plata. Y yo no iba a trabajar por menos; además, quería irme del lugar, no soportaba el escándalo de la mujer. Ella seguía hablando por teléfono, le contaba a su amiga lo buena que estaba la novela de la tarde. Maldita, dije, maldita mierda es la vida, mientras sacaba la suciedad de las cañerías. La vida es una cloaca y yo un topo que la habita.

De pronto, su risa escandalosa se apagó. Ahora sólo quedaba el sonido de una radio con música estridente y los comerciales de un televisor a muy alto volumen. Ella se asomó al baño; parada en la puerta me preguntó cómo iba todo. No quise responderle, no quise mirarla. En ese momento encontré atascada en las tuberías una pequeña arma de juguete. Una pistola oscurecida por el sucio. Por fin tenía un arma en las manos. Pensé en mi mujer, pensé en el perro de la esquina, pensé en la mujer que tenía enfrente. Ella no esperó que yo respondiera y salió. Ahora sí estaba solo. Solo y con un arma de juguete. Volví a poner todo en su lugar, todo menos el arma. Me levanté del piso y la lavé escrupulosamente y encontré su color original. Era verde y oscura.

Me aseguré de que todo el proceso del desagüe funcionara bien. Observé cómo el agua giraba hasta perderse por el hueco oscuro. Salí del baño con el arma de juguete en el bolsillo. La mujer estaba en la sala, frente al televisor. Veía un programa esotérico en el que un hombre amanerado hablaba de la energía interior y del color del aura de la gente. Tosí y saqué a la mujer de su concentración. Le pedí que revisara y se asegurara de que todo marchara bien en su escusado. Varias veces le dio a la manecilla y vio cómo el agua se perdía en la oscuridad del hueco que se la tragaba. Cuando confirmó que mi trabajo estaba hecho, le cobré la cuenta. Regateó entre dientes y sacó sin pudor el dinero de su sostén beige. No quise decirle la verdadera causa del embotellamiento en su poceta, preferí que creyera que habían sido las tripas de su esposo. Antes de salir le recomendé: dígale a su marido que coma más ligero, que por poco revienta la cañería. Salí. Afuera no llovía, tampoco hacía frío ni calor. Yo caminaba con mi arma de juguete, la acariciaba en el bolsillo del pantalón. Era dueño de un arma de juguete, podría matar de mentira a mucha gente.

Con el dinero que gané me fui hasta el comedor popular. Suelo comer ahí, prefiero hacerlo que llegar a la casa y ver a mi mujer sudando al mediodía. En el comedor almorzaría con otros pobres diablos como yo, más pobres que diablos. La encargada de servir el almuerzo es una vieja bastante gorda y enferma. Siempre ha trabajado en ese lugar, siempre ha tenido esa mala cara. Ella pone la grumosa comida sobre la bandeja mientras sostiene entre sus labios un cigarrillo que no para de fumar. Una vez, la ceniza del cigarro cayó sobre el puré de papas que me estaba sirviendo. Ante mi reclamo me miró con el ceño fruncido, tomó la bandeja, quitó la parte afectada, volvió a poner la bandeja sobre el mostrador, se cuadró con las manos en la cintura y me increpó: ¿usted cree que está en un restaurante francés? Luego me dio la espalda y encendió un nuevo cigarrillo. Fuma tantos como el número de bandejas que sirve. Lo más grotesco de ella son sus piernas ulceradas por las várices. Alguna vez la administración del comedor me contrató para arreglar las tuberías del lugar. Echado en el piso de la cocina veía pasar las cucarachas y observaba las piernas ulceradas de esta mujer ir y venir. Las varices largas y gruesas se asomaban desde sus piernas como queriendo romper la piel y salpicar con su sangre oscurecida todo alrededor. Las úlceras le producían dolor, por eso se quejaba y maldecía. Pobre mujer.

Por supuesto que no es un restaurante francés, es un comedor con menú popular, y como habitualmente vengo a este lugar reconozco a algunos comensales. A mi izquierda tenía al amolador, el tipo que recorre los caseríos anunciando que amuela cuchillos y tijeras. Al menos dos veces por semana pasa por el barrio con su clásico grito: el amolador. Es un hombre que produce desconfianza, nunca mira a los ojos cuando habla y no suele hablar. Un día llegó a este lugar de miserables y se instaló. Nadie sabe de dónde vino, pero se corre el rumor de que llegó huyendo de la ley, después de haber matado de varias puñaladas a su esposa. A los muchachos del barrio les gusta inventar historias en torno a él; entre otras cosas han dicho que lleva la cabeza de su mujer en la caja de herramientas.

El amolador me miró y me saludó con un gesto seco, inexpresivo, impersonal. Yo miré su caja de herramientas con envidia. Él carga uno o varios cuchillos, tal vez la cabeza putrefacta de su esposa; yo llevaba un arma de juguete. Sólo podía matar de mentira. Doy pena.

En la mesa de enfrente vi a Juan. Este hombre ha pasado toda su vida desempleado y los hijos le dan algo de dinero para mantenerlo alejado. El dinero le alcanza para la bebida y la comida. Vive con su madre, la vieja medio loca a la que acude mi mujer para leerse las cartas. Yo no sé qué busca mi mujer en el tarot. ¿Qué le puede deparar el destino? ¿El número gordo de la lotería? ¿Un príncipe azul? Mi mujer está loca.

Juan me vio e hizo un gesto como indicando que quería sentarse a mi lado, supuse que tenía ganas de hablar. A nadie le gusta conversar con él, yo tampoco tenía ganas, así que metí mis ojos en la comida y fingí que él no existía. En una de las mesas vecinas estaba el tipo que vende leyes en la entrada del metro. Lo saludé, le pregunté cómo le iba en el negocio. Me dijo que más o menos, que como las leyes no se cumplen en este país, nadie las compra. Le aconsejé que cambie de ramo, que en este país a la gente le gusta comprar mierda y eso es lo que hay que darles. Se quedó pensativo mientras sostenía la cuchara ante la boca y un pedazo de costilla navegaba entre los círculos aceitosos de su plato de sopa. Me miró y me dijo que tenía razón, luego se metió la cuchara en la boca.

Terminé de comer y salí del lugar con el sabor aceitoso de la comida. Afuera veía al resto de los comensales salir, igual que yo, con un cintillo grasoso al borde de los labios. No había dónde lavarse porque los baños fueron clausurados hasta nuevo aviso, debido a que múltiples filtraciones lo tienen inundado.

En la tarde debía arreglar el lavamanos de Emiliano, un conocido de toda la vida, así que caminé hacia su casa, deteniéndome únicamente en la plaza, donde aproveché una de las tuberías rotas, escondida entre la grama, para lavarme la boca. Un poco después de las 2 llegué a casa de Emiliano, que me recibió vestido con un pantalón ancho y oscuro y una barriga grande y desnuda. Pasa, me dijo, y caminó señalándome el lugar donde estaba el baño. La casa se veía desordenada y bastante sucia. Emiliano vive solo, nunca se casó. Siempre vivió con su madre, hasta que ella murió. Yo le he dicho que es un hombre con suerte, sin mujer y con una casa para él solo. No está de acuerdo, me dice que es un hombre triste que nunca supo conquistar a una mujer. Bah, tonterías, le refuté, y me puse a revisar su lavamanos.

Sobre el lavamanos reposaba una máquina de afeitar, de esas recargables que ya no se usan; la afeitadora estaba junto a una brocha para esparcir la espuma. Arriba, el espejo pequeño y empañado en el que Emiliano se observa diariamente en su reiterada soledad y anunciada vejez. Abrí la llave y el agua que salió se quedó empozada. Mientras destapaba la tubería, Emiliano me hablaba desde la puerta. Sabes, Ramón, es triste esto de vivir solo, uno termina conversando consigo mismo y discutiendo con los programas de televisión. A veces no te da hambre y cuando te da comes cualquier porquería para engañar el estómago; muchas veces prefieres beber. Beber y fumar. Y la vida se te va en silencio como si fuera humo de cigarrillo. Ramón, así la vida es un hastío, remataba Emiliano en sus reflexiones de lavado. Antes de que Emiliano retomara su rosario de ociosas lamentaciones, le aseguré que era un afortunado, que no debería quejarse, que si viera cómo come mi mujer se regocijaría en la soledad de su desgano. Emiliano intentó seguir quejándose, pero lo detuve a tiempo al sacar un montón de pelos que estaban acumulados en las paredes de un tubo. Me levanté, se los mostré: mira, te estás quedando calvo. Efectivamente, el claroscuro del centro de su cabeza se está acentuando. Los ojos de Emiliano me miraron dolientes. Es cierto, dijo, e inmediatamente se quedó callado. Callado y triste. Terminé mi trabajo y no quise cobrarle. Me despedí y él se quedó clavado en la puerta de la sala. Con un gesto de dolorosa resignación me dijo: solo y calvo. Cerró la puerta.

No quise regresar a casa temprano, así que preferí pasar por el bar. Un bar vespertino que el dueño insiste en promocionar con el cartel de la entrada: Bar de Eulogio. El bar vespertino. Se reserva el derecho de admisión. En efecto, Eulogio abre de 1:00 a 6:30 p.m., religiosamente de lunes a sábado. A las 6:30 saca a empujones, junto a su esposa, a los borrachos que se niegan a abandonar la bebida a tan tempranas horas. En el bar de Eulogio, el sol de las tardes se cuela por las ventanas y orificios del techo y se posan sobre las mesas y los rostros sudados y amarillentos de los clientes del lugar. Los manteles plásticos de cuadros rojos con centros florales están desteñidos por el rayo de sol que les pega tarde tras tarde.

Ahí estaba el Chivo, mi mejor amigo, sentado en una de las mesas, acompañado sólo por la flor plástica del florero transparente.
—¿Cómo está, compadre?
—Jodido, ¿no me ves?
—Sí, el mismo de siempre.
—¿Y tú?
—Pues aquí, huyendo de mi mujer a las 4 de la tarde.
—¿Y las cañerías?
—Tapadas y podridas como la vida.

Después del saludo nos quedamos callados. Pedí una cerveza y le invité la otra. El Chivo ha bebido tanto en su vida que se emborracha con dos cervezas, ya no debe tener sangre en las venas, su cuerpo está copado de alcohol. Mi compadre y yo nos conocemos desde que éramos muy jóvenes, él fue el padrino de mi boda y ya ni siquiera puede visitar mi casa porque mi mujer lo echó por borracho. Es mi compadre y yo sería incapaz de botarlo de mi casa, aun cuando reconozco que es un abusador: a veces nos visitaba y se quedaba echado en el sofá por varios días. Pero con todo y eso es mi amigo, y a los amigos hay que perdonarles todo, hasta los vicios, porque además todos somos adictos. De una manera u otra todos somos adictos a algo. Mi mujer es adicta a la lotería y a la comida grasosa, mi compadre no puede vivir sin la botella, yo soy adicto a esas niñas bonitas que nunca me miran y que siempre espío cuando salen de la escuela.

El Chivo y yo bebimos, no teníamos mucho de qué hablar, no pasa mucho en nuestras vidas. Somos los tipos aburridos que se encuentran en el lugar de costumbre. Después de varios tragos nos hicimos preguntas empujados por la inercia, sólo para decir algo, para que el silencio no fuera tan ensordecedor.
—¿Y cómo está la vaina, compadre?
—Jodida.
—¿Y la mujer?
—Gorda.

Y volvimos a quedarnos callados, viendo cómo los rayos del sol iban recorriendo todo el lugar hasta que desaparecían cuando se acercaban las seis de la tarde y era hora de ir pensando en desalojar el bar si no queríamos que nos echaran. Pedí la cuenta y me quedé sin dinero. Le hice señas a mi compadre para que se levantara, siempre cuesta un poco hacerlo salir, pero al final obedece, es un hombre tranquilo, incapaz de meterse con nadie. Eulogio lo sabe. Nos despedimos y salimos a la calle. Yo lo acompañé hasta su casa y caminé hasta la mía.

Hace pocos minutos llegué a casa, no al hogar, no al dulce hogar. Al apenas poner un pie en la sala oigo la voz de mi mujer: ¿cuándo vas a arreglar el lavaplatos? Mira que esa gota de agua que no termina de caer me atormenta. Es muy sabio ese refrán que dice que en casa de herrero, cuchillo de palo. Bla, bla, bla. Bla más bla más bla. Bla. Bla. Bla. Ya no escucho lo que dice. Su voz se convierte en una lluvia inaudible de reproches.

Voy a la cocina y busco algo de comer, veo la llave del lavaplatos amarrada con un trapo amarillo que trata de contener las gotas que caen. Me río, al fondo se siguen escuchando sus reclamos despaturrados en voces sin sentido. Ella no existe, me digo, es sólo una masa amorfa. No existe, intento convencerme. De pronto, la siento detrás de mí. ¿Estabas bebiendo?, me pregunta. No le respondo, continuaban lloviendo los reclamos e insultos. Me fijo en la gota de agua que cae desde el trapo amarrado. Ella habla y habla y yo me escabullo por el caño, imagino que soy una gota que se desliza por una gran red de tuberías que no llevan a ninguna parte. Oigo sus palabras como ahogadas por el agua, haciendo eco en el metal. Abstraído completamente, sólo percibo balbuceos, hasta que ella grita y me devuelve a la cocina. La miro. Habla y habla. Es en ese momento cuando recuerdo que tengo un arma de juguete en el bolsillo del pantalón. Deslizo mi mano hasta ella, la saco y le apunto en la boca: bang. Se queda callada. Sonrío y salgo de la cocina, voy hasta el baño y me doy una ducha, y mientras siento las gotas refrescantes caer sobre mi cuerpo imagino que me voy junto al agua por el desaguadero.

Ilustración: Francis Bacon

domingo, 29 de noviembre de 2009

Pequeña Litty


Germán es impotente. No, mentira, Germán no es impotente, él tiene sus erecciones, pero a su manera. Él sólo se excita con fotografías de mujeres gordas, líricas, culonas con celulitis y preferiblemente pequeñas. Lo excitan especialmente las imperfecciones: mujeres contrahechas, cojas, tuertas, mutiladas, bizcas, y jorobadas son las más atractivas para este hombre que se masturba pensando en ellas mientras se ducha. Como es de esperarse, Germán vive solo. Trabaja en la municipalidad y parte de su sueldo lo destina en pagar las fotografías, que el asistente del área de anomalías del hospital le vende. En ellas se ven jorobas tumefactas, hongos erosionando uñas de los pies, pintadas de rojo, malformaciones vaginales, anos irritados por las hemorroides, pezones hinchados y putrefactos de pus. Por estas fotos, Germán paga muy caro, pero el gozo que recibe ante su vista compensa el gasto. Sin embargo, el verdadero sueño de este hombre es encontrar una mujer gorda, pequeña y con una verruga en su clítoris, y, además, que tenga voz de bolerista. Con la mirada puesta en tal fin está suscripto a revistas científicas y enlaces amarillistas que explotan la rareza humana. También visita, frecuentemente, los circos y centros de anomalías.

Hace unos pocos años, Germán estuvo a punto de encontrar a la mujer de su vida. Ella se hacía llamar Pequeña Litty, y era una cabaretera que cantaba boleros y vivía en una casa rodante, con la cual viajaba por México y los Estados Unidos. Pequeña Litty tenía una historia familiar muy triste: al nacer, su madre la abandonó en un basurero, de donde fue recogida por un mendigo, que la crió y abusó de ella hasta que logró escapar de sus manos. Desde niña aprendió a ganarse la vida escribiendo poemas malos, los cuales recitaba en las taguaras donde la metía el mendigo. Cuando se hizo mujer, se dio cuenta que tenía voz para los boleros. Y tras el sueño americano se fue un día, Pequeña Litty.

Pero el éxito no llegó a su vida, a pesar de que recorrió todo el norte con su patético espectáculo. Nadie iba a sus funciones, ni siquiera aprovechaban la primera noche, cuya función era gratuita. Así que Pequeña Litty no tuvo más remedio que prostituirse, y para hacerlo explotó su rareza: su estatura era de 1 metro 42 centímetros, era dueña de un trasero gigante y grasoso, y dentro de su vagina, justo sobre el clítoris, tenía una enorme verruga con pelos como alambre de púa.

Gracias a su padrastro, Pequeña Litty había descubierto que su verruga era muy placentera sobre el miembro de los hombres. Así que hizo mano de la publicidad y ofreció sus servicios con un cartel escrito en gringo y en castellano: Prostituta venezolana, cantante de boleros, brinda sus servicios sexuales.

Al principio, a los hombres les daba asco su verruga negra y grande, pero una vez que sentían el placer que les producía el grano sobre sus machos encabritados, se hacían clientes y regaban la voz. El negocio de Pequeña Litty creció, y los anuncios de la prensa fueron desplazados hacia la red. Fue ahí donde la contactó Germán.

Pequeña Litty cobraba por sexo virtual, y Germán lo pagaba de buena gana. Lo que él más disfrutaba era ver la verruga dentro de su vagina. Ella se la mostraba mientras le cantaba boleros. Dios los cría y Skype los junta. El tiempo pasó y ambos amantes virtuales se enamoraron. Germán tenía las paredes de su casa forradas de fotografías de la Pequeña Litty desnuda. Y la mujer imprimía con devoción los poemas que Germán le escribía. Poemas sobre excrecencias y frustraciones.

Un día decidieron juntarse, como dios manda, prostituta y aberrado. Pusieron fecha y anillo de compromiso, pero un cáncer vaginal devoró a la mujer en tres días. No hubo nada qué hacer. Desde entonces, Germán padece la ausencia de la verruga virtual de Pequeña Litty.

Iustración: “Gloomy Sunday Girl”, Stu Mead