martes, 8 de septiembre de 2009

Los dientes de Ana Paula

Los primeros dientes de Ana Paula no fueron incisivos ni caninos sino molares. Las cuatro muelas del juicio le salieron todas juntas a los dos meses, 17 días de nacida. Esteban, su padre, estaba orgulloso de la precocidad de su niña. Sin embargo, un detalle lo agobiaba: Ana Paula repelía la leche materna y todo tipo de bebida láctea. Como la madre de Ana Paula continuaba encerrada en un asilo mental sin mostrar visos de recuperación, Esteban se había visto obligado a buscar pechos sustitutos que alimentaran a su pequeña y extraña hija.

Ninguna teta se salvó. Ana Paula rechazaba cualquier pezón humano que se introdujera en su boquita. Las nodrizas recién paridas que habían intentado amamantarla vieron cómo las tetas empleadas se iban consumiendo a las pocas semanas del hecho. Peor suerte corrieron los infantes propios de estas mujeres, quienes al probar su leche murieron envenenados.

El fenómeno del desgaste abrupto ocurrió en una sola de las tetas: la que no se usaba continuaba su envejecimiento natural, mientras que la que rozó los labios de la nena se escurría como una tripa seca. Ante la monstruosidad de sus pechos y la muerte sin aparente explicación de los recién nacidos, los esposos de las nodrizas las abandonaron, y en las calles fueron sometidas al escarmiento popular de las viejas —quienes las golpeaban con escobas y ramas mientras las insultaban, acusándolas de brujas, y les rociaban agua bendita—. Una de las nodrizas creyó ver crecer una diminuta dentadura en la tetilla maldita. Enloquecida trató de cercenarse el pezón y murió desangrada en el acto.

Esteban nunca se enteró de estos hechos, para él no existía el afuera desde que nació Ana Paula, ni siquiera pensaba en su mujer, que al poco tiempo de ser internada empezó a escuchar voces piadosas que le pedían erradicar el mal que había nacido de su vientre. ¡Mátala!, le ordenaban las voces.

El padre sufría y se desvelaba al ver cómo la niña vomitaba los pechos de las nodrizas. Pero no crean ustedes que Ana Paula se debilitaba; al contrario, la niña lucía sana, rozagante, con sus ojos vitales, negros y llenos de misterio. Ninoska, la madre de Esteban, descendiente de la servidumbre de la última familia zarista, sólo encontraba una explicación ante la fuerza de su nieta: ella era un ser superior. Ungido. Las creencias religiosas de Ninoska le venían de Rusia, su madre había asistido a Rasputín en sus trances, y también le había servido en sus regodeos sexuales. Pero Esteban no creía en Rasputín, ni en los espíritus de Ninoska.

Mientras el padre se desesperaba buscando maneras de alimentarla y la abuela formulaba desquiciadas hipótesis sobre la procedencia espiritual de la nieta, una gata blanca, peluda, hermosa entraba por un resquicio del ático sin que nadie lo notara, bajaba hasta la habitación de la pequeña, y con un salto elegante y preciso se llegaba hasta la cuna de Ana Paula, poniéndole en su boca trozos de carne fresca, muy roja, casi viva. La gata, a quien llamaremos Lucrecia, se afanaba como una madre para que la carne estuviera bien desmenuzada y así la niña pudiera comer sin atragantarse. Pero no había de qué preocuparse, Ana Paula desgarraba muy bien con sus dientes traseros, pulidos, feroces.

Ilustración: “The Corn Poppy” Kees Van Dongen



Lucrecia

sábado, 5 de septiembre de 2009

Las calles de Magda Szabo

Me enteré de la existencia de Magda Szabo gracias al escritor mexicano Agustín Cadena, quien puso en su blog una nota a raíz de la muerte de la escritora húngara. Desde la publicación de esa nota quise leer algo suyo. Según tengo entendido cuatro de sus títulos han sido traducidos al castellano (Resentimiento, Calle Katalin, La puerta, y La balada de Iza). La traducción de Calle Katalin estuvo a cargo de Judit Gerendas, venezolana de origen húngaro, descendiente del poeta József Kiss, y fue publicado en Caracas bajo el sello Monte Ávila Editores, en 1972. Estos libros son difíciles de encontrar, sin embargo corrí con la suerte de tener un buen amigo que husmea toda librería de saldos que encuentra a su paso. Y ahí estaba, en un mesón abarrotado de libros viejos: Calle Katalin. Mi amigo, a quien le había hablado de Magda Szabo con deseo enfermizo de leerla, emitió un ¡Eureka!, tragando un poco de polvo amarillo al hacerlo.

Fue amor a primera leída. Szabo sabe narrar, juega con estructuras complejas, se aleja de lo literal frente al referente, y asoma pistas para armar lo que sucede en el contexto socio-histórico en el que construye su historia. Iren y Bálint, par de personajes centrales de la novela, tienen una fuerte armadura psicológica. Son personajes muy pensados y bien definidos. Sobre ellos se siente Hungría y las guerras, sus revoluciones y dictaduras; todas padecidas en buena parte del siglo XX. La calle Katalin es el escenario íntimo de cada uno de los personajes, en esa calle todos ellos vivieron su propia versión de los sucesos que ocurrían en un afuera de detenciones, de largas filas de cupones por alimento y de sonidos de balas nocturnas:

Y cuando olvidando que tenía que moverse siempre por detrás del seto se lanzó descabelladamente hacia el jardín, para alcanzar la cerca de los Bíro, a través de la cual había llegado hasta aquí, ya sabía que se había equivocado, porque no había muerto ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez, sabía que vivía y que quería vivir. Para cuando lo comprendió, estaba muerta. Bajo la luz de la luna le había disparado dos veces, con vacilación de novato y con mala puntería; sin embargo ya la primera bala la había alcanzado (p. 99).

Frente a esta oscuridad Magda Szabo tuvo que escribir en silencio, debió hacerlo con prudencia. Sabía que escribía con ojos espiando su escritorio. Fue vetada varias veces, el gobierno de su país le prohibió publicar durante algunos años. En 1949 obtuvo el premio Baumgarten, y le fue arrebatado el mismo día que lo recibió. Cosas que hacen los gobiernos totalitarios, y que con el correr del transcurso histórico quedan como condecoraciones al ridículo. Pero, afortunadamente, el absurdo puede ser revertido, y el tiempo no transcurre en vano: Hungría salió de su oscuridad militar, y Szabo brilla entre los talentos literarios de ese país.

Lamentablemente la conocí muerta, pero creo que ella, al igual que su Henriett, anda por ahí, viendo cómo el mundo sigue a veces cambiando, y a veces volviendo atrás.

Posdata personal para Agustín: en nombre de los limitados lectores que sólo leemos en la lengua de Cervantes, aprovecha que estás en Hungría y, por favor, traduce al menos una de sus novelas.

viernes, 21 de agosto de 2009

Vuelven las moscas de Luis



Oídos prestos, mis amigos, todos

no todo acaba con bulla,

no siempre se escucha la explosión de las válvulas

las tuberías

cuando todo termina,

ni por reflejo/cuando todo termina/se agrietan las casas vecinas

ni se sacuden los pericos mojados porque se dieron cuenta/

tarde tal vez/

de que eso se ha perdido entre (todo)

agudos dobleces,

en los suburbios/cerca

de despoblados bulevares y avenidas con grandes charcos

que sólo reflejan la calma del cielo,

no los hundimientos secretos,

no las vacías cisternas sin tapa/ni plaga

tampoco;

mi final cotidiano,

la conversión de una sombra con cierta estructura

en una sombra o en pura estructura/

pálida y frágil/

y cubierta de manchas de mostaza y óxido,

ocurre en una caja/sin ecos/

entre secos y cortos ruidos atenuados

que hacen los pulmones cuando claudican los oídos

las corrientes de aire visible adentro las entrañas

los talones cuando se rompen las rodillas el pelo las nalgas,

pero más nada,

como si el paso de enfermo a hongo a olor a polvo

fuese la destrucción de un plato

(uno de postre) (uno blanco) (azul en el borde)

(sin más señas)

no en el cuarto de al lado/

siquiera/

sino en un vasto comedor pringoso abandonado

donde hacen fiesta las moscas,

las moscas distraídas,

sobre el dibujo de frutas amarillas/rojas

en manteles de hule

sin fanfarrias tampoco las moscas

Luis Moreno Villamediana. Del libro Eme sin tilde (Caracas: Equinoccio/Universidad Simón Bolívar, 2009)




sábado, 15 de agosto de 2009

Ana Paula

Aunque tenga un nombre cristiano y de niña bien, Ana Paula es un maldito demonio. Tal vez el origen de su maldad radique en los nueve meses y 32 minutos que estuvo en el vientre antes de nacer. Estaba atorada, casi ahorcada en el cordón umbilical. El médico se las vio negras para traerla al mundo. Tuvo que valerse de un forceps para terminar de sacarla del maltratado útero de la madre. Ana Paula nació fea y mojada, como todos los niños. No lloró, tampoco gritó, ni siquiera con el par de nalgadas que le dieron las enfermeras asistentes en el parto. Abrió los ojos, eso sí. Lo hizo casi al instante del nacimiento. La enfermera más supersticiosa contaría después, en su casa, que esa niña la miró con malos ojos. El marido no la escucharía, estaba desempleado y pasaba todo el día en casa viendo pornografía y haciéndose pajas, tenía la cabeza ofuscada de ver mujeres deseables, y la sola presencia de su esposa, gorda, sin atractivos, le provocaba una depresión que lo llevaba casi a la más completa inoperancia sexual.

La madre de la recién nacida no quedó bien después del parto. Una pálida debilidad se apoderó de su rostro y de su cuerpo. Había que alimentarla y atenderla hasta en sus necesidades básicas. Pocas veces le ponían la niña en el regazo, cuando esto ocurría la pequeña la miraba con sus grandes y oscuros ojos, como si la quisiera hundir en el abismo de su mirada. La sirvienta más supersticiosa de la casa diría a su novia, otra sirvienta de una familia vecina, que esa muchachita miraba a su madre con maldad. A la novia se le paraban los pelos y le pedía que no dijera esas cosas.

El médico que atendió el parto no corrió con mejor suerte. Ese mismo día, después del difícil alumbramiento, llegó a casa y encontró a su mujer con su mejor amigo. Su primera reacción fue querer matar a ambos, pero sólo mató a la mujer, con un bisturí. A su mejor amigo no le pudo hacer nada, lo quería demasiado. Ya llevaba siete años viviendo con ellos, y era un muy buen ejemplar de gran danés.

Una noche, Esteban, el padre de Ana Paula, sorprendió a su mujer parada frente a la cuna de su hija. Se desesperó al ver que con una almohada trataba de ahogar a la pequeña. Esteban la alejó y tiró al piso. Poco tiempo después la mujer fue internada en un hospital psiquiátrico. Para esos días ya Ana Paula comenzaría a sonreír, alguien muy supersticioso diría que su sonrisa tenía algo oscuro y hermoso.

Ilustración: Kees Van Dongen



domingo, 2 de agosto de 2009

Onetti, un domingo



“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada” (Los adioses, 1954).

Recuerdo mi primer encuentro con Onetti, ocurrió en Caracas, bajo el puente de la avenida Fuerzas armadas, en el rincón de remate de libros usados. Era domingo y los libreros ofrecían precios especiales para los lectores que preferíamos ir en búsqueda de lecturas que del perdón cristiano en las iglesias. Yo había comprado varios libros y me quedaba poca plata, tan poca que podía adquirir sólo uno más. Removí los textos en el mesón con la rapidez y habilidad que tenemos las mujeres para buscar gangas en las tiendas, y fue ahí cuando me topé con dos títulos de dos autores disímiles, en su oficio y en su posición frente a la vida, uno de los libros era Para una tumba sin nombre de Juan Carlos Onetti, el otro: La colmena de Camilo José Cela; ambos tenían el mismo precio y estaban publicados bajo el mismo sello editorial y dentro de la misma colección. No había leído a ninguno y tenía que decidirme. Lo primero que hice fue leer ambos inicios, soy de las que cree en los buenos arranques. Si un escritor pierde un cuento o una novela después de haber logrado un buen arranque es un hecho lamentable. Afortunadamente con Onetti no ocurrió esto, sus historias se mantienen sostenidas por el dominio y la destreza de un buen escritor, exigente, laborioso, entregado hasta el frenesí en su oficio.

Reproduzco el inicio que me inclinó hacia Para una tumba sin nombre: “Todos nosotros, los notables, los que tenemos derecho a jugar al póker en el Club Progreso y a dibujar iniciales con entumecida vanidad al pie de las cuentas por copas o comidas en el Plaza. Todos nosotros sabemos cómo es un entierro en Santa María. Algunos fuimos, en su oportunidad, el mejor amigo de la familia; se nos ofreció el privilegio de ver la cosa desde un principio y, además, el privilegio de iniciarla”. Pero como en la vida no todo es literatura hubo otra razón para escoger esta novela, una razón más bien sentimental: el hombre que me acompañaba esa mañana había nacido en Montevideo, así que no lo pensé más y metí a un uruguayo dentro de mi bolso, y con el otro me fui caminando de la mano.

Con el tiempo me hice adicta de la escritura onettiana. Más adelante, en tiempos de tesis universitaria, me enteré de que el uruguayo se había referido a Camilo José Cela como un “mal escritor, peor persona”. De modo que creo tomé una buena decisión, y si sumo a esto los apartados 4 y 5 de Roberto Bolaño en sus “Consejos sobre el arte de escribir cuentos”, cualquier curiosidad que haya quedado suspendida sobre la obra de Cela se extinguió en algún remoto domingo: “Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”, “Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”.

Títulos como El Pozo, Los adioses, Juntacadáveres, El astillero, “Jacob y el otro” no hicieron más que azuzar mi adicción. Pero el trancazo definitivo vino con La vida breve, con ésta se produjo la epifanía. Y vale aquí una confesión testamentaria, por si acaso muero mañana —todos vamos a morir mañana— si me preguntan por las novelas que me han causado mayor impacto he decirlo: Crimen y castigo y La vida breve.

El pasado 1 de julio a Juan Carlos Onetti se le ocurrió cumplir cien años. Su natalicio pasó un poco desapercibido, como ocurrió ciertamente con su vida y obra. El uruguayo siempre fue un autor de bajo perfil, un poco huraño a la sobre-exposición pública. La celebración fue discreta, más bien íntima. Nada que ver con los recordatorios, delirios y homenajes cada vez que Cortázar anda de cumpleaños, pero bueno, que no es para lamentaciones ni recriminaciones que hago esta nota, sino para celebrar escrituras necesarias y amadas. En algún momento pensé escribir para esa fecha aniversaria pero luego decidí posponer, a mí tampoco me gustan las infames canciones de cumpleaños.

De Onetti se han dicho muchas cosas, que si su misoginia, que si su morboso pesimismo. A mí estos postulados me aburren, prefiero leer lo que escribió la periodista María Esther Gilio con su certero y encantador estilo. Considero que Gilio es quien logró acercarse de manera más efectiva al nada dócil escritor.

Comencé este breve texto con el inicio de Los adioses, y para ser coherente quiero cerrarlo con ese final tan sobrio y limpio:

Casi sin respirar, miré a la muchacha que inclinaba la cara sobre el conjunto inoportuno, airadamente horizontal, de zapatos, pantalones y sábana. Estuvo inmóvil, sin lágrimas, cejijunta, tardando en comprender lo que yo había descubierto meses atrás, la primera vez que el hombre entró en el almacén —no tenía más que eso y no quiso compartirlo—, decorosa, eterna, invencible, disponiéndose ya, sin presentirlo, para cualquier noche futura y violenta.

miércoles, 15 de julio de 2009

Una vaca en mi ventana

Cuando miro por la ventana de mi apartamento y veo esa vaca solitaria que, mañana tras mañana, mastica el escaso pasto que tiene a su alcance dentro de un terreno adyacente a una casa vieja y de tejas rojas, entiendo que vivo en una ciudad en tránsito entre un pasado campesino muy próximo y un presente que intenta ser urbano. Esta última reflexión me da en la cara después de haberme fijado en la vaca y toparme en el ascensor a un joven estudiante universitario, pálido, vestido de negro y con aspecto vampiresco. El joven baja conmigo hasta el sótano y escucha, en un aparato portátil, esa música que le deprime hasta la sangre. La vaca y el emo me hacen pensar en ese ambiguo lugar desde donde escribo y en su incidencia en mi escritura.

Vivo y escribo en Mérida, ciudad en donde el tiempo transcurre más lento y a veces tiene asomos de postales de inviernos extranjeros. Creo que el hecho de escribir en este lugar interviene en mi proceso creativo a pesar de que mis cuentos no necesariamente ocupen sus rincones. Digo que interviene la dinámica de la ciudad que se debate entre esa cosa nostálgica y color sepia, la vitalidad de una ciudad que no envejece sino que se renueva en un rostro joven y estudiantil, y el presente de un país tomado, como aquel cuento de Cortázar. Entre esas aguas trato de nadar, entre la nostalgia, el vigor y la desolación, entre el aroma del café de una abuela muerta y el olor maloliente de un uniforme expuesto, demasiado tiempo, al sol.

Como narradora me inscribo en ese tránsito entre un ayer poblado de fantasmas y casas con largos corredores, y un hoy con séptimos y octavos pisos, de ventanas abiertas hacia la intimidad de los vecinos, habitantes de un presente urbano en el que me gusta imaginarme historias protagonizadas por personajes extravagantes y ridículos.

La casa, generalmente astillada y derruida, es mi lugar del ayer, donde instalo memorias, los muertos que siguen desandando territorios que ya no les pertenecen, el tiempo pasado de los coroneles y su olor herrumbroso; mientras que los balcones y las ventanas de los edificios son el lugar presente desde donde muevo a mis personajes travestidos, mis alcohólicos solitarios o mis pedófilos en proceso de rehabilitación. Lugar citadino y actual donde, también, puedo observar desfiles de soldados y caudillos posmodernos, imagen que me permite entender que en este país tan frágil el pasado es apenas un velo que el presente rasga con facilidad para entrar en él. Sin embargo, y a pesar del ruido que producen las pisadas de las botas de hoy, no me interesa tanto contar sus pasos. Ante el ruido de las polainas prefiero subir el volumen de la música y escribir desde ciudades imaginarias, sobre personajes arrinconados y jodidos pero poseedores de buen humor, porque el humor es un buen arma para enfrentar el miedo.

El tema propuesto en la bienal me obligó a reflexionar y hasta a teorizar sobre lo que escribo, y esta situación me puso tensa, porque al hacerlo debí ubicarme más que como escritora como una persona que ha estudiado Letras y sabe, más o menos, catalogar las tendencias literarias

Entre pensamientos diversos me decía: mi primer libro está abarrotado de suicidas, tanto así que debió llamarse Libro de suicidios o algo parecido. El segundo inventa incidentes que no ocurrieron, con imágenes de cine en blanco y negro. Lo que estoy escribiendo ahora tiene otro tono y una postura distinta. Lo de ahora es más bochornoso e, insisto, ridículo. Mis personajes actuales son patéticos y neuróticos. Es inevitable pensar en las enseñanzas de la sociología y el sentido común, que nos recuerdan, como Gabriel Payares en esta misma mesa, que uno no puede escapar completamente del referente real desde donde se escribe, aunque haga literatura fantástica. Ante esto me pregunto, apelando ahora a los dictados del psicoanálisis y otro sentido común: ¿será que la formulación de mis nuevos personajes obedece a una respuesta inconsciente ante la locura real que estamos viviendo, realidad nacional de la cual es mejor reírse para no sucumbir ante ella? Realmente no lo sé, respondo con una candidez que prepara la introducción de la intertextualidad. Yo prefiero pensar que lo que escribo en estos momentos está influido por el cine y por escritores como Copi o los norteamericanos Saul Bellow y Edward Louis Wallant, que me ayudan con una memoria prestada y geografías apenas soñadas, con laberintos difíciles de cartografiar.

Cuando regreso a mirar un mapa más tangible, noto que escribo desde la provincia de un país provinciano, y esta circunstancia, en términos de promoción y difusión literaria, hace más precarias mis posibilidades de ser leída. Se trata de una topografía literaria que funciona como muñecas rusas, que me hacen pensar en todas las matrioshkas que hay encima de mí. A veces el lugar de escritura se compone de capas geológicas, que sobrepone una edad sobre otra, y una plataforma de promoción sobre otra, y todos esos niveles podrían aplastarnos. Los que escribimos en esta ciudad corremos el riesgo de que nuestras historias se queden encerradas dentro de las montañas. Pero la mitología y el Asterión de Borges nos enseñan que hay un hilo que puede hacer que escapen los relatos.

Mis cuentos se valen también del tránsito entre el lugar escurridizo de la memoria y la cotidianidad del que hablé antes, y el territorio portátil de toda lectura posible. A veces nos leen los miembros de un jurado y ellos, asumiendo su autoridad, mediana o grande, en la conformación del status literario, se encargan de darle movilidad a nuestros escritos. Debo reconocerlo: el hecho de que La Casa de las Letras Andrés Bello haya publicado y puesto a circular mi primer libro a un precio irrisorio, después de haber sido premiado en un concurso, ha contribuido a que tenga algunos lectores, algunos más optimistas y buena gente que otros, pero lectores, en definitiva.

Pero el mecanismo más eficaz para dar a conocer mi trabajo ha sido la difusión digital, que nos obliga a definir el territorio portátil como el territorio por antonomasia. Un territorio, además, ubicuo y simultáneo en el que pueden convivir un apartamento y una vaca en distintas ventanas fácilmente intercambiables en la pantalla de la computadora, en la que sobreviven la abuela muerta y sus costumbres campesinas y el uniforme maloliente de un general.

Las publicaciones digitales sirven para reacomodar las instancias de lectura, a veces a golpes de azar, es verdad, como ocurrió en mi caso. Porque es difícil poner el dedo en esa profusión de papel que no es papel, en tantos y tantos escritos que se sobreponen como en el palimpsesto más complejo y confuso que haya podido pensarse. Hoy estoy aquí y se me dio la oportunidad de escribir en “Quimera” gracias al blog 500 ejemplares. De igual manera, uno de mis cuentos aparece publicado en la antología del cuento venezolano hecha en Eslovenia porque Juan Carlos Chirinos, encargado de la compilación, lo leyó en Letralia, el portal digital que mantiene Jorge Gómez Jiménez.

Regreso a la vaca, al muchacho pálido. Vuelvo a la habitación de la escritora, a su espacio propio, ganado por señoritas con nombres antiguos. La encuentro ya no dispuesta a tener sólo una habitación. Ella también quiere salir de ese espacio. La veo que mira por la ventana, convencida de su derecho de poder averiguarles la vida a sus vecinos; malas costumbres aprendidas de un señor llamado Onetti, y de otro, más joven, de apellido Wallant.

La escritora piensa en el tiempo de sus historias, no sabe en cuál detenerse, y mientras se decide escribe en ambos tiempos para no dejarlos tan íngrimos, tan solos. Desde la ventana de su habitación ve la ciudad en que vive e imagina otras calles sin nombres, excusas para tener la autonomía de nombrarlas. Yo estoy de acuerdo con ella, creo que está en su derecho, porque ¿cuál otro puede ser el lugar del escritor sino aquel que él puede crear?