Los primeros dientes de Ana Paula no fueron incisivos ni caninos sino molares. Las cuatro muelas del juicio le salieron todas juntas a los dos meses, 17 días de nacida. Esteban, su padre, estaba orgulloso de la precocidad de su niña. Sin embargo, un detalle lo agobiaba: Ana Paula repelía la leche materna y todo tipo de bebida láctea. Como la madre de Ana Paula continuaba encerrada en un asilo mental sin mostrar visos de recuperación, Esteban se había visto obligado a buscar pechos sustitutos que alimentaran a su pequeña y extraña hija.
Ninguna teta se salvó. Ana Paula rechazaba cualquier pezón humano que se introdujera en su boquita. Las nodrizas recién paridas que habían intentado amamantarla vieron cómo las tetas empleadas se iban consumiendo a las pocas semanas del hecho. Peor suerte corrieron los infantes propios de estas mujeres, quienes al probar su leche murieron envenenados.
El fenómeno del desgaste abrupto ocurrió en una sola de las tetas: la que no se usaba continuaba su envejecimiento natural, mientras que la que rozó los labios de la nena se escurría como una tripa seca. Ante la monstruosidad de sus pechos y la muerte sin aparente explicación de los recién nacidos, los esposos de las nodrizas las abandonaron, y en las calles fueron sometidas al escarmiento popular de las viejas —quienes las golpeaban con escobas y ramas mientras las insultaban, acusándolas de brujas, y les rociaban agua bendita—. Una de las nodrizas creyó ver crecer una diminuta dentadura en la tetilla maldita. Enloquecida trató de cercenarse el pezón y murió desangrada en el acto.
Esteban nunca se enteró de estos hechos, para él no existía el afuera desde que nació Ana Paula, ni siquiera pensaba en su mujer, que al poco tiempo de ser internada empezó a escuchar voces piadosas que le pedían erradicar el mal que había nacido de su vientre. ¡Mátala!, le ordenaban las voces.
El padre sufría y se desvelaba al ver cómo la niña vomitaba los pechos de las nodrizas. Pero no crean ustedes que Ana Paula se debilitaba; al contrario, la niña lucía sana, rozagante, con sus ojos vitales, negros y llenos de misterio. Ninoska, la madre de Esteban, descendiente de la servidumbre de la última familia zarista, sólo encontraba una explicación ante la fuerza de su nieta: ella era un ser superior. Ungido. Las creencias religiosas de Ninoska le venían de Rusia, su madre había asistido a Rasputín en sus trances, y también le había servido en sus regodeos sexuales. Pero Esteban no creía en Rasputín, ni en los espíritus de Ninoska.
Mientras el padre se desesperaba buscando maneras de alimentarla y la abuela formulaba desquiciadas hipótesis sobre la procedencia espiritual de la nieta, una gata blanca, peluda, hermosa entraba por un resquicio del ático sin que nadie lo notara, bajaba hasta la habitación de la pequeña, y con un salto elegante y preciso se llegaba hasta la cuna de Ana Paula, poniéndole en su boca trozos de carne fresca, muy roja, casi viva. La gata, a quien llamaremos Lucrecia, se afanaba como una madre para que la carne estuviera bien desmenuzada y así la niña pudiera comer sin atragantarse. Pero no había de qué preocuparse, Ana Paula desgarraba muy bien con sus dientes traseros, pulidos, feroces.
Ilustración: “The Corn Poppy” Kees Van Dongen





